7. Voraz

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Su corazón se detuvo, algo atravesaba su cuerpo. Su pecho quemaba y el ama la liberaba de su agarre. Podía sentir el dolor punzante, podía escuchar sus últimos latidos cada vez más tenues; el calor abandonaba su cuerpo segundo a segundo, junto al cálido líquido escurriéndose por su piel. Aún agonizante y padeciendo, Dalia seguía con vida.

Emiliana ya no se movía, su cuerpo descansaba sobre la misma Dalia. El ama balbuceaba en la lengua de los amos palabras inteligibles para un humano.

En su lecho de muerte, Emiliana entendió todo lo que para Dalia era un misterio. Estaba estupefacta ante la traición. Su vida duraría lo suficiente para dejar fluir sangre de su cuerpo al cuerpo de la chica debajo de ella. Estaban clavadas de corazón a corazón por una espada de canales, mitad madera mitad metal. Ella moriría y su presa se convertiría en un sirviente de su propio linaje. 

Dalia vio al ama convertirse en ceniza, mientras ella se retorcía del dolor aun clavado al lecho por una espada en su corazón. El cálido líquido que una vez había abandonado su cuerpo, se adentraba frío y veloz en ella a través del agujero en su pecho. Dalia sentía su sangre congelar y quemar sus entrañas. Dalia podía soportar ese dolor, pero su garganta la enloquecía, una sed seca y asfixiante crecía a cada instante en ella.

El ardor en su pecho alcanzó su pico máximo cuando la espada se resbaló veloz hacia afuera. Se quedó sin aire por un momento y en un instante el agujero en su corazón se cerró. Dalia regresaba al mundo de los vivos. En ese instante Dalia observó la situación, a su izquierda sosteniendo la espada bañada en sangre estaba el sirviente varón; a su derecha, sosteniendo a la niña estaba la sirviente hembra; al pie de la cama, justo frente a ella, los ojos del pequeño amo la estudiaban.

Dalia apuró a pegarse a la cabecera, recogiendo todo su cuerpo en un ovillo, con un temor que nunca antes había experimentado ante la presencia de aquel ser. La sed dolía pero el terror que inspiraba el amo era mucho mayor.

El niño levantó su mano y ordenó al sirviente que acercara la niña hacia Dalia.

—¿Dolerá?—preguntó incauta la pequeña, justo antes de que una voraz Dalia se abalanzara sobre ella, salvaje y sedienta.

Sin más que hacer, los dos varones abandonaron el cuarto. La sirviente permaneció de pie, mientras la Dalia se daba su primer festín en sangre fresca.

Afuera del cuarto esperaba Vladimir II. El anciano amo estaba cubierto por canas, el antiguo líder de la familia Plantagenet esperaba por el momento en que la famélica Dalia saciara su sed. Usaría a la nueva sirviente para cuidar del buen nombre de la familia y restablecer el linaje que su nuera le negara. A su lado Vladimir IV esperaba el poder, sin su madre ni su padre en su camino el pequeño amo sería el único amo.

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