DÍA 2 - Capítulo 2

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Cinco minutos y media botella de crema enjuague no fueron suficientes para que Anahí lograse desenredarse el largo cabello bordó y quitarse la sensación pegajosa. Irina insistía con el tiempo. Golpeaba la puerta del baño cada dos o tres minutos, impaciente.

—¡Ya voy, mierda! —contestó la pelirroja a los gritos—. ¡Bajá un cambio!

Cerró la canilla y se envolvió en una toalla negra. Revisó con prisa la vestimenta que le habían dejado: ropa interior blanca, calzas negras, un short blanco, una polera negra y alpargatas que parecían un tablero de ajedrez. Parecería presa, o un mimo desmaquillado.

Resignada, se vistió tan rápido como pudo aunque la ropa le quedaba un tanto ajustada. Estaba a punto de abrir la puerta cuando se le ocurrió verse al espejo.

El rostro que le devolvía la mirada parecía, en efecto, el de un cadáver. Sin maquillaje, su cara era pálida en exceso y sus permanentes ojeras contrastaban con el resto de su piel y resaltaban el cansancio que sentía. A primera vista, podría incluso dar la impresión de haber estado en una pelea y que alguien le hubiese pegado una piña en cada ojo. Odiaba aquel detalle que había heredado de su madre.

Anahí revisó el compartimiento detrás del espejo en busca de base, rubor, delineador o cualquier otro tipo de maquillaje, pero allí solo había artículos de primeros auxilios. Al menos, tenía un peine.

Como pudo, logró separar su cabello en dos partes casi iguales y las ató en dos coletas bajas con las gomitas de pelo que llevaba siempre en la muñeca para casos de emergencia como aquel.

"Genial. Ahora parezco el cadáver de una nena de diez años que trata de ser emo o gótica. Me falta aprender a volar y ya estoy para el circo". Pensó. Estaba de malhumor.

Irina iba a golpear la puerta una vez más cuando Anahí la abrió. Al verla, la morocha estalló en carcajadas. Apoyó la espalda contra la pared, se llevó una mano al estómago e intentó evitar que su cuerpo se doblara por la risa.

—Boluda, parece que vas a una fiesta de disfraces.

—Ja. Ja. Ja —contestó Anahí con sarcasmo—. Da igual. Estoy lista. ¿No tenías apuro?

—Genial. —La chica de cabello corto se cubrió la boca con su mano libre y contuvo su risa—. Seguime.

Corrieron por los pasillos blancos. Algunos niños las observaban con curiosidad desde los umbrales de las puertas. Doblaron a la izquierda y a la derecha una y otra vez hasta llegar a la calesita.

Sin decir nada, las chicas entraron por una de las puertas, pero en vez de salir por otra, Irina se agachó y posó su anillo en una pequeña marca casi imperceptible que se ubicaba justo en el centro de la habitación. Luego, removió el panel del piso y reveló una escalera metálica que descendía en la oscuridad.

"¡Me estás jodiendo! Y yo que creí que la tierra podría abrirse y tragarme. Parece que alguien escuchó mis pensamientos". Pensó Anahí, desconcertada.

—Andá adelante así yo cierro —ordenó Irina.

La pelirroja iba a comentar algo sobre su miedo a la oscuridad, pero prefirió tragarse las palabras y descender con cuidado.

Delfina las esperaba al final de las escaleras. Caminaba en círculos frente a la única puerta que se mantenía cerrada. Sus manos se movían con nerviosismo.

—¡Delfi! —la llamó su hermana desde los últimos escalones.

—¡Al fin!

—Perdoná, se nos hizo tarde —se disculpó Irina.

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