Día 4

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Las páginas de Lady Preejet Lonet

Día 4

Mis ojos se abrieron con los primeros cantos de los pájaros que sobrevolaban las copas de los árboles y vestían a la campiña. En ese momento, en el que abandoné el mundo de los sueños para adentrarme nuevamente en la realidad, pude sentir cómo la puerta de mi habitación se cerraba de golpe con un seco estruendo que terminó por despabilarme con un gran sobresalto de por medio. No pude ver a nadie pues, cuando dirigí mi mirada hacia allí, ya era tarde y la sombra curiosa desaparecía por el pasillo del castillo, deformándose y haciéndose indistinguible.

Aún continuaba en mi cama, dirigiendo mi mirada al techo y sin dejar de pensar en los cambios que mi cuerpo estaba sufriendo desde hacía un tiempo y que comenzaban a notarse en mi propia imagen. Tal como me había anticipado mi madre al decirme que el ser una mujer me cambiaría, mi cuerpo se había transformado: mis pechos habían adquirido un mayor tamaño y, a juzgar por el largo de mi vestido, que ahora dejaba ver unos centímetros más de mis piernas, seguramente había crecido en altura. Mis caderas estaban más pronunciadas y todo aquello se sumaba al sangrado que había llegado hacía ya un año. Realmente me sentía un poco extraña con las alteraciones por las que atravesaba de manera ineludible, como si todo fuera una maldición que recaía sobre la condición de ser mujer.

De a poco me estaba asemejando más y más a mi madre, a pesar de que mis cabellos ostentaran un intenso color marrón y no un fuerte rojizo como los de ella. Eso sí, yo era poseedora de unos ojos únicos en todo el condado. El derecho había adquirido con el tiempo el color de la miel y, el izquierdo, poseía desde mi nacimiento un brillante verde esmeralda. Al menos nunca había visto a alguien así y no he salido demasiado del castillo en mis años de vida como para comprobarlo. De todos modos, decido continuar pensando que soy única, aunque fuere solamente por los colores de mis ojos.

Con tantas ideas revoloteando como aves por mi cabeza no podía levantarme de la cama; toda la atención estaba dentro de mí, deambulado por la fantasía. Volvía a repasar el conjunto de todos los cambios que estaba teniendo que transitar, volvía a sentirme extraña en mi propio cuerpo, como si no fuera realmente yo y debiera apropiarme de mi nueva imagen, lo cual me llevaría algo de tiempo. Pero en todo esto había algo de bueno. A decir verdad, muy bueno. Mi bello y amado en secreto me había mirado por primera vez y de una manera bastante diferente a como lo solían hacer mi madre, Mary o cualquiera de las gobernantas. La profundidad de su mirada provocó que me erizara por completo, como también me hizo sentir desnuda ante él, como si nada pudiera ocultarle debido a la intensidad con la que reposaban sus perlas sobre mí.

Inmensos e incontables son los suspiros que me provoca Jaime con tan solo dibujarlo en mis fantasías.

Teniéndolo allí frente a mí, no era necesario que le hiciera decir palabra alguna; solo bastaba con que pudiera admirarlo mientras él me admiraba a mí...

Esta mañana bajé tarde al salón comedor a causa del divagado periplo en mi cabeza, que me llevó un largo tiempo abandonar. Había planeado desayunar rápido y así dar un paseo por la campiña, apreciar el verde del césped y la belleza de las flores, y por supuesto, deseaba volver a ver a Jaime y observarlo como a un ejemplar en extinción en su hábitat natural. Lamentablemente, mis planes se arruinaron por el mal tiempo. El agua se había adueñado de los cielos con la misma rapidez que devoré el trozo de pan que tenía en frente de mí. Ante tan amarga decepción, me dejé tentar por el platón de frutas que estaba en el centro de la mesa, completamente rebalsado. Tomé un racimo de uvas verdes y ahogué mi pequeña desilusión con unas cuantas de aquellas pequeñas frutas. Luego, cuando el hambre fue todo pasado, subí otra vez las escaleras.

Pasé la tarde en mi habitación, cepillándome el cabello y desplegando por el rostro mi nuevo afán por el maquillaje, buscando la manera de verme más bonita y enamorarlo la próxima vez que el destino nos volviese a cruzar.

Dejé pasar el tiempo tejiendo algo y, como todos los días, tomé mi diario para ejercitar mi escritura, que era un bien prácticamente invaluable.

Solo pocos pueden acceder a este preciado y placentero conocimiento de transcribir en el papel los pensamientos por los que uno divaga, como también poder leer los pensamientos transcriptos por los que otros han divagado y decidido contárnoslo en sus libros.

¡Cada vez me resulta más placentero!

Al final del día, cuando la noche se adueñaba del mundo, vino mi padre a mi habitación y dejó sobre mi cama, sin emitir palabra alguna, una caja de madera de gran tamaño.

¡Me había traído un vestido nuevo! Estaba contenta por mi regalo y esperaba que no lo hubiera elegido mi madre, ya que tenía un gusto pésimo para ellos.

—Pruébatelo —me dijo de una manera tan dura que cualquiera que hubiera escuchado sabría que no aceptaría una negativa en la respuesta.

—Es hermoso, mañana mismo me lo probaré, padre —fue lo único que pude atinar a decirle, intentando no contrariar su orden. Pero él, siempre insistente, me exigió que me lo pusiera para ver cómo me quedaba.

Esperaba que saliera de mi cuarto pero sus pies seguían allí inmóviles.

—Ahora —me espetó.

Bajé la mirada ante la imposibilidad de contestar o eludir la situación y tomé todo el valor que pude, sepultando a medias tintas mi pudor y desvistiéndome delante de él, ante su mirada fija en mi blanquecino cuerpo que no paraba de temblar... y no de frío.

¿Miedo, vergüenza, pudor, terror? No lo sé, pero no voy a olvidar la manera en que sus ojos se posaron en mí. Parecía la mirada de un hombre hambriento al que hubieran puesto frente a un jabalí asado luego de varios días sin comer; era la mirada de un hombre dirigiéndose a algo que le resultaba tentadoramente apetecible de incorporar.

La incomodidad de lo que experimenté en ese momento no me permitió conciliar el sueño hasta entrada la noche, momento en el que escribí estas últimas palabras, porque el recuerdo de aquella situación aún insistía punzantemente en mi interior como si estuviera alertándome de algo.


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