Aleatoriedad 1: El árbol.

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De él, sólo aquellos en su contra conocían su nombre. Todos los demás lo llamaban Sabio. Incluso desde antes de ser odiado recibía tal apodo, rara vez era mencionado de otra manera.

Desde niño poseía un poder mágico increíble, único en su pueblo de clase baja. Era asombroso excepto para su familia, pues era de esperarse dado su linaje religioso. Como cualquier mago, creer era lo primordial para obtener fuerza. Mientras más devoción, mayor magnitud. Ser un enorme creyente de nacimiento le brindó su alto dominio y ser un curioso empedernido le regaló su sabiduría. No sólo era un joven virtuoso, sino alguien con un ingenio inimaginable.

Él se consideraba como cualquier otro chico, aunque no desaprovechaba ninguna oportunidad de presumir sus conocimientos. Eso, en vez de tacharlo de presuntuoso, le dio la fama del hechicero más excepcional de la historia de Lowpoint. No fue cuestión de mucho tiempo cuando comenzó a recibir consultas de aquellos con inquietudes sobre algún conjuro. Algunos le ofrecían dinero de agradecimiento; él lo aceptaba, mas no lo exigía: solucionar problemas era un pasatiempo, no un trabajo. A medida que crecía, más y más personas solicitaban su ayuda, inclusive viajaban de otros pueblos para visitarlo.

Si se topaba con lo desconocido, no demoraba en descalificarlo como tal. Siempre hallaba la manera de averiguar lo necesario, jamás dejaba a un cliente insatisfecho. Él mismo se ponía a prueba cuando se proponía inventar algún aparato, así se crearon los muebles de temperatura adaptable al gusto del propietario y los tintes de cabello que cubrían la raíz del mismo para evitar retoques continuos. De nuevo, no tardó mucho en empezar a atender a mentes creativas que lo desafiaban con cada producto que ideaban.

Para los últimos años de su adolescencia, cuando ya era con mucha razón aclamado Sabio, los casos graves aparecieron: hombres y mujeres malditos llegaban entre nervios, rabia, miedo y tristeza con el anhelo de regresar a la normalidad. La primera vez quedó impactado, no se creía capaz de romper una magia tan formidable como lo eran las maldiciones. Además, la mayoría de esos individuos eran de clase media, lo que le impedía ayudarles según los mandamientos de los magos. Lleno de pena, cada uno se convirtió en un integrante de su lista de rechazados, algo que nunca pensó posible.

Por ser tan apegado a las reglas de su estrato era aun más admirado. Las maldiciones eran lo más cercano a la magia prohibida, de ahí que sólo estuviese permitida entre hechiceros manipularlas. Si un miembro de otra clase resultaba portar una, la ley establecía que debía valerse por sí solo. Si un mago apoyaba a un portador no creyente —también incluía a los que recién reconocían a la magia como algo real al descubrir que estaban bajo los efectos de ella—, era condenado por traición. El único motivo válido para maldecir era demostrar la existencia de la magia a los escépticos irrespetuosos, así que darles una mano era igual a ser un buen samaritano con los tiranos que se burlaban de los benefactores. No cometer sacrilegio por incluso enormes cantidades de dinero hacía al Sabio alguien honorable.

Sin embargo, la acumulación de nombres en la lista de rechazos era espantosa, ni hablar de los propios magos que preguntaban por lecciones sobre maldiciones para hacer sufrir a un desgraciado. Al principio era un tutor sin inconvenientes mientras no fuese un mal muy grave, uno que significara una muerte segura, no quería verse envuelto como cómplice de un asesinato. Las clases valían capital, por supuesto, no eran parte de sus servicios habituales ni un pasatiempo. De alguna manera debía obtener el dinero para pagar sus estudios superiores, ya que sus padres decidieron no mantenerlo cuando cumplió los dieciocho. El problema fue un poco después de su graduación como profesional.

El listado fue descontinuado por los innumerables casos que se rehusaba a atender y sus tutorías tenían una cláusula importante: no enseñaría más cómo maldecir. Hubo quejas, pero cesaron al exponer sus razones. Si un magnate se enteraba de sus andanzas, por más escéptico que fuera, lo mandaría a castigar en la cárcel en el mejor de los casos, todo por ser considerado una amenaza para el progreso de la civilización por el simple hecho de promover la vieja cultura. No obstante, calló su principal causa: detener el uso de las maldiciones. Si declaraba tal cosa en público, quizás lo despreciarían. El odio de cientos de magos no era algo que adoraría cosechar.

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