5. Pequeños grandes incidentes

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Antes de que pudiera recordar dónde me encontraba, oí cómo alguien aporreaba la puerta. Las sábanas y la colcha habían acabado en el suelo mientras mi desnudez era revelada por los rayos del sol filtrados a través del ojo de buey abierto del cuarto de baño. Tomé el batín y me lo anudé a la cintura, seguro de que quien estaba detrás de la puerta se habría equivocado. No obstante, el sorprendido fui yo.

—Señor, ¿hoy también va a dibujar ballenas?

La pequeña Biserka me miraba con aquellos ojos expectantes mientras yo intentaba despertarme. Permanecía en el pasillo y llevaba un sombrero que ocultaba sus perfectos rizos. Se lo quitó, sujetándolo entre sus manos infantiles.

—Anoche soñé con ellas... y nadaban cerca de mí... Yo era su amiga, pero ellas hablaban debajo del agua... Había muchos peces pequeñitos... Porque usted dijo que no se comían a las niñas...

—Así es —dije con una sincera sonrisa.

—¿Subirá hoy a cubierta? —insistió con sus ojos llenos de expectación.

—Sí... Tengo algo para ti.

Le ofrecí el platillo de pastelillos de cacao.

—Las ballenas no pueden comerlos, pero tú y yo sí.

Biserka parecía indecisa delante de los inofensivos dulces. Los miraba como si de alguna manera los saboreara en su imaginación. Aunque la escena me divertía, quería estar solo.

—Mi papá dice que este traje es muy caro, que no lo puedo ensuciar... pero se ven tan ricos...

El mozo del día anterior pasó junto a ella. No dijo nada. No despegué mis ojos de los suyos, seguro de que captaría mi mensaje disuasorio, y pronto lo perdí de vista. Enseguida despaché a la niña no sin prometerle que dibujaría a las ballenas de su sueño. Cuando cerré la puerta me di cuenta del desastre en que había quedado mi habitación. Suspiré fastidiado. La funda de terciopelo se había caído al suelo y las láminas habían huido a través de la madera desgastada, algunas incluso habían llegado bajo la cama. Los lápices habían rodado hasta quedarse enredados entre la colcha, así que metí la mano y los fui devolviendo a su lugar. Uno de ellos, diminuto, tenía aquellas iniciales: SeIn. Era una especie de amuleto que me había acompañado desde aquella ocasión donde Ingvar, tras graduarme en Bellas Artes, estuvo curioseando dentro de la funda de terciopelo.

—¡Esto es para muchachos amanerados...! ¿Cómo puedes haberte paseado por la escuela con ella como si tal cosa? —me reprochó—. ¡Tú no eres un amanerado! De lo contrario, jamás hubiera permitido que te sentaras conmigo cuando nos conocimos en aquella misa.

Ingvar zarandeaba la funda como si contuviese algún inmundo ser en su interior, y los lápices y algunas láminas no tardaron en caerse. A pesar del tiempo que pasamos juntos, no siempre comprendí aquel comportamiento pueril. ¿Era para sacarme de quicio de forma intencionada? ¿O era porque sencillamente no se daba cuenta?

—¿Cuándo podré dibujarte? —dije mientras comenzaba a recoger el material desparramado.

—¡Ni lo sueñes! Te lo he dicho muchas veces... ¡Y menos por un tipo que anda por ahí con una funda propia de...!

—No tiene que gustarte todo lo que me gusta a mí —interrumpí al creer que diría aquella detestable palabra que Eduardo escupía cada vez que oía cualquier cosa relacionada con las Bellas Artes—. Me gusta el terciopelo y no por ello tengo que ser un amanerado.

De hecho, mi padre tardó en darse cuenta de mi condición deforme. Ni siquiera Ebba lo había sospechado. Tampoco mis hermanos ni Octavia. Lo que nunca les confesé era que Ingvar y yo a veces bajábamos al barrio de la Farándula Verde, durante el último año en la escuela de Bellas Artes. Habíamos oído historias escabrosas sobre un asesino que colgaba a sus víctimas de las muñecas mientras las descuartizaba y por eso las prostitutas se arrimaban para asustarnos, irnos con ellas y estar a salvo entre las cuatro paredes de sus cuartos inmundos. Queríamos ver a las mujeres barbudas que hacían aquel espectáculo bizarro en la plaza del barrio donde, bajo una especie de carpa cerrada y por una moneda de plata mediana, podíamos verlas desnudas mientras hacían malabares junto a enanos y perrillos de las Indias amaestrados. Entonces esperábamos el siguiente número porque había una pareja de muchachos que se contorsionaban como si fueran de caucho después de formar un círculo de fuego sobre el suelo. Ingvar torcía el gesto y me miraba disgustado.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!