Día 11

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 11

Desperté con un fuerte aire de desesperación, mi cuerpo entero estaba sudado y mi corazón corría a todo galope al igual que mi respiración. Me costó unos cuantos segundos entender que estaba en mi habitación y acostada en mi propia cama, que no había lobos cerca y que no estaba muerta ni lastimada por esos feroces animales. Una vez que pude recorrer la habitación con la mirada y corroborar lo que la realidad me indicaba, acomodé mi torso en el respaldo de la cama. Aunque sabía que nada de eso había pasado, ni mi excursión por el bosque, ni el ataque de los dos lobos, aún podía sentir en mi propio cuerpo los colmillos clavándose en mí y desgarrando mi carne.
¡Se sentía tan real! Era por demás de obvio que había sido una pesadilla, pero cuando las impresiones de lo vivido en el sueño perduran con tanta intensidad, pueden plantar una duda en nuestro espíritu y dejarnos al borde de la locura, caminando por la cornisa de la cordura y a punto de tropezar. No me sentía capaz de enfrentar a nadie en estas circunstancias. Cualquiera podría percatarse de mi estado límbico y me interrogarían por ello. Algo a lo que no quería exponerme de ninguna manera. Lo que soñé era un mensaje... algo que yo sola debía descifrar.

Decidí salir del castillo y refugiarme en el cobertizo, puesto que era el único lugar de mi mundo en donde podía encontrarme con mi soledad, con mi propia voz. Conmigo misma. Me vestí en silencio y, con todo el sigilo con el que podía actuar atravesé la cocina luego de cruzar la sala sin ser vista. Tomé un poco de pan y salí por la puerta trasera que me llevaría al único oasis de este infierno.
Me sentí aliviada cuando llegué. La presión en el pecho aparecida con mi abrir de ojos pareció desvanecerse en el momento en que cerré la puerta tras de mí. Podía sentir la seguridad y la sensación acogedora que me otorgaba estar en ese pequeño y oscuro lugar, solamente iluminado por un par de velas que logré encender con unas brasas en proceso de extinción. A pesar de lo precario de su construcción, la madera daba una sensación de calidez de la que carecía el castillo, construido con frías piedras. Me desplomé en el suelo, presa del cansancio. Y a pesar de haber comenzado el día hacía muy poco tiempo, aquella era la prueba eficiente de que el alma también debía descansar. Cerré los ojos concentrándome en mi respiración. Cuando todo parecía conducirse por el camino de la relajación, en ese preciso instante volví a sentir el ardiente aliento del primer animal en mi cintura. Otra vez la intensa sensación del acecho. Pese a ello, no abrí los ojos. Necesitaba enfrentarlo y pensarlo, debía de ser valiente y volver a vivirlo para develar los secretos que se ocultaban detrás de esas imágenes y tras aquellas sensaciones.

De nuevo tenía en frente los feroces y amenazantes colmillos y los aterradores ojos de esos animales. Parecían estar clavados en mí, obsesionados conmigo. Querían algo de mí. Esa imagen se repetía constantemente. No pude evitar volver mi atención sobre sus miradas porque estaba segura que ellas ocultaban algo que aún no puedo significar. Cuando el miedo se tornó más intenso, mi reacción trascendió el miramiento de mi acto. Entonces abrí los ojos, buscando hacer desaparecer esas imágenes aterradoras acompañadas siempre con los susurros de la muerte. Ya no podía continuar; el displacer era exorbitante. Y en el momento en que mis párpados permitieron que la luz penetrara otra vez ahí estaban, parados delante de mí, mi padre y Jaime, mirándome de la misma manera en que los lobos me observaban en mi pesadilla, acechándome y amenazando mi integridad. Mi corazón fue testigo del desconcierto. No obstante, la curiosidad me llevó a quedarme allí, dominando el miedo, y a devolverles la mirada. Observé con cuidado y logré descubrir algo diferente, algo que lo diferenciaba a Jaime de mi padre.

Aunque sus ojos de alguna manera demostraban lo mismo, tenían un matiz diferente, casi inexplicable e imposible de trasponer en palabra alguna que conociera. Eso distinto me daba una brisa de confianza de la cual los ojos de mi padre carecían por completo y que incluso los sentía amenazantes e incómodos y me hacían temblar de miedo cuando se posaban sobre mí. Obstruí de nuevo mi vista, cerrando con fuerza los ojos para luego volverlos a abrir. Por fortuna para mí, ambas figuras habían desaparecido, aunque no sin consecuencias. En ese mismo momento, oí repetidamente dentro de mí unas palabras que me resultaban familiares. No tardé en reconocerlas:

"Los hombres son como lobos..."

"Los hombres son como lobos..."

"Los hombres son como lobos..."

Era la viva voz de mi madre resonando y rebotando en mi cabeza, una y otra vez, y ahí fue cuando lo entendí. Los lobos de mi sueño eran ellos. ¿Cómo no pude entenderlo antes?
Podía darme cuenta de que Jaime me amaba y, tal vez, me deseara también. Pero, ¿mi padre? ¿Él me deseaba? ¿Por qué ambos se disfrazaban como lobos? Preguntármelo me produjo tanta repulsión que un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pasando por cada una de mis vértebras. Mi cuerpo tembló, rechazando aquella idea. Cubrí mi rostro con las manos, intentando refugiarme de tanta oscuridad en el bello rostro de mi amado. Él era como aquellas velas que me alumbraban en el cobertizo; sus ojos eran mis pequeñas esferas de luz. De a poco logré relajarme ante tan hermosa figura que pude traer desde mis recuerdos. Nuevamente mi sangre recorría mis venas con inmensa fuerza y se sentía extrañamente placentero. Me dejé llevar entonces ante el impulso de acariciar mi cuerpo y así, con mis fantasías fluyendo, quise verlo desnudo en mi fantasía. Concentré mi atención en él y todos mis sentidos se habían puesto al servicio de mi fantástica imaginación. No tenía idea alguna de lo que pudiera ser sentir su mano acariciando mi piel, pero, muy a pesar de ello, me agradaba mucho lo que logré proyectar dentro de mi teatro interno, en cuyo escenario había solo dos actores: él y yo

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