DÍA 4 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 4: THE IMPOSSIBLE (DE JOE NICHOLS) ♬   

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ANAHÍ DESPERTÓ AL OÍR golpes en la puerta. Al principio los ignoró, dio media vuelta en la cama e intentó seguir durmiendo, pero quien fuese que la llamaba era extremadamente insistente.

Estaba cansada; había tenido una de esas noches en las cuales su mente no le permitía viajar al reino de Morfeo. Por horas, la pelirroja había intentado conciliar el sueño; sin embargo, su cerebro tuvo otros planes. Todo empezó con la pregunta ¿Puedo confiar en Lucio? Y de ahí se dispararon cientos de temas, más preguntas, posibles respuestas, recuerdos, el asunto de su borrosa memoria y un sinfín de ideas. No necesitaba un reloj para saber que había dormido tan solo cuatro o cinco horas.

Más golpes.

—¡Ya voy, mierda! —gritó, enfadada. Se sentó y se frotó los ojos con sus manos.

—¡Soy yo, boluda! —contestó Irina. Le encantaba poder putearse con alguien. Su hermana menor, Delfina, se ponía a llorar cuando ella decía alguna grosería.

De malhumor, Anahí se colocó el vestido que le habían prestado y abrió la puerta.

—¿Qué pasa? Tengo sueño —se quejó.

—¡Es como Navidad! ¡Llegaron un montón de cosas y cajas y muebles y no sé, de todo! —dijo Irina velozmente, su voz llena de emoción.

—¡Mis cosas! —respondió la pelirroja, sonriendo—. Es lo que compramos ayer con Lucio.

—¿Posta?

—Sí —Anahí se despabiló instantáneamente—. Dale, vamos. Quiero repartir todo. Hay regalos para vos, para Delfina y para los chicos.

Aún descalza, la pelirroja corrió por los pasillos de la mano de Irina. Parecían niñas pequeñas yendo a una juguetería. Reían por la emoción mientras atravesaban los distintos rincones de El Refugio. Anahí enumeraba algunas de las compras que podía recordar, pero eran demasiadas cosas como para no olvidarse de al menos la mitad. La morocha, por su parte, no podía siquiera imaginar la cantidad de regalos que su nueva amiga había comprado.

Delfina las esperaba en el pequeño hall junto a la calesita. La expresión de su rostro denotaba confusión y miedo. Los niños la rodeaban; sus agudas voces se superponían en un sinfín de preguntas imposibles de comprender.

—¡Silencio! —gritó Irina cuando estuvieron ya bastante cerca.

Los niños obedecieron como si fuesen soldados esperando una nueva orden de su general.

—No hay nada de qué preocuparse —aseguró Irina y le pegó un codazo a Anahí—. Explicá.

—¿Eh? —hubo un momento de silencio—. ¡Ah! Sí, eso. Ayer Lucio me llevó al Alto Argentina y me dijo que comprara todo lo que quisiera para mí y para El Refugio, así que aproveché la situación.

—¡Delfi, prendé la luz del hall! ¡Quiero ver las cosas! —pidió Irina, abriéndose paso entre los niños, intentando alcanzar la puerta.

Con cierta indecisión, la hermana menor utilizó su anillo para destrabar el mecanismo que conducía al hall. Antes de cruzar el umbral, se agachó y presionó un botón diminuto y casi imperceptible que encendió varios tubos de luz blanca en el cielorraso.

Era la primera vez que Anahí tenía la posibilidad de observar aquel espacio con las lámparas encendidas. Gracias al ascensor, tenía una vaga imagen de la habitación, aunque no sabía con qué se encontraría.

Mientras todos corrían entre cajas y bolsas, aventurándose en un laberinto de objetos caros, la pelirroja analizaba el espacio. Se trataba de un lugar grande como el gimnasio de la secundaría a la que ella había asistido. Tanto el piso como el techo eran negros y las paredes no estaban terminadas, eran irregulares y de piedra, dando la sensación de encontrarse dentro de una cueva.

—¡Encontré un paquete con mi nombre! —gritó Irina, corriendo hacia Anahí—. ¿Qué es? ¿Qué es?

—Abrilo —sugirió la pelirroja con cierto sarcasmo, aún distraída por la infraestructura. Además, había elegido tantos regalos que no tenía forma de saber cuál era el que la morocha tenía en sus manos.

—¡Oh, por Dios! ¡Te amo! —gritó Irina poco después, abrazada a la caja que acababa de desenvolver.

Anahí levantó la vista y notó que se trataba del equipo de música y los CDs. Sonrió.

—Me alegra que te guste.

—Me encanta. No tengo ni idea de cómo se usa esta cosa, pero no puede ser tan difícil.

La pelirroja tardó varios segundos en recordar que su nueva amiga llevaba varias décadas muerta. Nunca le había preguntado la fecha exacta de su llegada al purgatorio, pero sabía que habían pasado más de veinte años. Rio.

—Más tarde te enseño —le prometió.

Anahí aplaudió para llamar la atención de los presentes.

—¡Escuchen! —pidió—. Todo lo que está envuelto es para ustedes. Algunas cosas tienen nombre, pero no todas. Los juguetes son para compartir. Lo que tiene etiqueta lisa es para El Refugio; son cosas para cocinar, limpiar y algunos muebles. Lo demás es mío —finalizó. Sabía que había sonado un tanto egoísta, pero no le importaba. Después de todo, era gracias a ella que ahora tenían tantas cosas.

Pasaron allí toda la mañana, repartiendo paquetes, separando lo que iría al depósito y decidiendo dónde poner cada cosa.

Anahí no se preocupó demasiado por sus pertenencias. Las amontonó en un rincón y continuó inspeccionando el lugar, recorriéndolo todo con la mirada. En el fondo, creía que Lucio estaría por allí, asegurándose de que todo hubiese llegado en buen estado. Pero no lo encontró y se sintió invadida por una momentánea decepción. Luego, sacudió su cabeza para forzarse a concentrarse en los objetos que debía acomodar. Tenía muchas preguntas que hacerle a aquel hombre, pero podían esperar.


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