DÍA 2 - Capítulo 3

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Cinco minutos y media botella de crema enjuague no fueron suficientes para que Anahí lograse desenredarse el largo cabello bordó y quitarse la sensación pegajosa. Irina insistía con el tiempo, golpeando la puerta del baño cada dos o tres minutos.

—¡Ya voy, mierda! —contestó la pelirroja a los gritos.

Cerró la canilla y se envolvió en una toalla negra. Revisó velozmente la vestimenta que le habían dejado: ropa interior blanca, calzas negras, un short blanco, una polera negra y alpargatas que parecían un tablero de ajedrez. Parecería presa, o un mimo desmaquillado.

Resignada, se vistió velozmente. Estaba a punto de abrir la puerta cuando se le ocurrió verse al espejo.

El rostro que le devolvía la mirada parecía ciertamente el de un cadáver. Sin maquillaje, su cara era extremadamente pálida y sus permanentes ojeras contrastaban enormemente con el resto de su piel, acentuando el cansancio que sentía. A primera vista, podría incluso dar la impresión de haber estado en una pelea y que alguien le hubiese pegado una piña en cada ojo. Odiaba aquel detalle que había heredado de su madre.

Anahí revisó el compartimiento detrás del espejo en busca de base, rubor, delineador o cualquier otro tipo de maquillaje, pero allí solo había artículos de primeros auxilios. Al menos tenía un peine.

Como pudo, logró separar su cabello en dos partes casi iguales y las ató en dos coletas bajas con las gomitas de pelo que llevaba siempre en la muñeca para casos de emergencia como aquel.

Genial. Ahora parezco el cadáver de una nena de diez años que trata de ser emo o gótica. Me falta aprender a volar y ya estoy para el circo. Pensó. Estaba de malhumor.

Irina iba a golpear la puerta nuevamente cuando Anahí la abrió. Al verla, la morocha estalló en carcajadas. Apoyó la espalda contra la pared, se llevó una mano al estómago e intentó evitar que su cuerpo se doblara de la risa.

—Boluda, parece que vas a una fiesta de disfraces.

—Ja. Ja. Ja —contestó Anahí con sarcasmo—. Da igual. Estoy lista.

—Genial. —La chica de cabello corto se cubrió la boca con su mano libre y contuvo su risa—. Seguime.

Corrieron nuevamente por los pasillos blancos. Algunos niños las observaban con curiosidad desde los umbrales de las puertas. Doblaron a la izquierda y a la derecha una y otra vez hasta llegar a la calesita.

Sin decir nada, las chicas entraron por una de las puertas, pero en vez de salir por otra, Irina se agachó y posó su anillo en una pequeña marca casi imperceptible que se ubicaba exactamente en el centro de la habitación. Luego removió el panel del piso, revelando una escalera metálica que descendía en la oscuridad.

¡Me estás jodiendo! Y yo que creí que la tierra podría abrirse y tragarme. Parece que alguien escuchó mis pensamientos. Pensó Anahí.

—Andá adelante así yo cierro —ordenó Irina.

La pelirroja iba a comentar algo sobre su miedo a la oscuridad, pero prefirió tragarse las palabras y descender lentamente.

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