La historia de mi madre

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No es tarea fácil intentar enumerar los aciertos con los que, durante 80 años, esta santa mujer: Hilda María Enciso, ha sorprendido a quienes han tenido el privilegio de conocerla, estar a su lado o interactuar con ella. Sí, son innumerables sus grandes logros, pese a las particulares circunstancias que desde su infancia, hasta su adultez mayor, ha encontrado a la vera del camino. Pese a ello, he aquí un resumen y una exaltación de algunas de sus hazañas, de las tantas que merecen estar, no solo en el dintel de su icónica vida, sino en el primer lugar, a flor de piel, del recuerdo y afecto de infinita gratitud e inflamado orgullo que le merecen y adeudan quienes han estado bajo su bondadosa y fiel protección y cercanía: hijos, nietos, bisnietos, yernos, hermanos, sobrinos, primos, amigos, conocidos...

Esta tierna mujer que hoy luce su hermosa y plateada cabellera, en su plena juventud, contra todo pronóstico, asumió sin ambages la arisca rienda de su complejo hogar. Y no solo sacó avante a su señora madre, a sus hermanos menores y a sus tres hijos, sino que se convirtió en la arquitecta e ingeniera del destino de cada uno ellos, y el de sus inmediatas descendencias.

Ahora bien, como quiera que ese primer empeño, allá en Chaguaní, su bucólico terruño, se le hacía cada vez más complejo y socialmente ignominioso, un domingo de noviembre, hace ya 48 años, tomó otra sorprendente, acertada y afortunada, aunque muy arriesgada, decisión: emigrar con toda su parentela hacia la fría, impersonal y gris metrópoli: Bogotá; en donde, con ingente esfuerzo, denodado empeño y perenne sacrificio, a su particular manera, y con lo que a bien tuvo la Providencia en disponerle, consolidó su obra, su humilde pero granítico hogar.

De no haberlo hecho con ese tesón, con esa inquebrantable voluntad, con esa porfiada decisión y firme actitud, pese a las adversidades del social, económico y cultural entorno que la absorbía e instaba alienar, otro cantar, otro destino, muy distinto, quizá matizado de oscura nostalgia, hoy tendría toda su descendencia.

Y, aunque sus más grandes logros no son propiedades -como la casa que soñó y buscó toda su vida, sin lograrlo- ni cuentas bancarías, riquezas materiales o herencias por pleitear (¡gracias a Dios!), sí hay que inventariarle a su favor aquellas enseñanzas que con su ejemplo, o con palabras sencillas, enquistó en los suyos.

Poseedora de una básica y elemental capacidad de administración doméstica, mediante su cariñosa y diaria cátedra predicó para que su núcleo familiar entendiera que para unificar el hogar y hacer crecer a sus integrantes había que aplicar aquello de que: "Dos son más que uno, y con el aporte de tres o más, el hogar se fortifica... Pero, si no hay unión, si se resta, si no se suma, si no se multiplica, a la familia: crecer y triunfar se le complica, y jamás se solidifica; en consecuencia, entre carencias y tristezas, al final, todo se disipa".

Inculcó con su obrar que el trabajo, la honradez, la decencia, el cumplimiento y el ahorro son virtudes que constituyen tesoros en sí mismos, que al descuidarlos, al no practicarlos, o al mal practicarlos, no solo engendran en el individuo insanas penas y dolores irremediables, sino consecuencias morales y éticas que se contagian, que se heredan y corrompen las costumbres y el obrar, tanto de la familia, como de la sociedad.

Quizá la mayor de sus enseñanzas, el más impactante logro con el que hoy sorprende a propios y extraños, es que después de tanta brega para cruzar sin naufragar en el caudaloso río que ha sido toda su vida, llevando a cuesta la dura, quisquillosa e ingrata carga de su familia, ha tenido la capacidad de sobreponerse, de soportar y aceptar, con una sonrisa esquiva y abnegada, ¡su suerte!, las condiciones actuales, ¡que ojalá fueran mejores!, como se lo merece, como lo tiene más que ganado y pago.

Gracias, madre del alma, y, por favor: ¡PERDÓN!

Tus Hijos.

7 de noviembre de 2015


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