DÍA 2 - Capítulo 8

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Aún no se había quedado dormida cuando oyó que alguien golpeaba a la puerta. Anahí supuso que sería una de las hermanas.

—¡Ya voy! Dame un minuto —gritó.

Se vistió velozmente. Añoraba su placard lleno de ropa de todos los tipos y colores. También extrañaba sus cómodos pijamas de verano.

Desde que había llegado a esta ciudad, no solo había tenido que resignar lo que llevaba puesto hasta que alguien decidiera lavarlo, sino que recibió únicamente una muda de ropa horrible. Y algo le decía que por lo pronto no le darían nada más, así que se vería forzada a dormir en bombacha para no arruinar la escasa vestimenta que tenía a su disposición.

No se molestó en arreglarse el cabello o calzarse; después de todo, estaba en su habitación.

Al abrir la puerta, Anahí se encontró con un visitante inesperado. Santiago.

—Hola, Santi —saludó ella, sin disimular su sorpresa—. ¿Pasó algo?

—Iri me dijo que viniera a saludarte y que te contara un par de cosas —admitió el niño. Nunca mentía, le habían enseñado que eso estaba mal.

—Dale, pasá. —La pelirroja abrió la puerta lo suficiente como para que el pequeño ingresara. Luego, volvió a cerrar, no sin antes mirar hacia ambos lados del pasillo en busca de Irina. No la encontró, pero divisó una sombra que se alejaba fugazmente por una de las esquinas. Sonrió.

Santiago se sentó en el piso, apoyando su espalda contra una de las paredes. Parecía distraído, como si algo le molestara.

—Tu pieza es aburrida —murmuró—. La próxima vez que venga te voy a traer un par de dibujos enmarcados para que puedas decorar el lugar.

—Es una buena idea. Los voy a estar esperando —contestó Anahí con una sonrisa. Le encantaban los niños; esa era la razón por la que se había convertido en profesora. Y si bien enseñaba a adolescentes, siempre que podía pedía que la transfirieran a los grados menores, aunque hasta el momento no se lo habían permitido—. Entonces, Santi, ¿a qué viniste?

—A preguntarte si te gusta El Refugio y si te caen bien Iri y Delfi —explicó el pequeño.

—Supongo que sí. Hay cosas que extraño, cosas que no entiendo. Tengo muchas preguntas, pero no encuentro el momento indicado para hacerlas.

—Capaz yo te puedo responder algunas cosas.

—A ver, no sé por dónde empezar. —Anahí se sentó en el piso, junto a Santiago y clavó su mirada en el cielorraso—. ¿De verdad estoy muerta?

—Sí. Pero no es tan malo como suena. Acá nos divertimos bastante. Jugamos todo el día, nos leen cuentos, cada tanto viene un profesor a enseñarnos cosas. —Se rascó la cabeza, pensativo—. Capaz a vos no te interesa porque ya sos grande. Pero la tenés a Iri que es muy divertida. Van a poder hacer cosas de chicas como... —se mordió el labio inferior—, no sé qué hacen las chicas.

Anahí rio.

—Ir de compras, hablar de chicos; nada importante —bostezó—. ¿Sabés qué hora es?

—No. Pero me parece que ya es de noche, porque cenamos hace un rato— contestó Santiago—. Aunque supongo que eso ya lo sabrías.

—¿No hay relojes en este lugar?

—Solo en el comedor. Y yo todavía no lo sé leer.

La pelirroja suspiró. Añadiría eso a la lista mental de cosas indispensables sin las cuales no podría sobrevivir. Por el momento, el listado era sencillo: ropa, maquillaje y un reloj. Ah, y posiblemente un mp3 o un equipo de música. Asumía que pedir una computadora era demasiado, si es que existían allí.

Anahí extrañaba la luz del sol. Anhelaba salir de aquella construcción subterránea y caminar entre la brisa envenenada de la ciudad, con el humo metiéndose por sus fosas nasales y las bocinas retumbando en sus oídos. Ella era una chica de ciudad, siempre lo había sido. Amaba el bullicio constante, las luces y las vidrieras.

Temía enloquecer si permanecía mucho tiempo en El Refugio, sin poder controlar el paso de las horas, desconociendo cómo estaba el clima, ignorando incluso si era de noche o de día. Toda su vida había sido paranoica del tiempo. Estaba acostumbrada a mirar el reloj en su celular cada cinco minutos; y ahora sabía que pronto perdería no solo la noción de la hora, sino también de los días, los meses y los años. Si se quedaba ahí para siempre, sería incapaz de diferenciar veranos y primaveras, otoños e inviernos. Eso suponiendo, claro está, que en aquel lugar se aplicaran las mismas reglas en el calendario que en el mundo de los vivos.

Sí, estaba muerta. Aún no terminaba de aceptarlo. Sabía que era verdad, pero la negación la protegía de entrar en pánico.

—¿Analí?

La voz de Santiago la sacó de su ensimismamiento.

—Perdoná, estaba pensando en la ciudad. Quiero recorrerla —murmuró— ¿Tiene nombre?

—Argentina.

—No, ese es el país del que yo vengo. Y creo que ustedes también. Yo pregunto por la ciudad.

—Argentina —repitió el niño—. Se llama como el país porque todas las almas de ahí, que no saben a dónde ir, terminan acá.

—¿Me estás diciendo que existen otras ciudades que se llaman, no sé, México, España, Noruega y Japón? —preguntó la pelirroja.

—Posiblemente.

—¡Qué ridículos que son! Al menos podrían haberle dado un nombre más místico, no sé, algo como "Ciudad de los sueños olvidados" —sugirió Anahí.

Santiago rio.

—La ridícula sos vos.

—Digamos que no me destaco por tener una gran imaginación —se excusó ella.

—Está bien. Yo sí. Le voy a inventar un nombre y después te lo digo. —Le guiñó un ojo—. Mucha gente le dice "La otra argenta", pero a mí no me gusta.

—A mí tampoco —admitió Anahí.

Ambos bostezaron.

—Tengo sueño —se quejó Santiago.

—Yo también. ¿Te parece si seguimos charlando mañana?

—Dale. Buenas noches, Analí. —El pequeño se puso de pie, sacudió su ropa y caminó hacia la puerta—. Nos vemos.

—Nos vemos, Santi. Buenas noches —contestó ella.

Santiago se marchó, cerrando la puerta suavemente. Anahí escuchó sus pasos alejándose por el pasillo. Y cuando reinó el silencio una vez más, decidió que era hora de intentar dormir.

Se quitó la ropa y se escabulló debajo de las frazadas. Cerró los ojos y se dijo a sí misma que tenía que dejar de pensar tanto y descansar.

Le costó bastante hacerle caso a su propia sugerencia, pero finalmente se quedó dormida luego de unas horas.

Le costó bastante hacerle caso a su propia sugerencia, pero finalmente se quedó dormida luego de unas horas

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