8. Plato fuerte

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Los sirvientes a cargo de la casa principal de los Plantagenet eran mellizos, los hijos mayores del difunto Vladimir III y alguna humana. Los jóvenes no tenían ambiciones desmedidas por una familia que poco o nada podía ofrecerles, ellos nacieron sirvientes y morirían sirvientes; no importaba que su abuelo, padre y hermano fueran amos, era su origen humano lo que los resignaba a aquella vida de servidumbre. Sin embargo, más allá de la ambición, su orgullo les impedía respetar a Emiliana como señora. El ama les resultaba vulgar y repulsiva, indigna de sus propios servicios. Matarla fue la redención a los casi dos siglos vividos a su cuidado.

Independiente del deseo imperante entre los miembros de la familia Plantagenet por deshacerse de Emiliana Altamirano, estaba la necesidad de un segundo heredero. Una promesa que el viejo Vladimir II mantenía fresca en su memoria, un hijo para su familia y otro para la de su nuera. Y así como lo había prometido, así debía de ser.

Para todos ellos Dalia era tanto una oportunidad como una solución, para todos menos para ella misma. Los preparativos estaban listos, solo faltaba el plato fuerte en aquel festín.

—Isaiah —llamó el anciano amo al mayor de sus nietos—, abre. Estoy listo.

El joven sirviente destrabó la entrada y con profunda reverencia dio paso a su propio abuelo, sin levantar la mirada ni una sola vez, sumergido por completo en su papel de sirviente.

En el interior Dalia se bañaba en sangre, pero no era la suya. Del cuello desgarrado de la niña de piel oscura ya no brotaba más líquido, las manchas oscuras en la tela blanca y el cuerpo de las jovencitas, eran todo el desperdicio que quedaba. Hacía bastante que la presa había muerto.

—¿Está hecho? —preguntó Vladimir IV, ingresando a la habitación. Era joven y aún no dominaba el hambre que el olor a sangre despertaba en él.

Dalia permanecía abrazada al cadáver, su sed lejos de desaparecer crecía. Moría por beber más sangre, por conocer más sabores y degustar mejores especímenes. Inmune a lo que a su alrededor pasaba, Dalia se aferraba a aquel cadáver. Una parte de ella se negaba a renunciar a su propia humanidad. La otra deseaba extraer más contenido de la niña. Recordaba a su familia, su crianza y sus padecimientos, seguía siendo la misma, solo la sed había cambiado en ella.

El pequeño amo recibió respuesta de su hermana mayor. Isabel asintió a la pregunta del niño y conociendo los hechos por venir, salió del cuarto sin preguntar. Faltaba la vida en aquella noche de muerte.

Dentro, el anciano se acercó a Dalia, su corazón latía y olía como el corazón de Emiliana, como el corazón de una Altamirano. El aroma embriagante de quienes fueran sus amigos, fortalecía su decisión. Miró de reojo a su nieto menor, sin palabras le pidió que se acercara. Un abrazo cerró la despedida de aquella familia, un abrazo y un susurro.

—Cuida a la familia —advirtió el anciano, y regresó la mirada al mayor de sus nietos, luego cerró los ojos para indicar que estaba listo—. Ya es hora.

Vladimir II se abalanzó sobre Dalia, le tomó por la espalda y pegó su pecho contra ella en el ángulo correcto. La espada de madera y metal atravesó el corazón de ambos, por los canales del arma fluyó la sangre del corazón Plantagenet hacia el corazón Altamirano para fusionarse en uno solo.

Esta vez Dalia no gritó, aunque el dolor permanecía. El anciano también contuvo sus quejidos, en su lugar, se inclinó lo suficiente para que la sangre fluyera de forma continua y bañara el corazón de Dalia con su estirpe. Los últimos segundos de vida del ancestro Plantagenet fueron satisfactorios, antes de ser ceniza, vio en los ojos de sus nietos el firme propósito de atenerse al plan. El hombre se desvaneció con una sonrisa en los labios ante la mirada cargada de admiración que le regaló su descendencia.

Dalia se dejó desplomar cuando la espada dejó su corazón por segunda vez. Ya no dolía, ya no había sed. Su corazón se regeneró más rápido y su garganta se sintió satisfecha. La sangre del amo había sido como un plato fuerte. Ella era un sirviente, uno convertido con la sangre pura de dos amos en su interior. Un corazón de amo en un cuerpo de humano.

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