Día 9

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 9

Los acontecimientos de la noche anterior permanecieron dentro de mí con insistencia, sometiéndome a un tortuoso desvelo. Fue demasiado para mí.
A pesar del desahogo que me representa plasmar mis sentimientos sobre las hojas del diario, en este momento, estoy en un estado de tal nubosidad interior que no sé qué escribir. Las imágenes y sentimientos van y vienen dentro de mí, recorren mi cuerpo sin piedad alguna, dejando marcas a cada paso e impidiendo que las palabras puedan atraparlos.... No los puedo entender, no logro clarificar mis ideas, todo es en extremo confuso. ¿Mi madre estaba sufriendo a manos de mi padre? Él ya no era el padre que recuerdo, aunque siempre, estando a distancia, lo veía respetuoso y serio. Ya no era ese hombre, podía percibir una pizca de maldad en él, como si disfrutara del miedo y del sufrimiento ajeno.
La sonrisa... la sonrisa en esa escena no fue una divertida; era claramente diferente. Parecía gozar de mi miedo y de mi perplejidad, estando allí parado frente a mí sin ningún tipo de tapujos, ofreciéndose a la vista, a sabiendas de la angustia que producía a su víctima.
¿Qué más podría pasarme?
El sueño al fin había llegado y, poco a poco, los párpados cayeron con fuerza propia, dejándome navegar en las misteriosas aguas del alma hasta que... hasta que el primer rayo de sol se mezcló con todo el repertorio de preguntas, dudas y sentimientos enrarecidos, y comenzó, desde el primer instante del día, a provocarme una sensación de ansiedad que no pude dominar. Mientras yo me hacía preguntas e intentaba detener, aunque fuera por un instante, todo el devenir de mis ideas, no pude evitar sentirme completamente sucia. ¿Sucia? Sí, sucia. Mi cuerpo entero lleno de mugre. Así lo sentía, aunque pulcro estuviera. Luego, comencé a sentir una intensa comezón en mis pechos, luego en mi espalda, y otra vez los pechos... Y se sumaban mis muslos, mis piernas... En ese momento, todo mi cuerpo se sometió a la desesperante picazón que poco a poco comenzaba a confundirse con el dolor. Algo estaba dentro de mí, no sabría cómo describirlo, porque en verdad nada había en mi interior. Pero me sentía, en parte, extraña a mí misma, como si algo me hubiera invadido, incluso un sentimiento o un pensamiento. Rasqué y rasqué con tanta fuerza que me lastimé por debajo de mi pecho izquierdo. ¡Grité de dolor y de impotencia! No podía parar de rascarme...! Nada parecía funcionar.
La desesperación me ataba. Caminaba de una punta a la otra de la habitación solo por desesperación. Tenía que calmarme... Pero, ¿cómo? No pude evitar preguntarme qué había pasado en esa habitación donde mi madre estaba encerrada. ¿Y si la estaba lastimando? Tenía que encontrar la manera de calmar toda esta locura, de serenar a mi cuerpo y de parar el sangrado de mi pecho que yo misma me había provocado. No podía seguir así. Decidí ir rápidamente a la sala de baño, y al tiempo que me dirigía hacia allí, llamé gritando a una de las damas de servicio para pedirle que calentara agua en la caldera. Necesitaba sumergirme en la cálida liquidez, acariciar mi cuerpo con una suave esponja, quitarle la suciedad, calmar la comezón y, tal vez, apaciguar la mugre interior. Esperé con ansiedad el agua, a un costado del piletón, que se encontraba extrañamente vacío. Una de las sirvientas, que no era Mary, me miraba con preocupación mientras vertía los baldes en la y le pedía a otra que trajera algunas brazas para colocar sobre las canaletas que bordeaban a la pileta y así mantener la temperatura durante todo el tiempo que lo necesitara. Cuando mi cuerpo tocó por primera vez el agua caliente, una sensación de placer parecía querer expandirse por sobre el malestar que, de a poco, comenzó a desaparecer. Al menos, mi malestar corporal. Tal vez el agua me purificara, tal vez pudiera borrar algo de lo horroroso que había vivido y que se había transformado en ese intruso que me volvía loca.
Hundí mi cabeza por debajo del agua. Todos los sonidos del mundo se acallaron y, con ellos, mis pensamientos. Éstos se lentificaron, al igual que mi respiración, y las pulsaciones disminuían a medida que el relajamiento por fin se apoderaba de mi cuerpo, provocando la caída lenta de mis párpados y clausurando la visión. Me estaba yendo del mundo y entrando a uno mejor. Una imagen se apareció frente a mí.

Jaime me estaba entregando una rosa y me respondía el tan espontáneo "te amo" con el que lo avasallé arruinando un momento perfecto.

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