Los delicados comienzos de un nuevo final

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Las personas son crueles por naturaleza, muchas veces no se paran a discernir entre lo que está bien y lo que está mal, otras por ejemplo, simplemente, siguen el ideal que su mente persigue. Esa idea tan abstracta que las personas conocemos como empatía, no se llega a desarrollar hasta que esos mismos sentimientos de desesperación y duda nos invaden por completo a nosotros mismos. ¿Qué es lo que debería hacer en esos momentos? ¿Cómo debería relacionarme con esa persona? ¿Cómo voy a ser capaz de mirarle a la cara después de eso? Preguntas, sencillas, pero con respuestas muy debatibles. ¿Y qué? ¿No es más sencillo dejar la respuesta en blanco y pasar a la siguiente? Despreocuparnos por algo sin pensar en las consecuencias que esto pueda conllevar, olvidar los sentimientos de esa persona e imponer nuestras emociones por encima de todo. Si, así son los humanos. Seres crueles y egoístas.

Ese concepto lo reconfirmó en el mismo momento en que entró por aquella puerta, jamás debía haberlo hecho, nunca. Risas a su alrededor, murmullos molestos y dedos señalándole por todas partes. ¿Qué se podía esperar al fin y al cabo? Es más fácil molestar y reírse de alguien a quien no conoces, que intentar comprenderlo. Aunque solo sean pequeñas bromas molestas, la aglomeración de éstas puede producir el estrés que puede llevarte a situaciones extremas.

Tenía a la gente que más apreciaba a su alrededor, pero, por supuesto, ¿depender tanto de ellos no sería demasiado egoísta? ¿Se acabarían cansando de él? ¿Y si llega un punto en el que solo piensan que te estás beneficiando de ellos y te dejan de lado? Solo. En este mundo lleno de gente que te acuchilla por la espalda en cuanto te das la vuelta. Solo. En este mundo repletó de falsedades e intereses. ¿Quién se iba a preocupar de tal forma por él? Había alguien, esa persona que le había acompañado hasta ese momento. Que estuvo a su lado en todo tipo de situaciones. Aquella persona que había logrado distanciar de sí mismo por culpa de sus propios miedos.

Ahora mismo estaba sumido en un pozo sin fondo, se hallaba cayendo sin control por ese gran abismo que ahora mismo estaba abierto en su corazón. ¿Debía aceptar de una vez que nunca se recuperaría de ese trauma? ¿Qué siempre habría algo en su camino que le impidiera seguir avanzando a la tan ansiada felicidad que buscaba, desesperadamente? Había pasado por mucho, y siempre que se caía tres veces se levantaba cuatro, pero en esa ocasión, era como si un pie pisoteara todo su cuerpo y no le dejara levantarse una vez más.

No podía elevar la cabeza de las rodillas, su cuerpo pesaba tanto como el plomo, sabía que si se levantaba solo caería de nuevo de forma más dolorosa. Había sido demasiado iluso, pensar que la felicidad se recupera de un día a otro, como si todo lo ocurrido no hubiera pasado jamás. Apoyó su espalda contra el compacto muro de hormigón y, simplemente, se dedicó a contemplar el techo de aquel lugar.

Quería gritar, pero no simples palabras o sonidos. Sino un nombre en concreto, el nombre de la persona que deseaba que estuviera con él en aquellos momentos para consolarle. Pero sentía que si lo hacía, el dolor de su corazón sería más intenso. Simplemente, debía haber mantenido la boca cerrada, solo haberle obedecido como siempre había hecho, solamente haber seguido sus instrucciones sin protestar.

Volvió a bajar la mirada y observó sus propias manos.

-Sucias... -murmuró como si fuera la última palabra que pudiera salir de su dolorida garganta. Cerró los puños con fuerza y volvió a flexionar su cuerpo. Apretó los dientes con fuerza y, solamente, gritó la frase que estaba guardándose en su interior por tanto tiempo y que empezaba a resultar dolorosa.

-¡KAGEYAMA, NO ME DEJES SOLO!

"El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo"

Desmoronamiento [EDITANDO Y CORRIGIENDO]¡Lee esta historia GRATIS!