1. Nosotros

421 38 10

4 de mayo de 1893

Copenhague,

Dinamarca


------------------------------------------------------


Mucho antes de que el sacerdote finalizase la ceremonia, Ingvar y yo salimos de la capilla. Nuestros corazones temblaban y, aunque apenas éramos unos muchachos recién licenciados por la Universidad de Copenhague, sabíamos muy bien lo que estábamos haciendo. Aquel domingo, como todos desde el primer día en que nos conocimos, nos habíamos sentado en el último banco de la iglesia. Ingvar había regresado de su viaje por el Mediterráneo la semana anterior. Cuando entonces fui a su casa, no tardé mucho en darme cuenta de que había cambiado y enseguida comprendí que él, mi amigo de la infancia, al fin lograría apaciguar los miedos y reproches que yo había depositado en el fondo de mi alma -sucia e impura- desde que comprendí que la raíz de mi hombría era perversa, indecente a los ojos del mundo sobrio en su superficie.

Ahora dejábamos atrás el incienso, los cánticos y la frialdad de las baldosas de la capilla; y, al salir, nos dirigimos al pequeño cobertizo abandonado que había detrás de la iglesia. La puerta estaba atrancada, pero pude abrirla con un golpe seco.

—¿Viene alguien? —pregunté antes de acceder en su interior.

—Todos están dentro de la iglesia, Séptimo —respondió Ingvar empujándome con suavidad hacia dentro—. Nadie nos encontrará. No tengas miedo.

—N-no... Y-yo no tengo miedo...

—¿Estás seguro? —cuestionó acercándose hacia mí después de que cerrara la puerta.

El interior del cobertizo estaba lleno de polvo y había algunas telarañas. Bajo sábanas blancas que los protegían, se apiñaban algunos muebles olvidados. La luz entraba por la vidriera de la izquierda y atraje a Ingvar hacia el lado contrario.

—Ten cuidado... alguien puede verte ... —susurré ligeramente alarmado—. Se supone que estamos en la capilla...

—... y que tú y yo no deberíamos hacer lo que quiero hacer.

—Pero...

—El mundo puede irse al infierno, Séptimo.

Ingvar se acercó hasta tenerme acorralado. Cubierto por aquel traje marrón claro, miraba como si pudiera lamer mi alma mientras me robaba la poca cordura que había entrado en aquel recóndito lugar. Empujó desde la pelvis cuando se dio cuenta de que lo observaba con absoluta admiración y noté cómo la fruta más exquisita se apretaba bajo el pantalón. Ojalá yo hubiera nacido con aquella misma confianza.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —preguntó retozón Ingvar antes de deslizar la mano izquierda dentro de mi pantalón—. Cuando fui de viaje a Baleares tuve varios amantes.

—No... me habías... dicho nada... —respondí entre jadeos.

Notaba sus dedos hurgar entre mis nalgas y cómo rozaban las zonas más sensibles. Yo hundía las uñas en su espalda.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Séptimo.

Ingvar empezó a besarme y yo me abracé a él, seguro de que aquel momento se grabaría a fuego en nuestra memoria. Él no era virgen y yo tampoco, pero nuestras experiencias habían terminado por llevarnos hasta aquel primer encuentro donde nuestra condición de amigos había dado un paso más. El botón del pantalón salió despedido e inmediatamente me lo bajé hasta las rodillas, ansioso por mostrarle hasta qué punto había dejado de importarme lo que sucedía afuera. Mi sexo se resbalaba entre sus manos heladas y yo me doblaba hacia atrás mientras él se mordía los labios. Ingvar frotaba y me empujaba contra su cuerpo.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!