Día 14

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 14

No sé cuánto más pueda continuar escribiendo en mi diario. Las cosas han ido empeorando en demasía y mi vida parece una pesadilla de la que no puedo despertar y mis únicos acompañantes son el miedo y... mi diario. Al voltearme hacia la derecha estando acostada un punzante dolor provocó que me estremeciera entera despertándome súbitamente. Era una de las tantas marcas de mi calvario.
Una pregunta quería instalarse. ¿Habría sido un castigo justo por mi proceder? ¿Debería obedecer a toda costa, incluso sobre mi querer? Inevitablemente se enfrentaban y establecían en una gran tensión entre sí. Me senté en la silla que estaba frente al espejo. Me quité el atuendo de dormir y observé las marcas de mi cuerpo frente al espejo... Rastros de azotes en mi espalda y muslos. Mis ojos no creían lo que estaban viendo, o no lo querían creer. Atónita recorrí las heridas con mis manos. Al tocarlas, toda la ilusión de que no existieran se desvaneció, mis ojos se humedecieron y tuve que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Fijé la mirada y toda mi atención en el espejo provocándome una sensación de extrañeza que impidió el llanto. Recorrí cada borde, cada silueta y particularidad de mi cuerpo dejándome capturar por esa imagen, olvidando por un instante las marcas y deteniéndome con fascinación en el esplendor de mi figura intentando hacerla mía. Necesitaba apropiarme de lo que veía, de la mujer que estaba frente a mí y barrer con aquella niña que aún jugaba en mi cabeza. Seguí recorriéndome con el tacto intentando reconocer y asumir que era mío, que me pertenecía al igual que el goce que con él me dispensara. Mi busto grande, las caderas anchas y los muslos definidos. También reparé en mis labios, más rojos y gruesos de lo que recordaba... ¡Y mis manos! estilizadas y llenas de joyería habían desplazado a las pequeñas, regordetas de cortas uñas para siempre.

Ya no era una niña; era una mujer.

Una vez que ese hechizo de captura imaginaria se cortó recordé mi realidad dentro de las enormes paredes del castillo. Me sentía presa en mi propia casa, atormentada por mi propio padre y abandonada por mi madre. ¿Qué más podría sucederme? Reviví involuntariamente cada sensación, palabra, y olor de ayer, cuando el conde Furius Lonet descargó toda su ira sobre mi frágil y desprotegido cuerpo. Sí, le dije Furius Lonet. No podía seguir llamando padre a una persona así, a una bestia que goza con el sufrimiento de los demás.
Todavía podía sentir en mi espalda el cuero impactando sobre ella, la piel desgarrándose y la sangre corriendo por mi carne. Cada vez que esas imágenes volvían a mi mente, un escalofrío me recorría entera, de pies a cabeza, la respiración se hacía densa y mi corazón parecía explotar por la intensidad de sus latidos. Evité lo más que pude salir de mis aposentos. ¿Cómo podría hacer algo tan trivial como bajar por el almuerzo cuando algo tan terrible había sucedido tan solo unas horas atrás? Preferí encerrarme y morir de hambre antes que ir al comedor y ver ese rostro tan malévolo dirigir su mirada nuevamente hacia mí.

Debí saberlo, él me miraba raro...

Mi cuerpo volvía a sentirse sucio, de esa suciedad que me carcomía por dentro y que cien baños no quitarían nada. El agua sería inútil; era una suciedad sentida, era un cuerpo marcado con trazos indelebles. Tan solo recordar los momentos en donde mi carne respondía a las palabras de él y no a mi propia voluntad hacía que un escalofrío me recorriera de una extremidad a la otra llenando de impotencia mis emociones.

¿Le pertenecía?

Era curioso cómo, cada vez que me sentía totalmente enajenada a ser un objeto de Furius, mi alma recurría a Jaime. En ese instante, reviví cada beso, cada caricia, cada abrazo y cada mirada, así como su hermosa voz diciendo que me amaba. Rememoré todo lo que jamás volvería a tener, lo que se me había arrebatado de mis propias manos. ¿Qué es la vida sin amor? El sentimiento de estar muriendo sin llegar a morir.

Este lento y duradero sufrimiento me estaba consumiendo por dentro. Me sentía vacía de vida y llena de dolor. Quisiera desaparecer como el sol con la noche y no regresar nunca más... ¿Acaso no sería mejor morir en el intento de vivir que vivir en el intento de no morir?

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