Día 5

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 5

Al finalizar la noche, el sol comenzaba a asomarse tímidamente como si estuviera solicitando permiso de estar allí, para luego volverse imponente y esplendoroso hacia la mitad del ciclo. El día había iniciado con un manto dorado que cubría todo por debajo del cielo y unas pocas nubes blancas cortaban la monotonía del celeste.

Todo esto había renovado mis ilusiones de poder ver a Jaime trabajando en el jardín. Esperaba que estuviera solo y no con su padre; caso contrario, me avergonzaría mucho. En mi rostro se dibujaba una enorme sonrisa con tan solo imaginarme allí cruzando miradas con mi siempre amado. Bajé rápidamente las escaleras y me senté a la mesa del gran salón, contiguo a la cocina, para desayunar una taza de té acompañada con una porción de pan y algunas frutas. Bebía y comía con gran rapidez a causa de la ansiedad y las expectativas de salir a la campiña y poder encontrarme con sus ojos. Concluía mi primera comida del día imaginándome escondida detrás de algún arbusto y observándolo de cerca, deleitándome con él. ¡Me ruboricé a causa de mis pensamientos y agradecí estar sola en ese momento! Mientras daba uno de los últimos sorbos a mi taza de té, las puertas del comedor se abrieron y la figura inmensa de mi padre hizo su aparición. Me levanté, y poniéndome de pie, me dirigí a él.

—Buenos días, padre —lo saludé con una breve reverencia sin mirarlo a los ojos—. Acabo de terminar mi desayuno y tenía planeado dar un paseo por los parques —le dije, esperando su aprobación. Me miró fijamente y asintió con la cabeza, con esa dureza en el rostro que lo caracterizaba. No emitió palabra alguna, pero yo tenía el permiso para dar mi paseo. Era una persona bastante seria y a veces se enojaba con facilidad. Imagino lo difícil que debe ser liderar y llevar las riendas de todo un condado. Muchas responsabilidades lo agobian y tal vez fuera esa la razón de su mal genio. Nunca conocí nada sobre la vida de mi padre que pudiera darme más elementos para imaginarme otra cosa.

En el momento en que asintió y me permitió salir del castillo para dar mi paseo me retiré inmediatamente del salón en dirección de la pequeña puerta al final de la cocina que me abría paso hacia la campiña. Me sentí rara con su presencia, incómoda y alerta, como si mi ser estuviera en peligro. Y, aunque nada sucedió, no podía controlar esas emociones. Aquel cruce con él me hizo recordar lo sucedido la noche anterior, y seguramente, la acción de mi memoria era la causante de todas esas sensaciones que reaccionaban ante su sola presencia. Cantidad de sentimientos contrapuestos con respecto a mi padre transitaban por mí, lo amaba y respetaba por todo lo que él era, pero no podía dejar de sentirme incómodamente sucia ante los sucesos de ayer. Todo ello me pedía que me alejara. Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar las apabullantes imágenes de mi sometido espíritu, y recordé a Jaime. Eso le devolvió la sonrisa a mi rostro. Ya repuesta, tomé mi sombrilla de mano y me adentré en el hermoso verde que rodeaba al castillo.

Cada vez que salía a los jardines no podía dejar de admirar la obra de arte perfectamente acabada que era aquel paisaje: árboles, arbustos, plantas con hermosas flores, el lago y un pequeño estanque armonizaban a la perfección, dando un cuadro inigualable. El clima acompañaba increíblemente bien. Caminé en la dirección del rosedal pensando que allí iba a estar la morena figura de Jaime trabajando de forma minuciosa y delicada con las rosas. Deseé enormemente ser una de ellas.

El rosedal se alzaba como una enorme figura en forma de espiral compuesta únicamente por tan bellas flores, alternando entre blancas y rojas. Mientras caminaba, fue inevitable ver aquellas enormes casas con escudos por sobre sus entradas; nobles señores habitaban ahí. No me equivoqué. Cuando estuve a unos veinticinco metros de la monumental obra de rosas pude verlo, tan glorioso como siempre y concentrado en su trabajo. De alguna manera debí haber llamado su atención porque levantó su mirada. La profundidad de sus ojos impactó nuevamente en los míos, dejándome petrificada en ese instante. Me sonrojaba por completo mientras que un escalofrío recorría cada centímetro de mi cuerpo. Él era la causa del tan sentido goce, sin lugar a dudas.

Mientras mi razón gritaba desaforadamente que saliera corriendo, mi corazón me decía que me quedara en ese cruce de miradas y disfrutara de la sonrisa que Jaime me estaba regalando. Su rostro volvió a agacharse, rompiendo la unión de nuestros ojos, la que nos había conectado por unos instantes, los instantes más bellos de mi vida... Pero se habían terminado y él ya no me miraba. Todo fue tan efímero... Pero, tal vez, su esencia perecedera haya sido la que llenó mi deseo de poder recobrarlo nuevamente.

«¿No le parezco suficientemente bella?» —me preguntaba una y otra vez, imaginando nuevos peinados u otros vestidos que me hicieran ver más bonita. En los instantes en que aún divagaba con aquella pregunta que se me estaba encarnizando, lo vi. Él se estaba parando y dirigía sus pasos y la mirada de nuevo hacia mí. Caminaba lento, como si pidiera permiso con cada pisada, pero, asimismo, se lo notaba decidido a acercarse. Sin apartar un momento sus ojos de los míos, se detuvo a tan solo medio metro de mí.

¡Nunca lo había tenido tan cerca en mi adultez!

Sus labios se abrieron y por fin hablaron.

—Buenos días, miladi, esto es para usted. Y, aunque no se compare con su belleza, creo que es un buen obsequio.

¡Me había entregado la rosa que cortó segundos atrás! Estaba tan emocionada que mi corazón latía queriendo salirse de mi pecho y abrazarlo; mi piel se había vuelto totalmente rojiza y, con el poco aliento y valentía que me quedaba, le contesté.

—Gracias... —respondí, intentando mantener la calma y evitar las convulsiones de mi cuerpo. Di media vuelta e irrumpí hacia el castillo. No sabía con exactitud por qué estaba huyendo de él y de una situación tan bella y placentera, pero tenía en claro que mis palabras se habían agotado como también mis ideas de cómo actuar; no sabía qué hacer y solo pude correr.

Al llegar al castillo, solo quise subir lo más rápido posible a mi habitación y escribir en mi diario lo que había sido, hasta ahora, el mejor día de mi vida.


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