DÍA 3 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 3: RICH GIRL (DE GWEN STEFANI) ♬   

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AQUELLA MAÑANA EN PARTICULAR, una suave llovizna tejía dibujos abstractos entre las grietas de las veredas. Era sin duda un día diferente que preludiaba un cambio, una rotura en la monotonía del purgatorio. Él lo sabía.

Don Lucio suspiró. Apagó el motor de su vehículo y abrió la puerta. Antes de descender, se estiró para tomar su paraguas negro que reposaba en el asiento trasero. No era el día ideal para estar fuera de su hogar, pero tenía que convencer a Anahí de marcharse.

Lucio presionó el botón para llamar al ascensor del viejo edificio. Sabía que sus empleados lo estaban vigilando; el capitán, desde la portería y los demás, a través de las mirillas de sus puertas. Había contratado a un total de doce personas para que vivieran en el edificio veintisiete y vigilaran las idas y venidas de los residentes de El Refugio, así como también de curiosos que se acercaran al lugar.

Desde la creación de aquella fortaleza subterránea, casi cuatro décadas atrás, el crimen en la ciudad estaba prácticamente extinto. A don Lucio no le agradaban los niños, pero tampoco disfrutaba viéndolos morir una y otra vez cuando eran atrapados en medio de un robo. Por eso, para proteger tanto a los pequeños como a los ciudadanos honrados, él había creado un escondite del que muy pocos tenían conocimiento. Allí se alojaban todos los niños que aún no tenían edad de trabajar ni familias que los cuidaran. Lucio se consideraba un hombre generoso al brindarles un nuevo hogar, comida y elementos de primera necesidad. No tenía en cuenta la falta de aire fresco o juguetes, tampoco el encierro. Allí estaban a salvo y eso era lo importante.

Ni siquiera los sunigortes sabían de la existencia de El Refugio, a excepción de su líder, Eduardo Soriarte, que hacía la vista gorda porque le temía a don Lucio —al igual que casi todos en la ciudad—. Argentina le pertenecía en cuanto a influencia. Él era dueño de departamentos y edificios enteros. La mitad de las propiedades en la ciudad eran suyas. El dinero de los alquileres le llegaba sin que moviera un solo dedo. Todos lo respetaban.

Todos, excepto Anahí.

El ascensor descendió con la velocidad usual, dándole apenas tiempo suficiente para colocarse sus lentes de sol; los necesitaba cada vez que ingresaba a El Refugio. Los cambios de luces en aquel lugar eran repentinos e intensos; sus ojos no podían tolerarlos.

Cuando llegó al octavo subsuelo, las puertas se abrieron dejándolo a merced de un mar de oscuridad que ya le resultaba familiar. Caminó en línea recta velozmente. Allí nadie podía ver el oscilante movimiento de su cuerpo meciéndose frágilmente a punto de caer ante el más mínimo tacto.

Se dirigió a la calesita y de ahí a la cocina, donde supuso podría encontrar a Delfina.

Recordaba perfectamente su primer encuentro con la menor de las hermanas Valini; la había encontrado llorando una mañana en el parque. Al parecer, su hermana había robado algo de comida y los sunigortes la atraparon y la mataron instantáneamente. Recién habían llegado al purgatorio, así que no sabían demasiado sobre el funcionamiento del lugar. Él la había llevado a su casa para que no sufriera la misma suerte que su hermana —y para evitar más crímenes—. En esa semana, Delfina se había encargado de cocinar, lavar, planchar y hacer todas las tareas que les correspondían a sus empleadas domésticas. Una vez que encontraron a Irina, él les había ofrecido darles trabajo como mucamas en su hogar, pero la mayor lo rechazó diciendo que no quería perder su libertad y que, además, no sabía hacer nada útil. Inmediatamente las envió a El Refugio y les pidió que se encargaran de cuidar a los niños; les dio ilusión de poder y liderazgo, sin quitarles totalmente la libertad. Allí tendrían comida y un techo. Las había contratado indirectamente. Además, confiaba más en dos jóvenes mujeres que en los brutos empleados que vigilaban el edificio. Sabía que ellas ayudarían a que aquel lugar se convirtiera en un hogar, una familia. Así los niños ni siquiera pensarían en salir.

Lucio entró a la cocina sin golpear la puerta. Delfina se volteó al oír pisadas y lo observó, confundida.

—Don Lucio, buenos días. —Hizo una leve reverencia con su cabeza—, no esperaba su visita. ¿Qué lo trae nuevamente a El Refugio? —preguntó amablemente. Su voz temblaba un poco por el miedo, recordando la escena del día anterior.

—Vengo por la nueva. La quiero lista para salir en diez minutos. Dale uno de tus vestidos para que no se vea tan ridícula. Estaré esperando en mi auto. Adiós. —Le dio la espalda sin siquiera dejarle contestar y comenzó a caminar en dirección a la salida. No le agradaba pasar demasiado tiempo bajo tierra. 


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