DÍA 2 - Capítulo 7

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El día había pasado sin mayores eventualidades. Luego de la visita de don Lucio, habían recorrido la construcción subterránea antes de dirigirse al comedor para almorzar.

Si bien el bullicio de los niños aturdía a Anahí, en su mesa nadie hablaba. El semblante de Delfina aún reflejaba miedo, e Irina parecía estar demasiado concentrada en su sopa, intentando evitar que las diminutas rodajas de zanahoria se colaran en la cuchara. Las aborrecía. Cada vez que atrapaba una, la colocaba junto al plato, sobre una servilleta.

Los niños se retiraron apenas terminaron de comer y Delfina se marchó tras ellos para recoger y lavar los platos. Cuando el camino estuvo libre, la morocha le guiñó un ojo a Anahí, y esta supo inmediatamente que era hora de un buen trago de cerveza. Salieron en silencio, caminando velozmente por los pasillos.

La habitación de Irina era casi tan monótona como el resto. Al menos tenía algunos pósters de cantantes —en blanco y negro— colgados de la pared sobre su cama.

—Sentate.

—¿Nada tiene color en este lugar? —preguntó la pelirroja mientras examinaba las fotografías en la pared. Solo era capaz de reconocer una versión muy joven de Michael Jackson. Se preguntó cuánto tiempo llevaría Irina allí.

—Tu pelo, el pasto. Algunas cosas son a color, las que naturalmente no se pueden cambiar.

—¿Por qué?

—Yo qué sé. —Irina se encogió de hombros. Tenía la botella de cerveza en una mano y el destapador en la otra—. Tampoco me interesa saberlo. No vale la pena preguntarse esas cosas. —Bebió un trago y sonrió. Luego, le pasó la botella a Anahí—. Tomá, está genial —ofreció.

La pelirroja asintió.

La cerveza no les duró más de cinco minutos, pero al día aún le quedaban varias horas. Conversaron un rato, tiradas en la cama, lado a lado. Irina realizó cientos de preguntas sobre los últimos años en el mundo de los vivos, la música de moda, el estilo de ropa y esas cosas. Anahí respondió casi con tanta curiosidad como la que sentía su nueva amiga. Le parecía extraño tener que explicar asuntos que le resultaban tan naturales como Internet, las redes sociales y el wifi. Al mismo tiempo, en su mente surgían otras decenas de preguntas que quería realizar. Pero como seguía pensando que era un sueño, le pareció mejor no decir nada.

Para cuando lo notaron, ya era hora de cenar y aún no habían hablado del misterioso asunto que Irina había mencionado por la mañana.

Durante la cena, el ambiente era tan tenso como al mediodía, sin conversaciones ni comentarios. Irina parecía estar aburrida; intentaba crear figuras de origami con su servilleta. Delfina no permaneció sentada mucho rato; se paseó por las mesas preguntándoles a los niños qué habían hecho durante el día.

—Podés cenar en tu pieza— sugirió Irina.

—No quiero que tu hermana se enoje aún más.

—Delfi no está enojada, sino preocupada. Y para mañana se le va a pasar y ni se va a acordar de lo que pasó —aseguró la morocha.

—Además, no tengo una habitación propia.

—Sí que la tenés —Irina hizo una pausa—, pero me olvidé de mostrártela. Perdón. Vayamos ahora. Total, no voy a terminar de comer esta cosa —agregó, refiriéndose a la ensalada. Le desagradaban los vegetales.

Ambas se pusieron de pie. Delfina se volteó al oír las sillas moverse.

—Voy a mostrarle su pieza porque tiene sueño —se excusó Irina.

Su hermana no contestó. Las observó marcharse y algo en ella se rompió. Un nuevo sentimiento nació en su interior. Celos. La idea de tener que compartir a Irina con una extraña le parecía molesta. Anahí no era una mala persona, pero se llevaba tan bien con su hermana que poco a poco se la estaba arrebatando. Delfina era incapaz de odiar, aunque se deprimía con facilidad. Una lágrima escapó de sus ojos cuando otra sensación la invadió. Se sintió egoísta. Era la primera vez en décadas que veía a Irina tan llena de vida. Le encantaba saber que su hermana era feliz, pero le molestaba no ser motivo de aquella alegría. Odiaba las contradicciones, necesitaba descansar y dejar de pensar en todo aquello.

Irina se había marchado poco después de mostrarle a Anahí la puerta de su pequeña habitación, si es que a ese espacio podía llamárselo así.

La pieza estaba totalmente pelada.

Tanto las paredes como el techo y el cielorraso eran blancos. No había ventanas ni relojes que indicaran qué hora era.

Una prisión.

En el rincón más alejado, un viejo colchón cubierto con frazadas deshilachadas reposaba sobre el piso junto a la única almohada que tendría aquella noche. La decoración la completaba un velador de pie se erguía junto a la puerta, para que fuese fácil de encontrar en la oscuridad.

¿Esto es un chiste?, se preguntó Anahí, aunque prefirió no expresar su desilusión en voz alta. Después de todo, seguramente despertaría pronto y aquella habitación quedara en el olvido, junto a otras pesadillas pasadas.

En el peor de los casos, si el sueño se extendía, hablaría con Irina por la mañana. No podía vivir así, sin una cama o, al menos, tres almohadas más. Anahí sabía que lo mejor sería intentar dormir un rato, quizás al despertar se encontraría nuevamente en su hogar.

Dejó el velador encendido y se recostó, tapándose hasta que las frazadas cubrieron cada centímetro de su cuerpo.

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