[único]

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Las mañanas no son ni la sombra de lo que eran antes. Los amaneceres se perdieron entre la rutina y la ansiedad. El echar culpas se convirtió en la taza de café en mañanas frías, y negarla en los buenos días. Todo es tan distinto que abruma. Todo es penumbra, aún cuando el sol se encuentra en su máximo apogeo.

Lentamente los días de ensueños de Kim Jongin pasaron a ser peldaños hacia una frívola e insípida resignación. Una gélida e inhóspita realidad que le golpea con saña.

Jongin tantea el espacio vacío en su cama y murmura una serie de palabras inconexas, pastosas al paladar. Sus ojos cansinamente se abren con el transcurrir de los segundos y la silueta de Kyungsoo se vislumbra en el marco de la ventana, inerte e indeciso. La lluvia cae y algunas gotas serpentean en el cristal, Kyungsoo ahoga pensamientos taciturnos en el humo de cigarrillos consumiéndose en sus pulmones. Colillas que se apagan con el tardío fuego.

A veces Jongin se pregunta si este es el mismo Kyungsoo que solía suplicarle al despertador unos segundos más para arroparse entre las sábanas junto a él. A veces busca entre la ropa, ese Kyungsoo perdido, lo ha buscado en la cocina, en el baño, en la biblioteca, pero ese Kyungsoo se evapora lentamente con el transcurrir de las lunas y los rayos de sol.

Y cada mañana es como una estela de humo similar a la de su cigarrillo. Gris y nociva.

Jongin se levanta de la cama sin musitar palabra alguna esperando que Kyungsoo rebusque entre su boca alguna palabra de consolación, quizá un casual cómo estás, porque se supone que es él quien le conoce como ningún otro. Pero Kyungsoo es sólo mirada indolente que apuesta por gotas que van en carreras y se hace oídos sordos y Jongin se pregunta qué pasó para que ahora estén así después de tantos días con olor a miel y flores. Kyungsoo no se esfuerza en entenderle, en buscarle, en cumplir al menos la promesa de un amor que se supone era para siempre.

Kyungsoo no lo ve porque simplemente no tiene nada que decir, pero Jongin se derrumba así como lo hacen las cartas en una torre de naipes.

A veces rememora el día que lo conoció, cuando la lluvia era renuente y aquel menudo cuerpo se mojaba sin protección, todavía recuerda el primer Toma, úsalo que dijo cuando ofreció su paraguas. La reticente sonrisa en Kyungsoo es algo así como una pieza de arte que todavía atesora en su cofre de recuerdos, resguardándolo ante todo aquello que se está haciendo ruinas a su paso. Porque Jongin, aunque insiste en sostenerlo entre sus manos, sabe que no es lo mismo, que no se siente igual y por más que lucha la marea siempre es más fuerte que él, más imponente. La realidad más inminente.

La casa que comparten, esa que se llenaba de gloriosas risas en las mañanas, melodías cándidas de tarde y gemidos placenteros de noche, ya no existe. Ahora sólo está un lugar agreste de paredes insípidas que albergan tanto sofoco, como dolor.

Hoy es el día en que el clima afuera es frío y la lluvia arropa toda la ciudad, al igual que el día que conoció a Kyungsoo; quizá aquel momento fue una fehaciente señal de que no iba a funcionar, un mal presagio, pero ahora no hay vuelta atrás mientras Jongin camina a paso lento hacia Kyungsoo y le exige, no, le implora por favor, vete de mi casa.

—Hazlo —repite—. Es sofocante tenerte aquí, es doloroso.

A pesar de que Jongin se afirma al brazo de Kyungsoo, éste no se mueve ni mucho menos deja de fumar.

El humo da contra el rosto de Jongin, mareándolo, pero Kyungsoo está allí, como si la orden no fuera con él, como si su amante no estuviera luchando consigo mismo aún sin moverse.

La lluvia parece ser la única cortina de sus desgracias cuando cae tan fuerte que se escuchan las aglutinadas gotas chocar con ímpetu contra el techo.

Get Out of My House → KaiSooDonde viven las historias. Descúbrelo ahora