DÍA 3 - Capítulo 2

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Una vez más, Anahí despertó con las mejillas secas y los labios pintados de susto. Otra vez las pesadillas se habían apoderado de su noche. Pensó que quizás debería agregar un atrapa-sueños a su lista mental.

Golpes.

Eso es lo que la había despertado. Alguien reclamaba su atención del otro lado de la puerta.

—¡Anahí! —llamó Delfina—. Anahí, despertate. Es urgente.

—¡Ya voy!

Sabiendo que se trataba de la hermana menor, no se preocupó por ponerse más que la polera que apenas si le tapaba la mitad de la bombacha. Caminó descalza hacia la puerta y abrió una rendija para poder hablar desde la oscuridad de su habitación.

—¿Qué pasa?

—Don Lucio —dijo Delfina—. Don Lucio está acá. Te vino a buscar. Quiere que estés en su auto en cinco minutos.

—No me importa. Puede esperar todo el día.

—Anahí, por favor —rogó la morocha—; esto es importante. Hacelo por los nenes. Si él se enoja con nosotros, nos quedamos sin comida y sin nada. Hasta me pidió que te prestara uno de mis vestidos.

La pelirroja lo tomó y cerró la puerta.

—Dame dos minutos para ponerme esto y atarme el pelo.

Sin tener un espejo en el cual ver su imagen, se colocó el vestido negro con cinto blanco que tenía en sus manos. Le quedaba ajustado y un poco corto; apenas si podía moverse con tranquilidad. Tuvo una idea. Se puso el short blanco debajo de la falda para sentirse segura. Luego, utilizó las gomitas de pelo para recogerse el cabello en un modesto rodete. Asumió que sus ojeras eran ya dos agujeros negros y que su piel parecía de porcelana, pero no podía hacer nada al respecto. Finalmente, se calzó las alpargatas que no combinaban con nada y abrió la puerta.

—Estoy lista. Ni me digás cómo me veo, prefiero no saberlo. Guiame hasta la salida. Todavía no aprendí los pasillos y me voy a perder.

—Dale. —Delfina le dedicó una sonrisa. Quería decirle que se veía bien, adorable. Pero aceptó la petición de su amiga y mantuvo la boca cerrada.

Caminaron en silencio, casi corriendo, hasta llegar al ascensor. Allí se despidieron con un sencillo "Nos vemos más tarde".

Don Lucio tenía la vista clavada en su Rolex cuando oyó la puerta de su vehículo abrirse del lado opuesto. Sin levantar la mirada, esperó que la chica dijera algo. Escuchó cuando se ponía el cinturón de seguridad y luego silencio.

—Primero no pedís permiso para subirte, después ni siquiera saludás. En serio, ¿dónde están tus modales? —La observó de reojo.

—Los reservo para quienes merecen buen trato —respondió Anahí. Parecía estar enfadada. —. Lo siento, don "obligo a la nueva a levantarse y no le doy tiempo ni siquiera de ir al baño" —agregó a modo de queja.

El hombre rio y giró la llave, encendiendo el motor.

—¿Qué es tan gracioso? ¿Mi cara? —preguntó la pelirroja.

—Me reía de tus palabras. Hace años que nadie me trata así. Pero si vamos al caso, tu apariencia no es la mejor del mundo —comentó él.

—Lamento no verme lo suficientemente bien como para complacerlo, Oh Gran Lord don no sé qué y no sé cuánto, pero en El Refugio no tengo espejos ni ropa; ni siquiera maquillaje, es un horror —confesó con sinceridad, casi esperando que él le brindara esas cosas. Después de todo, era el benefactor del lugar, ¿no?

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