Día 13 (Parte 2)

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 13 (Parte 2)

—Te lo vuelvo a preguntar una vez más ¡¿Estabas sola o no?! —insistió, mirándome con furia y acercándose cada vez más hacia mí, hasta que ambos cuerpos estuvieron totalmente. Intenté apartarme con sutileza, pero él, con su brazo, me sujetaba rudamente por la cintura. Quería irme corriendo tan rápido como fuera posible, pero, una vez más, mi cuerpo parecía pertenecerle a él, porque a mis órdenes no obedecía. No respondí a su pregunta. Solo pude suplicar, sabiendo que no podría volver a mentir sin que él lo supiera. Todo mi cuerpo evidenciaba el temor de que mi padre descubriera la verdad.

—Por favor, padre, me está lastimando —le rogué. Pero él lo ignoró por completo. O no... Porque me sujetó con más fuerza.
No podía entender qué estaba pasando con él. Me aterraba esta persona que tenía frente a mí. Comenzó a acercar su boca a mi rostro y eso me espantó aún más; tanto que creí sentir una arcada que avecinarse desde mi estómago. Por ello giré mi cabeza hacia un costado, intentando evitar que mi piel se encontrara con sus labios y que mis ojos fueran testigos de semejante atrocidad. Como si ningún efecto hubiera producido mi reacción en él, se dirigió a mi oído y susurró algo que nunca me voy a olvidar.

—Vas a obedecerme en todo lo que yo te diga. Y en cuanto no hagas caso a mis órdenes, el azote será tu castigo inevitable. Eres mía y de nadie más —fueron sus palabras, las mismas que penetraron en lo más profundo de mi alma. Temblaba entera, y las piernas a duras penas me sostenían mientras mi respiración se entrecortaba cada vez.
Cuando concluyó su amenaza, se alejó apenas unos centímetros. Tomó mi mandíbula con su mano, con tanta fuerza, que creí que molería mis huesos. Acomodó mis ojos hacia los suyos obligándome a mirarlo y luego habló.

—Nunca más vas a volver a desaparecer del castillo sin mi permiso. Y para que recuerdes siempre que mi palabra es ley inquebrantable, vas a recibir el castigo que mereces. Logré ver cómo una sonrisa comenzaba a dibujarse desde la comisura derecha de sus labios.

¿Qué persona podía disfrutar del castigo?

Estaba aterrada. Y con todo el significado que esa palabra podía conllevar. Mi corazón latía solo de miedo y mi cuerpo estaba abatido, sin posibilidad alguna de luchar contra un hombre tan fuerte y malvado, y que parecía estar disfrutando con cada muestra del sufrimiento por él provocado. En ese momento, un cóctel de imágenes desfiló por el interior de mis ojos, desde los rincones más recónditos de mi memoria. Y con la rapidez de un corcel al galope, volvieron a mí:

Tenía apenas ocho años y me había levantado de la mesa para ir a jugar con una muñeca de porcelana nueva, desobedeciendo por completo la orden de mi madre. Cuando mi padre volvió al castillo aquel día y vio la comida sin tocar en mi plato, subió enfurecido las largas escaleras de mármol hasta mi cuarto. Empujó con fuerza la puerta maciza y cuando me encontró con su mirada se dirigió a mí.

—Desobedeciste a tu madre y a las órdenes que yo he dejado. El respeto por la autoridad es algo por lo que tengo que velar, y su falta de respeto castigar.

Recuerdo haber asentido y pedir disculpas varias veces, pero nada de ello había hecho efecto alguno. Él deseaba, fervientemente, castigarme. Hoy entiendo que esa excusa era perfecta para desplegar su sadismo sobre mí. Se acercó sin decir una palabra y, cuando me tuvo enfrente con ánimos de intimidar, me dio la vuelta. Una vez de espalda, arrojó sobre mí toda la fuerza de su brazo derecho, derribándome contra la cama y dejándome boca abajo. Quise moverme y levantar mi cabeza, pero su potencia ya se ejercía sobre mi cuerpo. Levantó mi vestido al tiempo que me sujetaba y sometía mi rostro contra las telas de la cama. Con la palma de la misma mano con la que me había arrojado me golpeó en las piernas y en mis posaderas durante lo que yo sentí como una eternidad.
Lloré y rogué, pero el fuego seguía ardiendo en mi piel y solo cuando hubo de agotar el placer de golpearme me dejó allí, en un mar de llantos que solo preguntaba "¿por qué?", mientras mi cuerpo exhibía las marcas de mi dolor y su placer. El dolor físico, por aquellos días, no se podía comparar en nada con el tormento que me producía sentirlo gozar sobre mi ser. Aunque no dijera ni una palabra, se podía sentir la fruición que experimentaba al azotarme en las nalgas. Y él, esa bestia que golpeaba a una niña, era mi padre...

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