DÍA 3 - Capítulo 3

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—Este lugar es enorme —dijo Anahí.

La pelirroja recorrió el interior del edificio con la mirada. Aquel sitio tenía al menos siete pisos llenos de negocios de todo tipo. No reconocía las marcas, pero eso le daba igual. Se sentía maravillada ante tantas luces y carteles. Después de pasar dos días bajo tierra, extrañaba la ciudad.

Don Lucio miró la hora en su Rolex.

—Es temprano. Tenemos toda la tarde para comprar, así que podés tomarte tu tiempo.

—¿Yo? —Anahí estaba confundida.

—Sí. Comprá lo que quieras para vos, y lo que considerés necesario para los demás criminales de El Refugio —el hombre habló con cierto desprecio—. Muebles, ropa, juguetes, comida; lo que quieras.

—¿En serio? —Toda su vida Anahí soñó con que alguien le dijera "comprá lo que quieras, yo pago". Y aunque técnicamente estaba muerta, su deseo al fin se hacía realidad.

Según palabras de Irina, don Lucio era una persona egoísta y con mal carácter. Pero ciertamente no se estaba comportando como en su primer encuentro, e incluso había sonreído en más de una ocasión. Quizás no era tan malo como decían. Era verdad que habían discutido el día anterior, pero ella lo había tratado mal y él simplemente se había defendido. Anahí intentó justificar lo ocurrido; después de todo, ella también tenía mal carácter.

Le molestaba no poder comprender el motivo de tan repentina generosidad, aunque prefirió no preguntar y arruinar el momento. Se forzó en creer que el hombre la había invitado para redimirse por lo ocurrido anteriormente. Si él era como ella, el orgullo no le permitiría disculparse abiertamente.

—¿Y vos qué vas a hacer mientras yo elijo? —preguntó Anahí.

—Esperar, pagar y enviarlo a El Refugio. —Don Lucio se encogió de hombros—. Sé que dije que tenemos tiempo, pero el lugar es bastante grande. Te recomiendo comenzar a recorrer —sugirió.

—Tenés razón. ¿Dónde puedo comprar muebles? Esa es mi prioridad.

Subieron y bajaron por ascensores y escaleras mecánicas una y otra vez. Recorrieron casi todos los negocios del lugar. Compraron una cama, un espejo, relojes, lámparas, placares y más ropa de la que Anahí podría usar en toda su vida. También compraron innumerables juguetes y golosinas de todo tipo. Nuevos estantes, más libros, decenas de pares de zapatos y varios utensilios de cocina. Equipos de música, CDs, televisores, películas y hasta una computadora. Al principio, la pelirroja intentaba elegir la opción menos costosa, pero al ver que su acompañante no tenía problema con los precios, comenzó a pedirle lo más caro que encontraba. Perfumes, joyas, vestidos de fiesta y ridiculeces que jamás usaría.

Más que en el purgatorio, Anahí se sentía en el cielo. Sonreía y corría de un lado al otro del shopping, mostrándole a don Lucio cada cosa que le llamaba la atención. Él se limitaba a asentir y deslizar su tarjeta de crédito por el posnet.

Su madre le había dicho una vez "ojalá consigás un marido millonario, sino vas a dejar al pobre hombre en la lona." Quizá no era un marido lo que necesitaba, simplemente debía convertirse en la asesora de don Lucio, avisándole sobre las necesidades de El Refugio y escogiendo qué comprar para satisfacerlas.

La gente a su alrededor observaba a la pelirroja como si se tratase de un extraterrestre. Definitivamente llamaba la atención en medio de una multitud monocroma colmada de miradas grises y vacías. El resto de los ciudadanos caminaba con lentitud y, en su mayoría, sin conversar con otros. Muchos iban solos, con la cabeza gacha. Parecían sombras. Cada tanto se cruzaban con algunos grupos de jóvenes que disfrutaban de un día de compras al igual que ella, pero eran una minoría.

Además, Anahí notaba que en los negocios los trataban con demasiado respeto, como si fuesen los dueños del lugar. Recordaba que le habían contado que don Lucio era millonario y que muchos inmuebles le pertenecían, pero le resultaba imposible creer que todo el shopping fuese suyo. ¿Sería eso posible?

El sol comenzaba a caer y los pies de ambos latían por el cansancio. Ya habían recorrido el edificio entero en tres ocasiones e incluso habían hecho una compra monumental de comida y artículos para el hogar en el supermercado alojado en la planta baja.

Con dos pequeñas botellas de agua en sus manos, se sentaron en un banquito de madera junto a la fuente de agua central.

—¿Satisfecha? —preguntó don Lucio.

—Casi.

—Creo que ya no queda nada más que comprar —murmuró él, intentando ocultar su exasperación.

—La peluquería. Mi pelo parece nido de caranchos; quisiera arreglarlo. No sé qué pasó, pero cuando morí se llenó de sangre y todavía está pegajoso.

—Está bien. —Lucio se puso de pie—. Volvamos al auto y te llevo a la peluquería. Concuerdo; te vendría bien.

 Concuerdo; te vendría bien

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