4. Ballenas verdes

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La lluvia se presentó aquella misma mañana. Oía el repiqueteo de las gotas contra el techo del carruaje mientras el cochero acomodaba mi equipaje. La actividad del puerto seguía su curso y los marineros llevaban de un lugar a otro las diversas mercancías que debían fletarse cuanto antes. Grandes armatostes de hierro se agitaban de un lado a otro para depositar enormes cajas de madera dentro de los dos barcos que dejarían atrás puerto adriático: uno iba al norte, el otro hacia el sur. Bajé del carruaje, y me cubrí con el abrigo y el sombrero bajo el paraguas negro. Vi a otros pasajeros subir la rampa con cierta rapidez. Algunos se quejaban de la lluvia hasta que se perdían de vista tras bajar a los camarotes.

Por un momento, me invadió una extraña sensación de nostalgia. Había descubierto mi equipaje, un enorme baúl y un cofre algo más pequeño, sobrevolar por encima de mi cabeza. Comprendí que ya no podría existir sin ellos: necesitaba el pasado que había creado lejos de Eduardo, aquella nueva identidad para permanecer en el mundo sobrio en su superficie. El capitán, que aguardaba de forma paciente a cada pasajero junto a la rampa de acceso, me dio la bienvenida y el segundo oficial de a bordo tuvo la cortesía de presentar al mozo que me acompañaría hasta el camarote. Sin embargo, no quise bajar aún y antes fumé un cigarrillo aprovechando la zona techada que había en cubierta.

—¿Un pitillo? —invité al muchacho.

—No, Señor Adamsen.

—Está bien. Aguarda mientras —dije después de aspirar la primera calada.

Desde allí podía ver los tejados de las casas, una pieza de colores y estampados que se apiñaban como si hubiesen extraído el aire de su interior. Algunas gaviotas revoloteaban hasta quedarse suspendidas igual que si estuvieran colgadas del cielo con alguna cuerda invisible. Había dibujado algunas en las tardes de verano, cuando bajaba a la playa y encontraba a algunos hombres enfundados en sus apretados trajes de baño. Las mujeres estaban en la zona habilitada para ellas y se podían oír los gritos de los niños. Había ilustrado cientos de veces aquellas aves, así que experimenté una pereza enorme.

—Vamos dentro —ordené.

El camarote era espacioso y parecía limpio. El mozo esperó a que le diese una generosa propina no sin antes hacerle prometer que cada tarde me trajese una botella del coñac más amargo que tuviese en la bodega.

—¿Tienen miel?

—¿Miel?

—Sí, estos pastelillos de cacao de la carta del comedor —señalé la cartulina situada sobre el escritorio de la habitación.

—No, señor.

—Entonces deberás traérmelos y también una caja de cigarrillos de ésos que están aromatizados con licor, los que tienen estampados de vivos colores.

La sirena del buque expulsó repetidas veces aquel sonido grave. Antes habíamos notado cómo un pequeño temblor recorría todos los objetos de la habitación, incluidos nosotros. Entonces imaginé las calderas del barco atiborrándose de carbón mientras el fuego que lo consumía ponía en marcha las hélices del barco. Despedí al mozo y abrí las dos ventanillas de ojo de buey localizadas frente a la pared de la puerta. Aún lloviznaba. Me tumbé sobre la cama mientras el aire salino se colaba en la habitación. El graznido de las gaviotas, la sirena del navío, el leve murmullo del casco rompiendo las aguas, la madera del camarote que crujía... Por un momento sentí que estaba ebrio y recordé aquella vez que, acompañado de Ingvar, abrimos la vitrina donde su madre, la Señora Olsen, guardaba varias botellas de colores.

—Prueba esto, sabe a miel —incitó tras sacar el tapón de corcho.

—No me gusta la miel —susurré al tiempo que olisqueaba con desgana.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!