DÍA 2- Capítulo 6

6.1K 503 19

—Y este es el depósito— concluyó Irina, luego de haber recorrido la mayor parte de El Refugio. Utilizó su anillo para destrabar el mecanismo que mantenía las puertas cerradas—. Acá es donde almacenamos de todo un poco. A tu derecha está la comida de mala calidad con gusto a basura, a la izquierda la ropa; pero no tenemos nada en tu talle porque don Lucio solo nos manda cosas para chicos. Un camión nos abastece dos veces al mes. —La ironía reflejada en su voz era amenazante y pedía a gritos que le preguntaran por qué.

—La cena de anoche no tenía gusto a basura —comentó Anahí, sin saber cómo formular la pregunta indicada, pero dándole pie a su nueva amiga para que pudiese explicarle la situación.

—Porque ese pollo lo compré yo en la carnicería.

—Al menos tienen plata, yo perdí todo —se quejó la pelirroja.

—Respecto a eso —comenzó a decir Irina—; yo no estoy de acuerdo con la idea de vivir de la caridad de un imbécil, así que me niego a comer cualquier cosa que él nos dé y a vestirme con la ropa que él elige. Yo consigo mis propias pertenencias.

—O sea que las robás.

Irina asintió. Su hermana reprobaba aquel comportamiento, así que asumió que la recién llegada también le daría un sermón.

—Cuando te encontré ayer, seguramente te estabas escapando —murmuró Anahí. Luego hizo una pausa, quedándose en silencio por varios segundos—, yo también preferiría elegir mi propia ropa —murmuró—. De paso, decime qué llevabas ayer abajo del brazo.

Irina suspiró aliviada. Le caía muy bien la pelirroja, se sentía a gusto con ella. Llevaba ya varias décadas conviviendo únicamente con su hermana y los niños, y no podía compartir sus aventuras con ninguno de ellos.

Delfina era una excelente persona; demasiado buena como para comprender a Irina y su necesidad de independencia. En cuanto a los pequeños, no quería causarles problemas ni experiencias traumáticas. Algunos de ellos llevaban ya más de veinte años en El Refugio, pero seguían siendo niños porque a pesar del paso del tiempo, sus almas estaban estancadas en el momento que exhalaron su último suspiro.

Irina era diferente al resto. No obedecería jamás a alguien como don Lucio; ella era dueña de sus decisiones y cumplía sus propios deseos, seguía sus instintos y solo se dejaba llevar por el viento, las aventuras y los amaneceres que daban comienzo a un nuevo día. No le debía nada a nadie; sin embargo, se quedaba allí y permanecía al margen de la situación simplemente por amor a su hermana. En más de una ocasión pensó en huir y empezar desde cero en alguna otra ciudad, pero no podía abandonar a Delfina, que se sentía en la obligación de cuidar a los niños.

El purgatorio tornaba grises las miradas más brillantes, pero Anahí conservaba aún ese fuego que hacía ya tiempo la morocha no veía. Era una mirada intensa y ardiente, desafiante. La misma mirada que Irina tenía al llegar a El Refugio y que poco a poco se fue apagando entre lo cotidiano y la falta de libertad, entre la humedad y la oscuridad.

La morocha tragó saliva. Sabía que aún le quedaba un tema importante por discutir con Anahí, pero temía hablar al respecto porque al hacerlo estaría entregándole también la llave para abandonar aquel sitio.

—¿Pasa algo? —preguntó la pelirroja—. Te quedaste callada de repente.

—No es nada —mintió Irina—. Solo pensaba en la cena.

—Te pregunté qué robaste anoche y no me contestaste.

—Ah, eso. Era una botella de cerveza. Pero no le digás a Delfina; no quiero que se enoje conmigo —pidió la morocha.

—Si me convidás, no digo nada.

Irina sonrió a modo de respuesta. Era la primera vez en décadas que tenía alguien que quisiese tomar un buen vaso con ella.

—Todavía me falta explicarte el punto más importante —se decidió a decir la morocha—. Pero prefiero que hablemos de eso con un poco de alcohol de por medio, si te parece bien.

—Dale.

—Entonces, después del almuerzo podemos ir a mi pieza y hablamos más tranquilas. —Irina tomó a Anahí por la muñeca y la guió por los pasillos del laberíntico lugar.


Purgatorio¡Lee esta historia GRATIS!