Capítulo 60. (Él)

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Pasamos por un lugar de comida rápida en el camino. Ya era costumbre comer en el auto para no perder tiempo.

Ella estaba callada.

Me sentía un idiota después de haberla llamado sin cesar durante cuatro días. Sin embargo, esta mañana me había levantado decidido a ir por ella. Primero a su departamento, después al trabajo. Por supuesto que todas las ganas de verla se habían ido cuando la vi salir del ascensor con Michael.

El tipo me volvía loco. El sólo hecho de que trabajara en una de esas revistas de chimentos y que él probablemente sea quien escriba muchos de ellos me hacía querer golpearlo. Sin contar, claro, que devoraba con su mirada a Oriana cada vez que la miraba.

Durante el viaje a casa permanecí en silencio, intentando cesar los fantasmas en mi cabeza sobre sí se habían visto fuera de la oficina en estos días.

Oriana estaba preocupada. Algo en su cabeza no la dejaba tranquila. Tenía el ceño fruncido y la mirada perdida. Sabía lo mal que se había sentido por el episodio en el estacionamiento y le agradecía el hecho de que se haya puesto de mi parte. No me había molestado que ese idiota me llamara de una manera despectiva, eso me importaba una mierda. Me preocupaba que le hablara mal de mí, sólo para avanzar casilleros.

No estaba enfadado con ella. Después de todo, me había dado permiso a desfigurarle la cara en cuanto lo vea.

Apenas entré la camioneta al garaje, ella se lanzó por la puerta.

Arqueé una ceja mientras la miraba entrar a la sala a los apurones. Frenó su paso cuando vio a los dos inútiles en su hábitat natural: el sillón. Ambos nos observaron con detenimiento y, antes de que puedan comenzar con sus chistes y preguntas, la tomé de la mano para subir las escaleras.

Cerré la puerta de la habitación y atravesé el lugar para abrir la ventana. El lugar se llenó de luz de inmediato. Había un leve viento que hacía todo incluso más tranquilo.

Dejó su bolso sobre la alfombra y, luego de quitar algo de este, se arrojó a la cama como si fuese lo que más necesitara en el mundo.

La observé divertido. Quité mis zapatillas y me acerqué al borde de la cama para quitarle sus zapatos. Me recosté a su lado unos segundos después. Estábamos cerca otra vez. Pero, al mismo tiempo, más lejos que nunca.

Abrí los ojos sorprendido cuando vi entre sus manos el último modelo Apple.

— ¿Tenes un celular nuevo? Por eso me saltaba la casilla —me apresuré para quitárselo de las manos. Me senté en la cama mientras ella luchaba por quitármelo—. ¿Cuál es el código?

Estaba enojado conmigo mismo por no haber sido lo suficientemente rápido y permitir que lo bloqueara.

—Julián, ¡dame eso! —chilló en mi espalda.

Aparté sus manos con una mía mientras la otra presionaba todos los números intentando adivinar al azar.

—No, ¿cuál es el código? —repetí.

Casi lo revoleo por los aires cuando vi que había acertado. Sonreí y ella me miró por el espejo.

—No podes revisar mi celular así —me advirtió

«Mamá, Jenny. Bien, nada de Michael por acá»

—Bien, entonces dame el tuyo —me desafió viendo que no lo soltaba.

—De eso, nada —respondí divertido sólo ver como su cara se transformaba—. Es broma. Agarralo. Está en la cómoda.

Ella me miró con una ceja en alto.

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