3. La sombra de Ingvar

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El cochero me avisó cuando llegamos. Me había perdido entre las letras del telegrama y viajaba a la velocidad del código Morse mientras agarraba con mis manos al fantasma de Ingvar. El hombre esperó a que bajase del carruaje, cerrase la puertezuela y le diera las buenas noches.

Empujé la verja y accedí al pequeño sendero que me separaba de Nueva Alejandría, la casa de campo. Había pertenecido a un acaudalado burgués venido a menos por culpa de la adicción al opio que seguía haciendo estragos entre las clases acomodadas europeas. Una larga historia en la que el agente inmobiliario se había prodigado en detalles que yo encontré innecesarios. La magnífica residencia conservaba los muebles, todos ellos preciosas reliquias del siglo anterior, y tenía una descomunal biblioteca que hacía las delicias de mis tardes invernales cuando, ocasionalmente, llovía a cántaros durante días. La chimenea principal apenas la utilizaba, excepto cuando hacía frío o regresaba de Dubrovnik. Aunque amaba aquella ciudad mediterránea, necesitaba despegarme del hedor a hollín que sus fábricas expulsaban. Entonces, como ahora, la encontraba en su cenit y mi mayordomo, un hombre tan discreto como sensato, abría la puerta tras oír la campanilla del exterior. Después de darnos las buenas noches, me entregó una pequeña nota sobre una bandejita de plata.

—¿De quién se trata? —pregunté mientras rompía el lateral para leerla.

—De la Duquesa de Luksic. Estuvo con su hija...

—¿La viuda? ¿Otra vez?

—Así es, señor. Desea que le haga un nuevo retrato.

—Ya veo —dije de forma mecánica tras leer con rapidez aquellas letras apretadas unas encima de otras, como si se adivinaran sus intenciones.

Lo despaché. Cerré la puerta y arrojé los zapatos contra la alfombra mientras notaba cómo el calor de la chimenea me traspasaba lentamente. En la esquina, protegidas por una vitrina de cristal de Bohemia, mis viejas amigas miraban sin pestañear. Absenta, dije como si pronunciara un conjuro.

La noche transcurrió en el más absoluto de los silencios. La madera crujía y yo tenía el cuerpo en llamas. Abandoné el sillón donde había quedado atrapado por los recuerdos que se confabulaban contra mí. Junto a la puerta había una pequeña colección de libros encajados en la pared que parecían formar parte de los muebles. Pero sólo era el efecto de la luz mortecina y del polvo que se había acumulado entre las rendijas que los separaban. Fui decidido hacia ellos y tomé el de la derecha. Era un libro de botánica en el que reconocía la labor de otros ilustradores y donde se distinguían muchas de las especies que en algún momento del pasado había ilustrado para la revista geográfica. Al principio pasé las páginas lentamente, pero después me pudo la ansiedad y la busqué con cierta violencia. Cayó al suelo cuando comencé a zarandear el libro, irritado por pensar que no estaría allí, que alguien del servicio se la habría llevado. La absenta me golpeaba desde el estómago contra la cabeza y los sentidos, y yo quería hacer lo mismo con Eduardo.

—Aquí estás —dije cuando la recogí de la alfombra.

Era una lámina un poco amarillenta. Estaba arrugada y también rota. A pesar de ello, podía distinguirse a un muchacho lleno de pecas que llevaba unas gafas gigantescas y feas. Parte de su cuerpo había sido seccionado en lo que parecía ser una mutilación artística. A carboncillo, se podían adivinar las diminutas pecas que salpicaban sus mejillas, lo escuálido de sus hombros y el cabello ligeramente alborotado por un viento que debió de soplar aquella vez. Las gafas redondas sobre sus ojos lo desfiguraban, aunque le daban un aspecto intelectual del que me había burlado cada vez que terminaba la misa de los domingos cuando dejábamos atrás el banco que habíamos compartido. Pero lo que me atrapaba era su expresión risueña, el brillo de las pupilas irradiaba algo que debió ser felicidad. No había sido sencillo dibujarlo, pero allí permanecía oculto sólo para mí.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!