Día 15

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 15

Al abrir los ojos tuve, aunque solo por unos instantes, la sensación de que nada había ocurrido realmente. Tal vez haya sido mi deseo de que el despertar transformara los sucesos en simples pesadillas, pero inmediatamente el anhelo desapareció. Ni siquiera la preciosidad del día me permitió negar lo acontecido.

«¿Por qué siempre lo refiero con palabras como "lo sucedido", "los hechos"? Querer evadirlo sin nombrarlo no hace más que permitir su retorno. Fui castigada, azotada y humillada en completa desnudez por las manos de mi padre.»

Me senté frente al espejo, y con el peine más suave, comencé a cepillar mis cabellos dejándome llevar por el simple placer de una caricia. Cerré los ojos, pero el rapto del hedonismo fue fugaz. El latido de mi espalda se hizo cada vez más presente, el dolor se transformó en miles de punzadas a la vez y los destellos de la risa de mi verdugo cayeron sobre mi ser. Parecía estar nuevamente en aquella escena, sometida en cuerpo y alma al tormento; volví a escuchar mis alaridos resonar con intensidad en ese recuerdo que cada vez se hacía más una alucinación. Otro grito se interpuso al mío. Se escuchaban desesperados y no estaba tan lejos. Eran una mezcla de llantos y de clamores; con seguridad se trataba de una mujer. Me acerqué a la puerta y la abrí tan solo unos centímetros. No llegaba a ver quién era esa víctima, y de los alaridos no se lograba distinguir una voz, hasta que de la boca de aquella mujer emergieron temblorosas súplicas. Allí lo supe.

—¡Ppor favor... ¡yo no sabía nadaaa...! —gritó con imploro. Se trataba de mi madre.

Una cabalgata de palpitaciones hacía que mi corazón fuera incontenible en la cavidad de mi pecho.

«¡Otra vez ese monstruo haciéndole daño a alguien!» —gritaba para mis adentros, totalmente enfurecida.

Tenía tantas ganas de salir corriendo de mi habitación y evitar que la lastimara. Pero todo se reducía a las ganas, puesto que mi cuerpo no iba a poder contra el suyo y, mucho menos, con las heridas recién infligidas. La sangre recorría mi cuerpo, hirviendo cada parte de él como si lo que fluyera fuera lava ardiente. Cuando la posición fue propicia logré ver lo que sucedía: la escena que mis ojos presenciaron fue lo más espantosa y denigrante que en mi vida pude ver. Mi demoníaco padre arrastraba a mi madre totalmente desnuda, tomándola del pelo, mientras ella con las suyas intentaba zafarse de su cruel captor. Su rostro estaba herido de ambos lados, y en uno de los pómulos un corte a lo ancho del cual fluía sangre.

Yo me encontraba temblando y soportando los envistes de mi corazón, la temperatura de mi cuerpo y la impotencia de no poder hacer nada por mi madre. Tenía miedo de que él me viera observándolo. Apenas podía soportar el asco que me producía ver el rostro de ese hombre. Tantos sentimientos se cruzaban en mí que la inhibición le ganó a cualquier otro tipo de acción que hubiera planeado. Era ya una mujer, pero cobarde, porque el temor todavía podía conmigo. A pesar de que mi madre nunca me defendió de los abusos que él tenía sobre mí —y que hoy puedo entenderlos así—, sufría por ella, y sentía una gran impotencia por no poder ayudarla.

«¿Habrá sentido en aquellos momentos lo mismo que yo?»

En ese instante recordé con gran nostalgia las tardes de té frente al lago y las largas charlas, como también los grandes silencios en los cuales nos deleitábamos viendo lo maravilloso de la naturaleza. Sacudí mi cabeza para volver a la realidad y, por suerte, él no se percató de mi presencia. Pronto entraron a la habitación, de la misma manera en que habían llegado al corredor: él arrastrándola por el piso del castillo, tironeando de sus pelos, y ella intentando resistir con gritos y llantos que eran inaudibles para él. O aún peor, eran el condimento de su deleite.
Gracias a la resistencia que mi madre imponía, Furius no pudo cerrar totalmente la puerta de la habitación. Tal el pánico que sentía dentro mío, con una pizca de culpa, que volví a correr hacia mi cama y a esconderme bajo las sábanas. Me sentí una cobarde, y me quedé allí unos cuantos minutos durante los cuales los gritos de mi madre inundaban casi todo el condado de Piedrasblancas y me destrozaban el alma en pedazos. Tomé aire incontables veces y de a poco fui adquiriendo el valor que se necesitaba para hacer lo que quería hacer: irrumpir y salvar a mi madre de las garras de la bestia.

