DÍA 2 - Capítulo 5

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—¿Cómo pudiste decir esas cosas? —murmuró Delfina en un sollozo. Luego, abrió la boca para seguir hablando, pero el llanto logró que las palabras quedaran atragantadas. Tenía los ojos teñidos de rojo y llenos de lágrimas que comenzaban a deslizarse por su rostro.

—Yo... —comenzó a decir Anahí. Le costaba controlar su temperamento.

—¡Eso fue genial! —exclamó Irina, riendo a carcajadas—. Pagaría por una grabación de la escena. Me encantaría ver esto de nuevo. Ese hijo de puta necesitaba que alguien lo pusiera en su lugar. —Sus palabras se mezclaban con su risa mientras se agarraba el estómago con ambas manos—. Anahí, acabás de convertirte en mi ídola.

—¿Gracias? —respondió la pelirroja, confundida—. Pero no tengo idea de quién es ese tipo.

—Dame un segundo para calmarme y te explico —pidió Irina mientras se esforzaba por respirar hondo y dejar de reír—. Okay, creo que ya estoy mejor —murmuró—; dejame que te cuente. Don Lucio se cree el príncipe de la ciudad. Es dueño de muchas cosas y nadie se atreve a desafiarlo. Lleva más de un siglo en el purgatorio. Como amo y señor de la ciudad, el principito quiere calles limpias, sin vagabundos ni ladrones. Entonces decidió esconderlos bajo tierra y darles de comer para que no se quejen.

—¿Por qué son todos niños? —preguntó Anahí.

—Los más bebés siempre son adoptados y los adultos consiguen trabajo, pero los chicos entre cinco y dieciocho años no tienen forma de sobrevivir en la ciudad, salvo que se conviertan en ladrones. Y como este tipo nos da de comer, se cree que tiene el derecho de ningunearnos y humillarnos porque sabe que si lo desafiamos, podría dejarnos en la calle o convencer a los sunigortes de venir a buscarnos.

—¿Qué es un sunigorte? Suena a yogur.

—Es algo así como la policía de la ciudad. Si te atrapan, te vuelven a matar.

—¿Eh? —Anahí no comprendía aquello.

—O sea, uno puede volver a morirse en el purgatorio, pero generalmente vuelve a aparecer unos días después con alguna cicatriz. Es doloroso. —Irina se levantó la remera hasta el cuello—. ¿Ves? Acá tengo una cicatriz de cuando me dispararon. Y tengo un par más, pero no me enorgullece mostrarlas.

—¿Por qué te mataron?

—Porque es una idiota y sigue robando —susurró Delfina, todavía llorando—. Llevamos décadas en este lugar, pero Iri no se saca la costumbre de robar.

—No me gusta vivir de la caridad de un hijo de puta —contestó la morocha—. Como sea, la cuestión es que la mayor parte de las veces uno reaparece en algún parque, pero en casos muy especiales, el alma se desvanece. Las personas dicen que es porque va al cielo o al infierno, pero nadie está seguro.

Anahí seguía pensativa.

—Un parque —repitió— ¡Ah! Ahora entiendo. Cuando aparecí, la gente de la plaza me miraba con desconfianza; seguro pensaban que me habían matado por robar o algo así ¿no?

Las hermanas asintieron con un movimiento de cabeza.

—Por cierto, me sorprende que te estés tomando tan bien todo este asunto de tu muerte —comentó Irina.

—Es porque es un sueño.

—Sos más idiota de lo que parecés —bromeó la morocha—. Pero bueno, en unos días te vas a dar cuenta de que es verdad. —Le palmeó el hombro a Anahí—. Todavía te debo el recorrido por El Refugio y algunas otras explicaciones ¿vamos?

—¿Y tu hermana? —a la pelirroja le preocupaba ver a Delfina llorando.

—Ya se le va a pasar. Llora por nada y apenas se pone a hacer algo, se olvida. De hecho, debería empezar a preparar el almuerzo antes de que se haga tarde —explicó Irina.

—¡Tenés razón! —exclamó Delfina. Se secó los ojos con las mangas de su vestido blanco y salió corriendo. A pesar de ir descalza, sus pasos hacían eco en las escaleras de metal.

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