DÍA 2 - Capítulo 9

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A través de la ventana de su despacho, don Lucio observó la ciudad que se erguía en la lejanía. Era un paisaje sin fecha y sin forma, carecía de estacionalidad; sin calor ni frío, todo a medias. De vez en cuando algo ocurría, una tormenta o un ventarrón que desencajaba con el pálido equilibrio del purgatorio. Algo como Anahí.

Desde su visita a El Refugio, don Lucio no había dejado de pensar en la pelirroja. Resaltaba en la monotonía de aquel mundo. Era como una llama voraz, tanto en aspecto como en personalidad. Su espíritu emanaba un fuego tan intenso que amenazaba con quemar a quien se le acercara. No, no era simplemente el color de su pelo; era también su mirada y su voz; su seguridad y su fortaleza. En pocas palabras, Anahí era distinta. Ni la muerte ni aquella ciudad lograrían jamás arrebatarle los colores a su alma.

Él había conocido a alguien así en el pasado, a una persona con el arrasador poder de un tornado, capaz de encandilar y destruir, de ser paraíso y tormento. Un alma contradictoria, destinada a convertirse en el próximo terremoto que sacudiría el pensamiento de quien se le acercara. Un espíritu capaz de cambiarlo todo. Y él odiaba los cambios.

Tenía que deshacerse de Anahí de algún modo; convencerla de marcharse cuando el día del juicio llegara. ¿Sabría ella sobre la decisión que debería tomar? Seguramente las ineptas hermanas Valini olvidarían decírselo o, peor aún, intentarían convencerla de quedarse allí para siempre. No podía permitirlo.

Recordó a Maquiavelo y sus palabras. "Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca." Eso es lo que él haría.

Si actuaba con cuidado, podría caerle bien a Anahí, mostrarle su lado más gentil y ganarse su confianza para así convencerla de marcharse. Sin mentiras ni engaños, sino simplemente mostrándole un costado de la verdad, el lado que más le convenía.

La noche ya había caído, diluyendo la silueta de los edificios hasta convertirla en una masa amorfa de luces y sombras. Don Lucio cerró las cortinas con brusquedad y caminó hacia su escritorio. Tomó la vieja pluma que reposaba junto al tintero y comenzó a escribir un nuevo capítulo en sus memorias. Llevaba tanto tiempo atrapado en el purgatorio que se le olvidaban sucesos importantes y en ocasiones recordaba repentinamente algo que había pasado mucho tiempo atrás. Por eso no numeraba los capítulos; les ponía una fecha aproximada. Se salteaba años enteros y luego escribía algo anterior que tenía que colocar en el punto exacto del manuscrito. Tenía un archivero lleno de cajones que estaban divididos por década; allí colocaba los textos con la mayor precisión posible.

Apoyó la pluma sobre el papel; aquellos instrumentos se habían convertido ya en una extensión de su cuerpo, una parte casi infaltable y que se sentía tan natural como una mano o un pie. Cerró los ojos por un instante.

Se sentía agitado por la preocupación; necesitaba redactar algo ameno, un recuerdo apacible. Finalmente, se decidió por escribir sobre el día en que escogió apartarse de lo cotidiano, irse a un sitio en el cual las bocinas y el bullicio no manchaban el sonido de sus pensamientos, donde ningún bloque de cemento tupía su mirada al cielo. Había sido un día de lluvia, de cambios. El día en el que comenzó a construir aquella casa.

Su mente se remontó más de cincuenta años en el pasado y todo pensamiento sobre Anahí se desvaneció conforme las letras se dibujaban sobre el papel.




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