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Poner un pie dentro de la enorme instalación, solo aumenta el nerviosismo que ya corría por mi sistema. Varias personas parecían completamente perdidas y yo me sumaba a ese numeroso grupo.

Los murmullos y saludos efusivos entre las personas a mí alrededor me obligan a apresurar mi paso. Me sentía fuera de lugar, y era algo comprensible, era la alumna nueva.

Intento encontrar la oficina en la cual deberían entregarme mi horario, pero simplemente termino vagando entre los pasillos mientras observaba cada una de las puertas.

—Esto apesta. — gruño, deteniéndome en medio de un pasillo atestado de estudiantes. Varias personas colocan su mirada sobre mí, pero regresan a sus asuntos con rapidez.

Estoy a punto de empezar con mi travesía, pero la fuerte colisión de un cuerpo contra el mío me arroja al suelo, incapaz de detener el golpe de mis rodillas contra el duro concreto.

Una maldición se escapa de mis labios e, ignorando el dolor en mis rodillas, tomo el gorro de lana que ha salido volando de mi cabeza. Una mueca se aferra a mi rostro y empalidezco con rapidez cuando me enfrento al culpable de mi caída.

Gruesos y tatuados brazos son los primeros en recibirme, el ancho pecho frente a mi parece una pared de ladrillos unidos a la perfección y...

—¿Terminaste de babear, niña? —Mi cabeza se levanta de golpe, enfrentando la gris mirada que aumenta la incomodidad en mi cuerpo—. Mira por dónde vas la próxima vez. Los murmullos parecen detenerse por completo, lo que me obliga a observar mi entorno. Miradas de preocupación y hasta de terror dirigidas hacia mí y el alto chico frente a mí—. Quítate de mi camino.

—Idiota —Respondo, recibiendo una mirada completamente confundida por parte del extraño—. Tú deberías ver por donde caminas y dejar de ser gilipollas.

Los murmullos y jadeos de horror resuenan en mis oídos, pero no me permito dejar que el idiota frente a mi logre humillarme. Furiosos ojos grises se dirigen a mí y trato de no mostrar el miedo que empieza a filtrarse en mi sistema cuando da un paso hacia mí. Una de sus grandes manos se cierra en mi delgado brazo, apretando fuerte. Su apretón no me lastima, pero lo miro enojada y tiro de mi brazo, liberándome de su agarre.

—Te arrepentirás de eso...

—Dash —Otro fuerte voz retumba en el silencioso pasillo y ambos nos separamos, encontrando al dueño de ella. Ojos azules observando en dirección del gran chico, claramente enojado—. ¿No tienes una clase a la cual ir?

—Sí. —Escupe, enojado. Los ojos grises no se separan de mí hasta que lo veo sonreír de lado y agregar en voz baja: —Esto no se quedará así.

Se gira, dejándome la vista de su amplia espalda cubierta únicamente por una camisa sencilla. Puedo percibir la mirada de varias personas sobre mi y los miro mal, recolocando mi chaqueta con rabia.

—¿Holly Parks? —Nuevamente, la voz de aquel hombre resuena, llamando mi atención. Asiento, completamente confundida, ¿me conocía? —. Ven conmigo, Alison me dijo que vendrías hoy por tu horario.

—¿Conoce a mi tía? —Pregunto, bajando mi tono de voz mientras doy un paso cerca al hombre. La sonrisa que me regala, deja de lado el altercado de segundos atrás, dejándome algo tranquila nuevamente—. Lo siento, pero no sé quién es usted.

—Alexander Clayton, decano de la escuela de Psicología —Asiento, caminando delante de él cuando me indica el camino con un inclinamiento de cabeza—. Lamento lo ocurrido.

—No es su culpa —Me adelanto a interrumpirlo cuando camina junto a mi—. Ese tipo es un idiota.

—Dash es algo difícil, debería decir —Musita. Las dudas de aquella mañana siendo aclaradas con rapidez. Sabía que su nombre era Dash y, también, que era un imbécil—. Solo mantente alejada de él ¿sí? Si ocurre algo contigo, Alison es capaz de matarme.

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