DÍA 2 - Capítulo 4

6.5K 563 83


Delfina las esperaba al final de las escaleras. Caminaba en círculos frente a la única puerta que se mantenía cerrada. Sus manos se movían con nerviosismo.

—¡Delfi! —la llamó su hermana desde los últimos escalones.

—¡Al fin!

—Perdoná, se nos hizo tarde —se disculpó Irina.

—Fue mi culpa —agregó Anahí—; no vi el cartel con indicaciones cuando me desperté.

—Da igual, las está esperando —explicó Delfina.

—¿Quién?

—Ya te vas a enterar. Entremos —respondió Irina, abriendo la puerta con su anillo.

Se encontraban en una especie de oficina antigua. La habitación tenía piso de madera, a diferencia del resto del complejo. Las paredes estaban cubiertas de libreros que iban desde el suelo hasta el cielorraso, ostentando tomos de apariencia antigua. En el centro se ubicaba un viejo escritorio frente al cual alguien había dispuesto tres sillas. Del otro lado de este, un hombre las observaba con expresión de pocos amigos mientras golpeaba rítmicamente la superficie del mueble con sus dedos, en una clara señal de impaciencia.

—Lamentamos la tardanza —murmuró Delfina, agachando la cabeza levemente. En su voz se reflejaban tanto miedo como respeto.

El hombre no respondió. Continuó observándolas en silencio.

Anahí aprovechó el momento para analizar al extraño personaje.

Se trataba de un joven que no aparentaba tener más de veintisiete o veintiocho años. Algo en su apariencia era contradictorio, una mezcla entre moderno y clásico. Su piel no era pálida ni morena, sino más bien un poco bronceada. Sus ojos eran tan negros como su camisa y su cabello, el cual seguramente fuese largo ya que estaba recogido en una colita que se escondía contra el respaldo de la silla.

La pelirroja podía imaginar a aquel hombre vestido con sombrero de copa y bastón de gala en Inglaterra victoriana. Le daba la impresión de encontrarse frente a un fantasma fuera de época.

Irina le pegó un codazo a Anahí.

—No lo mirés a los ojos —le susurró al oído.

—¿Por qué no?

—No le agrada —contestó la morocha, como si eso lo explicase todo.

Nuevamente el silencio.

Anahí tragó saliva al notar que el extraño tenía sus ojos clavados en ella. Bajó la mirada sintiéndose avergonzada por su indiscreción e infló sus cachetes mientras esperaba que alguien hablara.

—¿No vas a presentarte? —preguntó el hombre. Su voz era gruesa y profunda, amenazante.

—Mi nombre es Anahí. ¿Qué más quiere saber?

Irina la pisó con fuerza.

—No seas irrespetuosa —reprendió a la pelirroja y luego observó al hombre—. Disculpe, es nueva.

—Proseguí —ordenó él.

—Soy de Capital Federal, trabajo como profesora de inglés en una escuela pública de Caballito —notó que no sabía qué decir—; me gusta ir al cine, mi signo del zodíaco es Escorpio, mi comida preferida es la pizza a la piedra; cuando era chica soñaba con convertirme en ninja y no tengo ni la más pálida de idea de dónde estoy —respiró hondo—. ¿Y usted quién es?

—Yo soy don Lucio Alonso de Ocampo y Larralde, el benefactor de este lugar. Soy quien envía dinero, comida y suplementos básicos a El Refugio para evitar que los niños se conviertan en molestos criminales que recorren la ciudad atacando a la buena gente que vive aquí.

Anahí utilizó una mano para cubrirse la boca porque no pudo evitar reír.

—¿Don?, ¿posta? —preguntó con los ojos húmedos por intentar contener la risa—. Perdón, pero suena tan anticuado que me tomó por sorpresa.

Todas las miradas se clavaron en ella.

—Discúlpela —rogó Delfina—. Acaba de llegar y todavía no hemos tenido tiempo de explicarle nada.

—No hay explicación capaz de curar los malos modales de una adolescente que habla como si la hubiesen criado los monos —contestó él—. Pero confío en que sabrán explicarle cuál es su lugar.

—Sí, señor —respondieron las hermanas.

—Primero que nada, no soy una adolescente —se defendió Anahí—. Y segundo, si vuelve a insultar a mis padres se las va a ver conmigo.

—¿Yo? —preguntó Lucio en tono dramático—. Estás equivocada. La que se va a arrepentir sos vos. Y quizás, todos los que viven en este sitio —sonrió con malicia.

Anahí tragó saliva y no dijo nada.

—Como sea, deberías sentirte honrada. No suelo venir personalmente para entregar los anillos cruxia. Hice una excepción porque me dijeron que eras una adulta y no una niña. Pero veo que me mintieron; entre tu ropa, tu peinado y esa actitud altanera, no podés tener más de trece años, ¿me equivoco?

Esa fue, como dicen, la gota que rebalsó el vaso.

—¿Quién carajo se cree que es? No me importa si vive en una mansión o si es el rey del infierno, a mí me trata con respeto. —Dio un paso al frente y comenzó a tutearlo—. Vos sos el que se está portando como pendejo malcriado y ofendido. Dame el puto anillo y dejame en paz. Ojalá no hubieses venido en persona —concluyó. Su rostro había tomado coloración rojiza, algo que ocurría cada vez que se enfadaba. Anahí siempre había tenido carácter fuerte, no toleraba que la insultaran ni que la trataran con inferioridad.

Lucio se puso de pie y Delfina se cubrió el rostro con ambas manos, aterrorizada. Irina, por el contrario, abrió los ojos con la ansiedad y la curiosidad dignas de un gato. Anahí retrocedió y se mordió el labio inferior sin saber qué esperar.

El hombre se llevó una mano al bolsillo de su pantalón negro y sonrió cuando sus dedos se cernieron sobre la pequeña caja forrada en terciopelo. En silencio, rodeó el escritorio y le extendió el anillo a la pelirroja. Ella se lo arrebató de la mano velozmente y lo puso dentro de su propio bolsillo.

—Bienvenida a El Refugio, reina de los monos, su majestad —comentó Lucio con cortesía sarcástica—. Espero que disfrute de su estadía en este nido de ratas entre una corte de criminales. Con su permiso, me retiro. Tengo asuntos importantes que atender. —Comenzó a caminar hacia la puerta. Al pasar frente a Anahí, se detuvo por un instante y susurró tan bajo como le fue posible, pero lo suficientemente alto como para que ella lo oyera—: nos veremos pronto. —Y siguió su camino.

Las tres chicas parecían estar paralizadas, sin siquiera parpadear. Lo observaron marcharse con aquel leve tambaleo que siempre intentaba ocultar. No sabían si se trataba de alguna herida previa, una enfermedad o si tenía una pierna más corta que la otra, pero desde que lo conocían, don Lucio rengueaba levemente. Era algo casi imperceptible que el hombre se esforzaba por ocultar, como si le avergonzara.

En esta ocasión se notaba más que de costumbre, posiblemente porque intentaba caminar velozmente o quizá debido a su malhumor.

En esta ocasión se notaba más que de costumbre, posiblemente porque intentaba caminar velozmente o quizá debido a su malhumor

Purgatorio¡Lee esta historia GRATIS!