Día 6

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 6

Durante todo el día de ayer, la imagen de Jaime entregándome la rosa deambuló constantemente por mi cabeza. Recordaba sus ojos clavados en los míos y sus dulces palabras tocándome hasta lo más profundo de mi alma, vistiéndose de la más sublime música. No sabía si eso era amor o no, porque él era el único hombre al que siempre había mirado y deseé que me mirara también. Empero, el rayo que sentía ramificarse por mi pecho, llenándose de vitalidad cada vez que mis ojos se posaban en él, era un sentimiento tan fuerte que no podía ignorarlo. Siempre escuché que el amor era la fuerza más poderosa que unía a la humanidad. Por ello, me atrevo a llamarlo así.

Al día siguiente de mi encuentro con Jaime, luego del desayuno, mi madre se acercó hasta mí.

—Preejet, ven conmigo por favor —pidió, mientras señalaba con su mano derecha y me indicaba adonde ir.

—Claro, madre —contesté. Y comencé a dirigir mis pasos, por delante de ella, hasta el salón.

La situación se sentía con cierta tensión, imposible de ocultar y develada por largos silencios, en donde ninguna de las dos largaba palabra alguna. Los segundos parecían eternos y yo me detenía a observar nimiedades de los cuadros que colgaban colosales por la sala del castillo, la chimenea apagada o algunos bloques de piedra que desalineaban la pared; cualquier punto donde pudiera llevar mi atención era una escapada para evitar la gran tensión del silencio. Al fin, luego de varios intentos, mi madre levantó la mirada encontrando la mía y comenzó a hablar.

—Voy a serte sincera y directa, hija mía. No voy a prohibirte jugar al amor con el hijo del jardinero. Pero deberás cuidarte, pues él solo está en busca de aquello de donde proviene tu sangrado. No debes permitirlo, pues cuando tu padre decida tu futuro, será con alguien de una gran familia y le tendrás reservado "eso" a tu marido. Tu padre no puede enterarse de tus juegos con Jaime. No sé qué podría hacer si se enterara... Nunca me había hablado con tanta franqueza.
Esas palabras fueron para mí como una gran espada abriendo mi cuerpo al medio y dejando caer al suelo todos mis sentimientos.
¿¡Creía que estaba jugando al amor!?
¡No permitiría que nadie decidiera por quién mi corazón habría de latir!
La miré a los ojos sin dejar de sorprenderme con lo que acababa de salir de la boca de mi propia madre. ¿Cómo podría ser ella la que me estaba pidiendo que me alejara de mis sentimientos? No podía entenderlo. La ira parecía ir apoderándose de mi cuerpo, haciéndolo temblar por completo. Pero hasta allí llegó. Toda posibilidad de reacción fue únicamente fantasía y nada pude decirle. Había tragado mis emociones. Me levanté con toda la furia que rodeaba mi cuerpo y corrí hasta mi cama, desplomándome en ella con todas mis ilusiones abatidas. Lloré hasta que no tuve más fuerzas para hacerlo. Y, entonces, el cansancio me obligó a cerrar los ojos, alejándome, al menos por unas horas, de la horrenda realidad.

...le tendrás reservado "eso" a tu marido...

...le tendrás reservado "eso" a tu marido...

...le tendrás reservado "eso" a tu marido...

La última frase de mi madre, antes de que la dejara sentada en el salón para escabullirme a mis sábanas, me retumbaba en los oídos provocándome una gran opresión en el pecho, que terminó por despertarme y devolverme a la realidad de la que me había escapado hacía unas horas.

Aún no llegaba la oscuridad. No obstante, por la intensidad del sol, parecían ser los últimos minutos de su presencia en este día. Para evitar esa sensación tan dolorosa, me senté frente al espejo. Y mientras me cepillaba el cabello, imaginaba su presencia detrás de mí, acariciándome los hombros.

Necesité escribirlo todo.

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