6. Las monedas y el lobo

134 19 5

Eduardo Vega y Ebba Adamsen se conocieron cuando mi tía Nicoline contrató los servicios de la agencia de seguros de la calle del Museo de Historia Natural. Mi padre había entrado como mozo de recados y, gradualmente, se fue haciendo con puestos de más responsabilidad. Su afán por trabajar mientras aprendía la lengua danesa era la demostración de su valía, la oportunidad que Cristo tenía reservada para los que seguían sus directrices. Era lo que Eduardo había deseado desde que se quedara huérfano. Mi tía debía enviar material muy valioso a diversos lugares de Europa y del continente americano como parte de las relaciones institucionales y académicas de la Sociedad Geográfica para la que desde muy pronto comenzó a trabajar. En cada aniversario de boda, mi madre nos hablaba del momento en que se vieron por vez primera. Fue a acompañar a Nicoline y pensó que Eduardo era mudo porque, mientras su hermana hablaba con el agente, se dio cuenta de que el auxiliar que lo acompañaba no había dicho ni media palabra. Sólo parecía observarla. Ebba creyó que leía sus labios cuando conversaba y que aquel hombre de tez morena guardaba algún extraño secreto que deseaba conocer.

—Cuando pensé que vuestro padre era mudo, imaginé el sinfín de vivencias que permanecerían encerradas dentro él, que no podrían ser relatadas a través de sus labios. No sé por qué me sentí tentada por aquel misterioso muchacho y quise averiguar de quién se trataba. Entonces volví a ir con Nicoline, pero ese día Eduardo no se encontraba en la oficina —nos relataba en la cena de aquella fecha especial—. Pregunté y me dijeron que el Señor Vega tenía el día libre.

—Vuestra madre volvería otra vez —rio cómplice mi tía, sentada al lado.

—Fui al día siguiente y, mientras aguardaba en la salita de espera, oí a un hombre hablar al otro lado de la ventanilla. No podía verle la cara, pero parecía dar órdenes a alguien.

—¿Era papá? —preguntó Octavia con sus grandes ojos.

—No, —sonrió Ebba a mi hermana —estaba oyendo todo cuando vuestro padre irrumpió en la salita de espera y nos encontramos de frente. Él me reconoció porque enseguida se puso colorado. Cuando le oí por vez primera fue para decir mi apellido. Ahí supe inmediatamente que oiría sus vivencias pasadas a través de aquellos labios mientras nos abrazábamos.

Entonces, en aquel momento ella se levantaba de la mesa e iba junto a Eduardo para darle un beso en la mejilla. Él, que sentía verdadera devoción por mi madre, besaba sus manos y nos animaba a mis hermanos y a mí a encontrar a una mujer, o a un hombre en el caso de Octavia, que nos amase de aquella misma manera. De alguna forma, yo me sentía incómodo, pero en aquel entonces no sabía por qué.

—Sólo así seréis felices y sentiréis que Cristo os ha bendecido.

El buque continuaba surcando los mares hacia el norte. Aquella tarde, ya en el comedor, miraba distraído aquel libro de hojas decoradas con motivos florales que conseguí antes de embarcarme. Me gustaba leer sus poemas, navegar en el exotismo de la calidez del sur. Olvidarme de mi destino más próximo y de cómo me había entregado al absurdo de reencontrarme con Ingvar. Azul... de Rubén Darío. ¿Cuáles serían sus primeras palabras tras el incierto reencuentro?

Bajé a la zona de segunda clase, seguro de que no tardaría en dar con Ladislav en cualquier momento. Parecía que iba a llover porque el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte y las familias que paseaban se dirigieron hacia el interior del barco. Había varios niños y algunos de ellos me contemplaban con la curiosidad propia de sus miradas infantiles. Afortunadamente, no había trascendido el incidente de la mañana. Respiré aliviado, aunque no tardé en olvidarlo. Encontré al joven cuando llegué al final de la cubierta de la clase que supervisaba. Charlaba con algún pasajero descontento y, de nuevo, intentaba solucionarlo con diplomacia. Me mantuve al margen, no iba a entrometerme. Quería ser testigo de aquella transformación casi milagrosa.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!