DÍA 3 - Capítulo 4

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Ya eran casi las ocho de la noche cuando salieron del lugar. Anahí sonreía mientras miraba su reflejo en la visera del auto. Su cabello lucía mejor que nunca. Los mechones bordó ya no estaban enredados y ondeaban en su espalda con naturalidad, destellando por el brillo que le habían dado los productos que le aplicaron en la peluquería.

—Debo admitir que ahora sí parecés más adulta —confesó Lucio sin saber todavía su edad.

—Gracias. —Anahí no sabía si eso había sido un cumplido o un sarcasmo.

Subieron al vehículo y se colocaron los cinturones. La llovizna había cesado en algún momento de la tarde. El hombre encendió el motor y comenzó a manejar.

—Última parada antes de regresar —anunció.

—¿Qué falta?

—¿No tenés hambre? —preguntó él.

—Ahora que lo decís, sí. Me muero de hambre.

—¿Adónde querés ir? —Lucio recordó que la pelirroja no conocía la ciudad y comenzó a listar opciones—. Podríamos buscar un restaurante de comida china o italiana. También conozco una buena casa de woks. O podríamos ir a un restaurante vegetariano o solo de pescado, aunque también sería conveniente ir a un sitio con más opciones.

—Vayamos a una parrilla. Quiero comer carne —contestó Anahí—. Desde que llegué que tengo ganas de comer un buen asado.

Sin decir nada, don Lucio asintió con un movimiento de su cabeza y siguió manejando.

Ambos tenían conceptos muy distintos de lo que era una parrilla. Anahí pensaba en pequeños locales, como los que se encontraban en el Mercado de Frutos, en Tigre; sitios extremadamente chicos donde no se usan manteles ni vajilla fina. Pero don Lucio la había llevado a un establecimiento a orillas del río. Se trataba de un edificio de grandes proporciones, con los ladrillos rojos a la vista e iluminación tenue. Dentro, las personas vestían con formalidad y bebían en copas de cristal. Casi una decena de mozos con chalecos negros y moños rojos caminaban entre las mesas, llevando humeantes platos metálicos, parrillas portátiles y botellas de todo tipo.

El lugar parecía estar lleno; de hecho, había un par de grupos que aún esperaban que las mesas se liberaran. Lucio y Anahí se acercaron a la recepción, donde un hombre de avanzada edad guiaba a las personas a sus ubicaciones y anunciaba el tiempo de espera a los recién llegados. Al verlos, una gota de sudor frío recorrió el rostro de aquel personaje.

—Mesa para dos —pidió don Lucio sin siquiera saludar. A Anahí le llamó la atención la rudeza en sus palabras.

—Síganme, por favor —pidió el empleado de cabello gris.

Una vez estuvieron acomodados en una mesa y con los menús frente a ellos, la pelirroja clavó la mirada en su acompañante.

—Che, ¿cómo hiciste para conseguir lugar? Pensé que estaba todo ocupado.

—El dueño me debe mucha plata —respondió como si fuese una obviedad.

Anahí no contestó; se escondió detrás del menú. Su estómago rugía con fuerza; no había comido nada desde la noche anterior.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó él, luego de un par de minutos. Quería terminar con aquel tedioso día lo antes posible. No podía esperar para dejar a la chica en la puerta del mugroso edificio y regresar a su hogar. Solo debía mantener la odiosa sonrisa un rato más. Sabía que podría hacerlo.

—No lo sé, muero de hambre y todo suena bien.

El mozo regresó en ese instante para tomar su pedido.

—Para empezar, quisiéramos una botella del mejor vino de la casa. Como entrada, una empanada de carne y una provoleta para la señorita, y una picada completa para compartir. Para la cena, nos gustaría probar todos los cortes de carne que ofrecen, si podría ser, y achuras de todo tipo. Tráiganos también una canasta de pan cuando pueda. Todo bien cocido.

—Y un vaso de agua —agregó Anahí, sorprendida.

—¿Algún aderezo?

—Chimichurri —pidió la pelirroja, velozmente.

—En seguida regresaré con las bebidas —anunció el hombre, antes de retirarse.

—Ese es el dueño —comentó don Lucio una vez que el mozo ingresó a la cocina—. Como me debe dinero, me atiende personalmente para asegurarse de complacerme.

—Pobre hombre —murmuró Anahí.

—Yo no lo obligué a pedirme plata prestada. Tampoco le pedí que me atendiera; lo hace porque él quiere. Además —bajó la voz— necesitaba el dinero para pagar el sueldo de los empleados, porque su esposa perdió todo en el casino.

—¿En serio? —La pelirroja suspiró, aliviada. Quizá, él no era tan malo como todos creían.


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