Día 1

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Las páginas de Lady Preejet Lonet.

Día 1

A pesar de mi condición de alta alcurnia, a la cual pertenezco por herencia familiar, nunca había recibido un regalo que me causara tanto placer como el que hoy tengo en mis manos. Todos mis vestidos fueron, y serán, elegidos por mi madre, y la gran mayoría de las veces, por no decir todas, su gusto dista mucho de coincidir con el mío. No todo se reduce a una cuestión de gustos, a decir verdad. Son bastante incómodos esos vestidos con sus ajustados corset y los tontos miriñaques. Nunca entendí, y creo que tampoco lo voy a hacer, por qué las mujeres desesperan por ellos. De los perfumes, sí puedo decir que son de mi agrado, aunque es imposible disfrutarlos lo suficiente porque sus aromas siempre se pierden entre las grandes habitaciones del castillo y me abandonan con gran rapidez.

Como les decía, tan solo dos días atrás recibí un regalo por parte de mi padre, el cual estoy disfrutando como nada en este mundo: mi precioso diario.

Ya desde lejos se le pueden distinguir las rústicas tapas de cuero marrón y, en relieve por sobre la tapa, una rosa abierta. Tiene un pequeño candado color plateado que resguarda el íntimo contenido que dentro de él se plasma cual tesoro dentro de un cofre del cual yo poseo la única llave. Todo ese mar de papel blanco en su interior me invita a dejar allí lo más valioso que en el mundo puede existir y que no es ni oro, ni joyas, ni poder... Tan solo palabras, esas que nacen en mi alma intentando capturar y decir algo sobre los sentimientos, emociones e ideas que circulan libre dentro mío. No importa cuantas palabras uno conozca, nunca vamos a poder decir con ellas todo lo que quisiéramos; pero, ¿qué otra cosa tenemos? Además, es emocionante el intento.

Estaba realmente ansiosa por escribirlo y llenarlo de letras que dejaran inmortalizadas mis vivencias. Hasta ahora, que he comenzado por mis primeras páginas, no hice lo primero que se debería hacer, presentarme, decirle a este diario quien escribe en él, quién lo toca, quién lo mancha y quién lo guarda.

Mi nombre es Preejet Lonet, Lady Preejet Lonet, única descendiente de mis padres. Tengo catorce años, cumplidos apenas dos días atrás, el veinte de enero, día en que recibí a mi preciado cofre de palabras y compañero de vida.

Mi padre es el Conde Furius Lonet, señor del gran condado de Piedrasblancas, un bello lugar, muy pintoresco y con muchísimo verde en él que cubre todo el llano suelo. Al condado lo caracterizan dos grandes piedras blancas que se elevan por casi cuatro metros de alto, curvándose y tocándose una con la otra en su extremo más austral. A ellas debe nuestro poblado su tan original nombre. Ha sido fundado de una manera bastante extraña. A diferencia de los poblados aledaños, que mantienen a su castillo en el centro rodeado por las casas del pueblo, Piedrasblancas tiene el hogar del gran señor en su extremo más distante. Está rodeado de grandes praderas verdes y, hacia abajo, siguiendo la línea del lago, se encuentra el poblado donde habitan aquellas familias que carecen de títulos de nobleza.

Rodeando al castillo se distinguen unas cuantas viviendas de una estirpe mucho más alta que las casillas pueblerinas. Sus techos son de gran altura, tienen puertas que superan a cualquier persona por más de tres cabezas y por encima de ellas se elevan gloriosos escudos distintivos. Están circundadas por unas buenas porciones de tierra en las que siempre se ven a los lacayos manteniendo en excelentes condiciones aquellos pomposos jardines. Jamás me han dejado acercarme allí, siendo siempre particularmente clara, mi madre Katlin, sobre esa prohibición, aunque jamás he recibido razón alguna de la causa, como tampoco la he buscado.

Con mi padre nunca he tenido una relación demasiado cercana. De hecho, la distancia, la frialdad y la severidad han sido las características de mi lazo con el gran señor. El distante trato es algo que suelo agradecer porque su mirada la he sentido siempre con una gran fuerza intimidatoria, como si algo se ocultara detrás de sus ojos, y eso fuera demasiado peligroso como para conocerlo.

A pesar de ello es mi padre, debo quererlo y respetarlo, más aun siendo el Conde.

Desde el día de mi cumpleaños número catorce él ha comenzado a tratarme de un modo diferente. Ahora es un poco más atento conmigo, pero de una manera extraña y distinta a la que habitualmente uno creería. Me ha dispensado variados regalos y, aun así, no puedo dejar de sentir a todo esto con gran extrañeza. He podido comenzar a distinguir que sus ojos ya no son los mismos que antes, aunque mantienen ese tenebroso tenor. Algo más se oculta.

Me mira raro...

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