Día 12

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 12

Mi sueño se desmoronó y la imagen de Jaime, que yo veía con vívida e intensa en mi realidad interior despareció ante su presencia real. No podía dar crédito de lo que se figuraba ante mis ojos. Sin tiempo para preguntas, me cubrí con lo primero que pude tomar a pesar de estar vestida. Sentí un gran pudor ante su presencia.

«¿Qué hacía aquí y a esta hora?» —me pregunté.

Él no estaba menos sorprendido de encontrarme allí. De hecho, creo haberlo visto retroceder unos pasos luego de verme acostada sobre el suelo del cobertizo. Seguramente había interpretado la pregunta que evidenciaba mi rostro, porque fue el primero en hablar.

—Soy el jardinero, ¿recuerdas? Vine a buscar unas tenazas. Disculpa mi intromisión —dijo, como si algo lo apenara.

No tenía por qué pedir disculpas y menos inventar excusas, porque era lo que parecía. Al fin y al cabo, era yo quien estaba donde no debía, provocando una incómoda situación. A pesar de todo, mi decisión de quedarme en el cobertizo tuvo su sorpresiva recompensa: volver a verlo. Miré hacia afuera y solo pude ver a la noche cubrir con su negrura todo debajo de sí. La única luz provenía del candelero que Jaime sostenía con sus manos. Ante su atenta mirada, le pregunté qué hacía a estas horas en el cobertizo, algo que lo heló por unos segundos, sabiendo que su invento anterior no había tenido lugar.

—Tuve una discusión con mi padre. Deseaba un tiempo de soledad, aunque lo que encontré es aún mejor que el gris encuentro de un hombre con su propia sombra.

Deseaba correr hacia sus brazos, besar sus labios con tanta pasión como fuera posible y recorrer tanto como pudiera su cuerpo con mis manos. Resultaba extraño cómo, hasta ese entonces, se trazaba entre nosotros distancia que muy tímidamente osábamos traspasar. Aun resistían en mi cabeza las imágenes de aquella fantasía que construí con la figura de Jaime, totalmente desnudo y dispuesto a estar para mí. Si bien mis emociones estaban cargadas de una trémula impulsividad que me hacía desear tenerlo en ese mismo momento entre mis brazos, decidí esperar. No quería espantarlo nuevamente porque no soportaría verlo alejarse. Mis ojos brillaron cuando sus labios se abrieron.

—¿Puedo? —dijo con timidez, pidiéndome permiso para sentarse junto a mí. Le respondí con una sonrisa, indicándole con la mirada que se sentara a mi derecha. ¿Hasta cuándo deberíamos sostener la formalidad? ¿Tendría que hablar yo? ¿Debería disculparme por dejar al descubierto mis sentimientos? ¿Sería mejor que me retractara y le dijera que en verdad no era así, que no lo amaba? Las preguntas volaban en mi cabeza como aves perdidas, hasta que, de un solo tiro, como si pudiera leer mis pensamientos, él las destruyó a todas.

—En aquel momento no supe que decir. Tus palabras endurecieron mi lengua, congelaron mis pensamientos y revolucionaron todos los sentimientos que me ataban sin dejarme reaccionar; no encuentro más razón para explicarlo. Yo también te amo, Preejet, y sueño contigo cada noche —reveló, haciéndome enrojecer y no solo de amor. ¿Cómo podría ser posible tan intensos sentimientos con tan pocos encuentros? ¿Tan fuerte es la potencia de una mirada? Sentí a mi cuerpo desmoronarse, como si fuera una torre de naipes en medio de una simple brisa. Dejé que cayera, pero ante sus brazos. Él me sostuvo con firmeza y dulzura; me miraba con ternura y no me parecía en absoluto un lobo feroz del que tuviera que temer por mi integridad. Me acerqué con torpeza a su rostro, buscando que nuestras bocas se encontraran en un roce interminable. Y lo logré. Él avanzó la distancia que separaba por último nuestras pieles y por fin nos fundimos en el más intenso beso. El primero, al menos para mí.

Poco a poco, esa desesperación de desear fundir los cuerpos en uno fue adueñándose de la situación, elevando la velocidad de nuestros movimientos y la temperatura de nuestros cuerpos. Nuestras manos iban y venían con total desenfreno. Cada uno quería reconocer el cuerpo del otro con cada tacto, con cada olfacción, con cada elemento que estuviera a la mano de nuestros sentidos. Los labios se fundían en besos interminables y nuestras manos danzaban suavemente por ambos cuerpos. La situación era de lo más placentera, hasta que una de las manos de Jaime comenzó a subir por mi pierna, lento pero decidido, hasta rozar mi entrepierna. En ese instante sentí cómo la piel se me erizaba y mi cuerpo se estremecía ante su tacto. Apreté los ojos buscando animar los sentidos, pero lo que sucedió me borró de la situación de un plumazo. Aparecí en otro lugar y en otro tiempo. Ante mí se encontraban los dos animales atacándome ante el silencio del bosque sin piedad sobre mi rostro y mis partes bajas... Y yo indefensa, sometida. Me aterroricé, y al volver en mí, ya no podía seguir. Tomé su mano y la detuve por un momento, antes de llevarla hacia mi mejilla y apoyarme en ella. Él, como un caballero, me entendió. Acarició con suavidad la superficie de mi rostro, acomodó mi cabello y me invitó a recostarme junto a él. Su mano acariciaba mi espalda con un movimiento pendular y constante, desde mi nuca hasta las últimas zonas de mi cintura, y de a poco, el cansancio me fue tal que me dejé arrastrar hasta mis sueños con la protección de sus brazos.

Ante los sonidos de un nuevo día abrí los ojos. Todavía estaba dormido el hombre que me hacía estremecer con cada caricia y cada beso. Fue la primera vez para muchas cosas. Recuerdo haber sentido miedo, vergüenza, placer, excitación, incertidumbre... Tenía al hombre más bello y amable a mi lado y eso me hizo preguntarme si Podría haber sido más perfecto ese momento. Tan solo hacerlo provocó que arremetieran sobre mí los recuerdos de aquel instante en que la imagen de los lobos volvió para recordarme la crueldad y el horror de aquel sueño. Lo afirmé en mis pensamientos.

«Sí, habría sido perfecto, de no ser por aquello que detuvo la pulsión del momento.» Me senté a su lado para sentir el calor de su cuerpo, tomé mi diario y comencé a escribir, ante su atenta y silenciosa mirada recién despertada, permitiéndome el goce de darle palabras a mis vivencias con él.

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