DÍA 3 - Capítulo 5

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Estacionaron frente al edificio veintisiete casi a medianoche. El cielo era negro, sin luna ni estrellas que iluminaran la ciudad.

—Gracias —dijo Anahí, ya sin el cinturón de seguridad puesto—; realmente necesitaba salir de El Refugio. No solo por el tema de comprar cosas para mi habitación, sino porque no soporto el encierro. En serio, gracias.

—De nada —contestó don Lucio con amabilidad—. No te preocupés, en poco más de un mes vas a poder regresar al mundo de los vivos y empezar de cero.

—Quizás. Aún no sé qué haré.

—Tenés tiempo para pensarlo. Voy a venir a buscarte luego de la Visita, así me contás qué te pareció y cuál será tu decisión —bostezó—. Es tarde, deberías entrar. Mañana temprano traerán todas las cosas, así que necesitás irte a dormir pronto.

—Tenés razón. Buenas noches, nos vemos —Anahí le besó la mejilla como solía hacerlo al saludar a sus amigos—. Gracias.

La pelirroja se bajó del auto y corrió a la puerta del edificio sin voltearse. Moría de ganas por contarles a las hermanas todo lo que había comprado. Su emoción le impidió notar que el auto todavía seguía estacionado, en marcha, a la espera de su desaparición tras el umbral.

Don Lucio Alonso de Ocampo y Larralde era, después de todo, un hombre chapado a la antigua; sin importar cuánto odiase a Anahí, ella seguía siendo una mujer y era su deber como caballero esperar hasta que la dama ingresara a su hogar. Además, aún no terminaba de asimilar lo del beso en el cachete; sabía que era una costumbre moderna, pero él no era precisamente el tipo de persona a la que otros querían acercársele tanto. Intentó no darle importancia al asunto, pisó el acelerador con fuerza y dejó atrás El Refugio.

Anahí se detuvo repentinamente al llegar al ascensor. Algo no estaba bien. Ni Irina ni Delfina le habían dicho nada sobre el tema de la visita al mundo de los vivos ni sobre el juicio y su decisión. Quizás esperaban encontrar el momento adecuado; o tal vez confiaban que al no saber nada, en el apuro decidiera quedarse allí para siempre.

Existía entonces la posibilidad de que le hubiesen mentido. Se sintió traicionada. A Anahí le costaba confiar en otras personas; siempre prestaba atención a detalles minúsculos que pudiesen generarle sospechas sobre las buenas intenciones de los demás.

Hasta el momento, Irina le había fallado en dos ocasiones: primero, al ocultarle la información sobre sus opciones; y segundo, al decir que Lucio era una mala persona —salvo que lo estuviese disimulando bien—.

El hombre, en cambio, le había explicado velozmente todo lo que ella quiso saber desde su llegada. No solo eso, sino que no dudó en darle lo que necesitara, mientras que las hermanas ni siquiera le habían ofrecido prestarle más de un cambio de ropa.

Anahí suspiró. Posiblemente se marchara del purgatorio el día del juicio; lo que más ansiaba era vengarse de su asesino, aunque también extrañaba a su familia y a su novio.

Su novio... ¿Cómo se llamaba? La pelirroja notó que la memoria empezaba a fallarle. Algunos de los recuerdos más recientes sobre su vida se esfumaban, escurriéndose entre sus dedos como si fuesen de arena. Supuso que era un efecto que el purgatorio causaba en ella. Le preguntaría a Irina. No, a Lucio.

La cabeza comenzaba a dolerle.

Salió del ascensor y se dispuso a caminar a oscuras hacia la siguiente puerta, pero Irina la interceptó a medio camino, abrazándola con fuerza.

—Me tenías preocupada.

—¿Por? —preguntó Anahí.

—Temí que no volvieras —le contestó la morocha—. Don Lucio no suele venir a buscar a nadie. La única vez que lo hizo, la chica nunca regresó. Los rumores dicen que la mandó al infierno.

—¿Cómo?

—No sé —Irina se encogió de hombros—, son rumores. Supongo que tendrá contacto con alguien allí. O quizás él es el diablo mismo.

—No inventes. A mí me trató bien. Es más, te tengo un par de regalos. Llegan mañana.

—Pará. Contame qué pasó hoy —insistió Irina—. Cuando me desperté, ya te habías ido.

—Mañana te cuento. Me duele la cabeza y estoy cansada —se excusó Anahí—. Pero te agradecería si me acompañaras hasta mi habitación —pidió—. Aún temo perderme.

—Dale.

Esta será mi última noche sin tener una camadecente, un reloj y un espejo. Puedo soportarlo. Pensó Anahí, siguiendo a su amiga a través de El Refugio.    


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