DÍA 2 - Capítulo 4

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Irina se había marchado poco después de mostrarle a Anahí la puerta de su pequeña habitación, si es que a ese espacio podía llamárselo así. La pieza estaba totalmente pelada.

Tanto las paredes como el techo y el cielorraso eran blancos. Allí tampoco había ventanas ni relojes que indicaran qué hora era.

Una prisión.

En el rincón más alejado, un viejo colchón cubierto con frazadas deshilachadas reposaba sobre el piso, junto a la única almohada que tendría aquella noche. La decoración la completaba un velador de pie se erguía junto a la puerta, para que fuese fácil de encontrar en la oscuridad.

"¿Esto es un chiste?", se preguntó Anahí, aunque prefirió no expresar su desilusión en voz alta. Después de todo, lo más seguro era que despertaría pronto y aquella habitación quedara en el olvido, junto a otras pesadillas pasadas.

En el peor de los casos, si el sueño se extendía, hablaría con Irina por la mañana. No podía vivir así, sin una cama o, al menos, tres almohadas más. Anahí sabía que lo mejor sería intentar dormir un rato, quizás al despertar se encontraría de regreso en su hogar.

Dejó el velador encendido y se recostó. Se tapó hasta que las frazadas cubrieron cada centímetro de su cuerpo. Se sentía vulnerable cuando no era así, cuando asomaba aunque fuese un dedo por debajo de las mantas.

"Ni que fuese tela antibalas", se burló de sí misma, pero volvió a asegurarse de estar cubierta por completo de todas formas.

Aún no se había quedado dormida cuando oyó que alguien golpeaba a la puerta. Anahí supuso que sería una de las hermanas.

—¡Ya voy! Dame un minuto —gritó.

Se vistió tan rápido como pudo. Añoraba su placard lleno de ropa de todos los tipos y colores. También extrañaba sus cómodos pijamas de verano.

Desde que había llegado a esta ciudad, no solo había tenido que resignar lo que llevaba puesto hasta que alguien decidiera lavarlo, sino que recibió tan solo una muda de ropa horrible. Y algo le decía que por lo pronto no le darían nada más, así que se vería forzada a dormir en bombacha para no arruinar la escasa vestimenta que tenía a su disposición.

No se molestó en arreglarse el cabello o calzarse; después de todo, estaba en su habitación.

Al abrir la puerta, Anahí se encontró con un visitante inesperado: Santiago.

—Hola, Santi —saludó ella, sin disimular su sorpresa—. ¿Pasó algo?

—Iri me dijo que viniera a saludarte y que te contara un par de cosas —admitió el niño. Nunca mentía, le habían enseñado que eso estaba mal.

—Dale, pasá. —La pelirroja abrió la puerta lo suficiente como para que el pequeño ingresara. Luego, volvió a cerrar, no sin antes mirar hacia ambos lados del pasillo en busca de Irina. No la encontró, pero divisó una sombra que se alejaba, fugaz, por una de las esquinas. Sonrió.

Santiago se sentó en el piso y apoyó su espalda contra una de las paredes. Parecía distraído, como si algo le molestara.

—Tu pieza es aburrida —murmuró entonces—. La próxima vez que venga, te voy a traer un par de dibujos enmarcados para que puedas decorar el lugar.

—Es una buena idea. Los voy a estar esperando —contestó Anahí con una sonrisa. Le encantaban los niños; esa era la razón por la que se había convertido en profesora. Y si bien enseñaba a adolescentes, siempre que podía pedía que la transfirieran a los grados menores, aunque hasta el momento no se lo habían permitido—. Entonces, Santi, ¿a qué viniste?

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