«¡Vamos Preejet no seas cobarde, ¡algo tienes que hacer!» —me desafié a mí misma. La palabra "cobarde" caló hondo y me conmovió de tal manera que aproveché el momento y salí corriendo de mi habitación por el oscuro pasillo, descalza para no hacer ruido al acercarme. No me reconocí con tanta valentía envolviendo mi cuerpo y dirigiendo mi conducta. Hasta pensé que había alguien más en mí... Pero no, era yo misma intentando hacer algo por mi madre. Por primera vez, mi cuerpo estaba respondiendo a las órdenes de mi ser en una situación aterradora. Cuando estuve lo suficientemente cerca del cuarto fui descendiendo la velocidad, y armándome otra vez de valor y con sigilo, inmiscuí mis ojos por la abertura de la puerta. Mi cuerpo se erizó de pies a cabeza y luego sentí cómo todo mi ser caía por completo hacia los infiernos, vaciándome de energías. Toda la valentía se había disipado, tan rápido como su aparición, y tuve que hacer un gran esfuerzo por no sucumbir ante el temblor de mis piernas.

Mi madre estaba con toda su humanidad al desnudo, sus manos atadas entre sí y una segunda cuerda cruzaba el nudo para fijarlas al techo de la cama, dejándola con los brazos en alto. Su cabeza estaba gacha y cubierta con su cabello. Se podía escuchar en su llanto los quejidos de dolor saliendo de su boca mientras se esforzaba por mantenerse erguida. El demonio que tenía por padre tenía un cuchillo en la mano chorreando un cáliz rojo oscuro, y el cuerpo de mi madre repleto de pequeños cortes que dividían su carne.

Lo escuché interrogarla con vehemencia:

—¿¡Dónde estuvo!? ¿¡Fue con el jardinero, cierto!?

—Eeen el cobertizo... —respondió mi madre a duras penas, haciendo un esfuerzo doloroso por hablar.

—No estuvo sola, ¿cierto? ¿¡Perdió su valor!? —gritó enloquecido. Ella solo irrumpió a llorar al escuchar esas preguntas, lo que hizo que yo me desplomara contra la pared contigua a la puerta. Su llanto hizo que la bestia se enfureciera aún más y entonces volvió a preguntar con más furia en su voz:

—¿¡¡Perdió su valor!!? —bramó desencajado de sí mismo, y mi madre sucumbió. Tal vez el dolor físico se hizo tan insoportable que su ser se vio doblegado y a cuya confesión sintió como una salida posible. ¿Y el dolor moral de condenar al infierno a su hija?

Alcancé a escuchar su respuesta:

—No lo sé... Solo sé que se vio con el hijo del jardinero allí en el cobertizo. Por favor no le hagas daño, es una niña —rogó mi madre revelando la verdad, seguramente para que él terminara con la tortura.

No pude culparla por eso.

«¿Qué iba a suceder ahora que Furius sabía acerca de mis encuentros con Jaime, a pesar de que mi madre no le había dicho nada acerca de mi valor? ¿De qué hablaba?»

No tenía ni una pizca de certeza para responder esa pregunta, pero lo que terminaba de presenciar no me representaba un panorama promisorio. Las ideas que se generaban en mí, ante esos interrogantes fueron aterradoras y me vi en la misma situación que mi madre, sufriendo las consecuencias por mis elecciones. Todo aquello me espantó, me llenó de miedo y de una incertidumbre que me estaba consumiendo por dentro. Era presa del miedo y del horror.

Con las pocas fuerzas que me quedaban corrí a mi habitación y me encerré allí, intentando no pensar qué era lo que podía llegar a suceder a partir de ahora. Me escondí bajo las sábanas, pretendiendo con inocencia que me cuidaran, y lloré en silencio hasta quedarme dormida, no sin antes escribir lo que había tenido que vivir. No importaba cuánto dolor me causara recordar las más espantosas circunstancias, sentía la necesidad de que los tormentos a los que éramos sometidas con mi madre tuvieran como testigo a un tercero y que, por esos azares de la vida, llegasen a saberse. Guardaba la nimia esperanza de que mi diario, al ser leído, conmoviese la posición de la mujer en nuestra comunidad.

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