Día 13 (Parte 1)

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 13 (Parte 1)

Todo era perfecto... Sí, era, hasta que la fuerza de un grito nos separó intempestivamente. La voz provenía desde fuera del cobertizo, tal vez a unos cuantos metros.

—¡Señorita Preejet! —gritaba incansablemente aquel hombre cuya voz reconocí enseguida. Era Albert, el jefe de la guardia personal de mi padre, por lo que comprendí que, seguramente, mis padres ya estarían asustados por mi ausencia y lo habían enviado a buscarme. Pensé con extrema rapidez y me dirigí a Jaime.

—Quédate aquí escondido. Saldré para impedir que entren y así podrás regresar a tu hogar sin ser visto. Te espero en dos días aquí, para volver vernos —le dije. Y más que una orden, pareció un ruego.

—¿En dos días? —me preguntó, demostrándome que le resultaba mucho tiempo. Y no lo culpo. A mí también.

—En dos días, Jaime —volví a afirmarle, intentando ser más severa que antes. No tenía tiempo para explicarle que tenía que dejar pasar al menos un día para volver a ausentarme. De lo contrario sospecharían y no conllevaría nada bueno que eso sucediera.

Salí del cobertizo con rapidez, intentando mostrarme lo más tranquila y casual posible.

—Buenos días, Albert, aquí estoy. ¿Por qué la desesperación? —pregunté, fingiendo inocencia. Él solo me miró y luego de un corto silencio hizo una mueca solicitando que no insultara a su inteligencia. Luego de entregarme a las manos de Albert para poder ocultar a Jaime caminé en silencio hasta el castillo ante la atenta e inquisidora mirada del jefe de la guardia. Tal vez le había molestado en demasía reducir su honorable trabajo a la búsqueda de una pequeña caprichosa y escurridiza. Comprobé su malestar al percibir los gruñidos y quejidos como respuesta a mis triviales preguntas.

"¿Cómo has amanecido hoy Albert?", "Qué hermoso día, ¿no te parece?"

Él solo me miraba y gruñía. Inmersos en ese silencio, perturbador y molesto, caminamos por la campiña hasta el salón del castillo, donde seguramente alguna reprimenda tendría. Esperaba mi castigo sabiendo que, por Jaime, había valido la pena. O al menos así creía, porque jamás dimensioné lo que sería ese calvario. Cuando entramos al salón, me detuve repentinamente. Mi madre estaba en el sillón, llorando y evitando mis miradas cada vez que buscaba verla, tapándose el rostro con ambas manos. Mi padre se encontraba parado a su lado, con una mirada de lo más temible y con el rostro totalmente tensionado. Nunca me quitó los ojos de encima, y con cada segundo que transcurría, el terror comenzaba a apoderarse de mi cuerpo. Luego de unos segundos de silencio insoportable habló.

—Vete —ordenó con una voz serena que, no obstante, denotaba una severidad imposible de oponerse. Sin decir una palabra, mi madre se levantó y se dirigió hacia las escaleras camino a la habitación. Por mi parte, seguía clavada al piso e imbuida de miedo por lo incierto de mi destino. ¿Qué le había hecho él a mi madre? ¿Hasta dónde llegaría esto? Todo mi ser deseaba salir corriendo de allí, buscar a Jaime y alejarme lo más rápido posible de ese hombre que distaba mucho de ser el de mis recuerdos no tan lejanos. Pero mi cuerpo no respondía y se mantenía quieto, como si estuviera siendo atraído al piso por alguna extraña fuerza o algún veneno poderoso me estuviera petrificando por dentro. Miré hacia atrás, donde debía estar Albert, y en su lugar solo había vacío. Él se había retirado, al igual que mi madre, y yo estaba sola, a merced de quien se hacía llamar mi padre.

Recorrían mi cuerpo grandes escalofríos, erizándome la piel a cada centímetro. De aquella inocente aventura devino una escena de terror y mi valor se consumió como una vela al finalizar la noche.

—Acércate —fue la única palabra que salió de su boca sin dejar de mirarme. Y mi cuerpo, como si le perteneciera y obedeciera solamente él, comenzó a caminar hacia delante, sin prestar atención a mi deseo de correr lo más lejos posible de allí.

—¿En dónde estuviste? —me preguntó estando a unos escasos centímetros de mi rostro. Sus ojos clavados en los míos me observaban sin siquiera pestañear; sentía el calor que salía de su boca y aún estaba yo allí, sin cambiar de postura, sin retroceder un paso, y a nada de ser devorada por ese hambriento lobo.
Intenté retroceder unos pasos, pretendiendo, ilusoriamente, que mi temor disminuyera un poco al alejarme de su cuerpo. Todo fue en vano. Me tomó por la cintura con una sola mano, me detuvo y atrajo nuevamente hacia donde estaba antes. Volvió a clavar sus ojos en los míos, con esa dureza que los caracterizaban. Parecían estar ardiendo en fuego antes de que volviera a repetir la pregunta.

—¡¿En dónde estuviste?! —insistió con mayor intensidad.

—E-en el co-cobertizo... —le contesté temblorosa.

—¿Qué hacías ahí...? —volvió a inquirirme. Y como cada vez que preguntaba algo no podía evitar responderle, le dije parte de la verdad, tomando un poco de fuerzas para proteger a Jaime.

—Deseaba estar sola, escribir un poco en mi diario, tonteras de mujer, padre... —repetí, haciendo el mayor esfuerzo para que mi voz dejara de temblar y no revelara en su tonalidad mi mentira encubridora.

—¿Sola? —me interrogó, levantando el extremo derecho de su labio hacia arriba, como si supiera que con cada pregunta se acercaba a una verdad que solo restaba que yo le confirmase.

—Ssi... por supuesto —mentí con dificultad. Y dudo de haberlo convencido de ello. Me resulta dificultoso continuar escribiendo con tan solo recordar esa mirada que recaía sobre mí y todo el miedo que dejó impregnado en mi ser.

Mis manos tiemblan al igual que mi respiración...

No puedo continuar en este momento...

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