Capítulo 52. (Él)

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— ¿Podes cambiar esa cara? —me pidió apenas Paul se alejó unos metros.

Me tomé unos segundos para mirarla.

Mi plan de pasar la tarde tranquilos se había esfumado en el momento en que él había entrado por la puerta y, desde ese entonces, no había hecho otra cosa más que arrastrarla de un lado para otro demostrándole mi mal humor.

—No puedo —me sinceré.

En serio, no podía. No me gustaba venir a estos eventos dónde están todos pendientes de los demás. ¿Por qué motivo iba a preferir esto en vez de estar con ella, riendo por la casa?

—No me gusta que le respondas mal porque sí. Lo desafias todo el tiempo sin necesidad.

Abrí los ojos malhumorado.

— ¿Por qué sí? —le pregunté irónico.

—Sí, porque sí. Incluso cuando no te dice nada, vos lo tratas mal.

Hice un gesto con la mano y lo entendió a la perfección. Lo único que me faltaba en esta fiesta de cuarta era discutir con Oriana. Por Paul.

— ¿Es qué ni siquiera hay una barra en esta fiesta de mierda? —casi que grité.

Mi simpático representante dio una vuelta de 360º grados para mirarme y fulminarme. Se acercó a nosotros a pasos agigantados.

—La barra está allá —señaló—. Y, por favor, bajá tus humos de celebridad porque todo esto no te suma, Julián.

Como si me importara lo que suma y lo que no.

Oriana me suma.

A mí. No al Julián que todos quieren ver. Me importa una mierda lo que me sume en pantalla.

Le solté la mano por primera vez en la tarde-noche y me dirigí a la barra. Me acomodé en una de las altas banquetas, dispuesto a pasar ahí lo que faltara del evento. Alcé una mano en el aire y enseguida una chica sonriente me alcanzó un vaso chico. No me tomé un segundo ni para olerlo. Lo vacié en mi garganta y sentí como el alcohol me quemaba.

Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, Oriana estaba a mi lado y me miraba divertida.

—En serio, tenes que tratar este problema de canalizar todo en el alcohol. De hecho, creo que hasta te comportas como un alcohólico a veces.

No me concentré en otra cosa más que en sus labios.

—Por favor —supliqué.

Si no paraba iba a terminar enojado con ella también.

¿Se iba a molestar si tomaba otro? Lo necesitaba.

Dejé pasar unos segundos. No hizo falta ni que lo pidiera. La adorable chica lo dejó a mi alcance cuando me vio casi desesperado por encontrarla. Lo tomé entre mis manos para tomarlo con mayor tranquilidad. Bueno, con un poco.

Cuando lo terminé, la miré. Estaba cruzada de brazos, apoyada en la barra, aún de pie cerca de mí. No parecía molesta. Ni siquiera me miraba, de hecho. Estaba concentrada en las cosas que pasaban a nuestro alrededor. Estaba acompañándome, cuando no tenía por qué hacerlo, y yo no hacía más que comportarme como un famoso insoportable que no se puede aguantar una maldita fiesta. Y es que no podía. Pero por ella, al menos, iba a intentar disimularlo.

Un grupo de idiotas se sentó a mi lado. Uno le echó el ojo. No lo culpaba. Si la hubiese conocido en mi época desastrosa, habría matado para conseguir una noche con ella.

Pero ahora no me hacía gracia imaginar lo que él quería con ella, aunque era probablemente lo mismo que yo hubiese deseado meses atrás.

Me sostuve de la barra para girar mi cuerpo. Abrí mis piernas y la tomé del brazo para ponerla entre ellas, pegándola a mí. Me arrepentí de hacerlo cuando sus caderas se ajustaron cerca de mi entre pierna.

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