Capítulo 50.

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Me tomé un segundo para descifrar sus palabras.

Había estado tan metida en mi burbuja últimamente que no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que alguien no se creyera lo nuestro. Y, es que al principio, no me hubiese asombrado.

Pero ahora sí. Miraba tan alucinada a Julián cuando lo tenía en frente que se me hacía imposible que alguien no me creyera que él me volvía loca de verdad. Aunque, pensándolo bien, pasábamos la mayor parte del tiempo encerrados o siendo nosotros. Y eso era lo que queríamos. Pero Paul no. David no. La gente, no. Estar encerrados y disfrutarnos significaba que la gente comenzara a pensar cosas como estas.

—Bueno, al parecer sí, en ese caso, lo lamento—dijo antes de que pudiera responder algo.

—Creo que eso no es un tema tuyo.

Sonrió. Pensé por un momento que eso sólo dejaba más dudas que certezas.

—Estamos juntos y muy bien, así que me temo que no puedo salir con vos.

No quería pasar a ser yo la que se sintiese incómoda cuando él, el primer día de trabajo, me estaba invitando a salir.

—Tranquila —levantó las manos divertido—. No me pareció muy verdadero el cambio tan repentino de él.

"Ni a mí", pensé.

Pero yo lo conocía. Yo dormía con él cuando se me daba la gana. Yo pasaba el rato con él viéndolo muerto de miedo. Yo. No él. Él no tenía idea de quién era Julián en realidad. Y me encontraba bastante enojada intentando defender a la súper estrella.

—Pero ahora que me lo decís, te creo. Les creo.

"Cómo lo necesitáramos."

Bueno, sí. Lo necesitábamos. Pero ahora estaba enojada.

—Sí te parece bien, voy a irme —me moví incómoda.

—Sí, esto está muy bien —asintió con las hojas en la mano—. Te felicito.

Su tono cambió enseguida. Cómo si ahora se hubiese puesto en modo jefe otra vez. Moví la cabeza haciéndole un gesto de agradecimiento.

—Y, Oriana, una vez más, perdón. No quise sonar tan rudo.

Le sonreí falsamente y salí de la oficina dejándolo solo. Me escabullí en el ascensor algo aturdida. No me había dado cuenta de lo nerviosa que me había puesto.

Mi cuerpo se relajó cuando las puertas del elevador se abrieron y la camioneta apareció ante mis ojos. Esta vez, estaba esperándome con los brazos cruzados y, cómo no, sus lentes de sol, apoyado sobre la puerta del acompañante.

Salí del edificio y, cuando giró la cabeza para verme, soltó una sonrisa y no pude evitar correr a sus brazos desesperada. El calor de su cuerpo me rodeó mientras escondía mi rostro en el hueco de su cuello.

Ahora sí.

Me sentía segura y tranquila en mi lugar favorito.

Él me rodeó la cintura con fuerza y, al cabo de unos segundos, subió una de sus manos a mi nuca para presionar sus dedos allí y separarme de él.

— ¿Alguien te hizo algo? —preguntó preocupado. Negué con mi cabeza mientras su rostro se relajaba—. No sé que está pasando y me gustaría que te quedaras prendida a mí cintura toda la vida pero hay un fotógrafo en la esquina y no me hace mucha gracia —dijo, tomando mi rostro entre sus manos y mirándome con ternura.

Asentí.
Dejó un beso en mi cabeza y nos corrió a ambos para abrir la puerta del acompañante. Me subí de inmediato para dejarme caer en el asiento.

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