Lazos de lealtad

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He añorado el tacto tus manos acariciando mi denso pelaje, aquellos largos paseos bajo la luz de las farolas y las prolongadas tardes de invierno en las que me tendía para dormitar cerca de tus piernas mientras tú leías amparado bajo la luz de la cálida chimenea.

El día más terrible de mi vida fue aquel en el que te busqué desesperado, y lo único que hallé fueron caras de tristeza y llantos. No entendí por qué todos parecían apenados, pero yo te esperé pacientemente, mas el tiempo pasaba y tú no volvías. Empecé a creer que estabas enfadado por algo que había hecho. Tu mujer parecía estar de mal humor, me chillaba y me gritaba. Confuso sentía que mi presencia le provocaba un intenso dolor. Sé que nunca fui importante para ella, que solo me aguantaba por la fuerte amistad que nos unía, a pesar de todo yo siempre la valoré como una más. Ahora que ya no estabas en casa, nada nos unía, tal vez por eso pensaría que lo mejor sería que regresara a tu lado. Me subió en el coche, y con alegría esperé ansioso llegar a mi nuevo destino.

Me vi solo en una carretera, mientras observaba cómo ella se alejaba en el vehículo. La echaría mucho de menos. Pero no estuve triste por más tiempo, y con entusiasmo te busqué por todas partes. Los días calurosos y las noches frías transcurrían despacio. Aquel lugar era oscuro e inhóspito. Por mucho ímpetu que pusiera en la búsqueda, no te hallaba en ningún rincón. Dormía donde podía, y comía lo que encontraba. Mis huesos se acentuaban, mi pelaje ya no era tan brillante y se me iba cayendo. Mi pobre estómago gritaba, por no poder aliviar su vacío. Mi olfato comenzaba a fallarme y era incapaz de percibir el rastro de alimento.

Era otro atardecer caluroso donde tu ausencia me pesaba igual que los demás días. Esta vez me encontré a un grupo de críos. Después de tanto tiempo sentí esperanza, tal vez ellos me podrían ayudar a buscarte. Me acerqué a ellos torpemente, vi que entre sus manos parecían tener algo, moví la cola alegre. Por fin iba a poder comer. Lanzaron la comida, y un trozo cayó cerca de mis patas. Me di cuenta de que aquello no era comida. Mi nariz estaba débil, pero me percaté de que era una roca.

Los niños volvieron a lanzarme piedras. Reían, pero no parecían felices, era como si ocultaran sus miedos tras una máscara, me gritaban cosas que no se parecían en nada a tus palabras cariñosas. Una gran roca impactó contra mi costado, me retorcí al sentir el intenso dolor. Aullé sin poder contener el sufrimiento, al mismo tiempo que sentía que algo crujía en mi interior. Todo se volvió confuso y la oscuridad se adueñó de mi visión.

—Has tenido mucha suerte. Si llegas a traerlo un poco más tarde no hubiera sobrevivido —mis puntiagudas orejas percibieron voces humanas. Me sentí tan débil, que no pude abrir mis ojos.

—Unos mocosos desgraciados apedrearon al pobre animal —dijo una dulce voz femenina, que parecía enfadada—. ¿Se pondrá bien?

—Le he puesto un calmante. Tendrá que descansar varios días. Pero estoy seguro de que en menos de dos semanas se pondrá bien. He estado mirando, y me he dado cuenta de que no tiene microchip.

—Que pena. Si supiéramos quienes son los dueños se iban a enterar. Mira que abandonar a un precioso pastor alemán. Si hace falta cuando salga de la clínica veterinaria puedo cuidarlo durante unos días. También me ocuparé de pagar lo que haga falta para que esté bien, pero no podré adoptarlo —se ofreció apenada.

—Tranquila. Siempre podrás llevarlo a una perrera —le respondió la otra voz.

—Espero que cuando mejore, encuentre una familia que lo cuide y lo ame como se merece —me acarició con sus finas manos, percibí la tristeza en su tono de voz.

Mis ojos se mantuvieron cerrados y sentía que viajaba a lugares del pasado. Agradecí poder encontrarme con tu sonrisa y tus abrazos, aunque sabía que estaba en el mundo onírico. Otra noche soñé que venías a buscarme, paseábamos por la ciudad, y de repente me sacabas una de las deliciosas galletas que siempre llevabas contigo. Yo la engullía ansiosamente, embriagado por la alegría de tu presencia.

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