DÍA 1 - Capítulo 9

7.1K 620 21


El teléfono comenzó a sonar en su estudio. Suspiró con frustración y acomodó los papeles prolijamente sobre el escritorio. Ya había pasado la medianoche, no era horario para llamar. Quien quiera que fuese el irrespetuoso que osaba interrumpir la escritura de sus memorias debería tener una buena razón para molestarlo; de lo contrario, tendría que afrontar las consecuencias.

Caminó con paso veloz y pesado; el sonido de cada uno de sus movimientos resonaba estruendosamente en el silencio de la habitación.

Alcanzó el teléfono poco antes que la persona del otro lado se rindiera y, sin decir nada, atendió.

—Buenas noches —dijo una voz femenina que le resultaba levemente familiar.

—¿Quién habla y qué es tan importante como para llamar a esta hora? —preguntó el hombre. La impaciencia se reflejaba en su voz, en el tono sus palabras.

—Discúlpeme —contestó Delfina, asustada. Hablaba en un susurro—. Me pareció pertinente comunicarle esto lo antes posible. Mi hermana trajo a una nueva chica a El Refugio.

—¿Y qué querés que haga al respecto? ¿Qué salga corriendo para allá y le regale un anillo? No me interesa si es una nena, un nene o un bebé. Puede esperar.

—El tema es que no se trata de un infante —explicó la joven.

—Te escucho.

—Se llama Anahí. Creo que tiene unos años más que Irina, supongo que alrededor de veintidós o veintitrés. Acaba de llegar a la ciudad. Es un caso especial, porque nosotras siempre recibimos niños. ¿Qué hacemos?, ¿le permitimos quedarse hasta el juicio?, ¿o la dejamos a merced de la ciudad? —preguntó—. Como usted es nuestro benefactor, creí que debería tomar la decisión.

—Entiendo. Iré tan pronto como pueda. Buenas noches. —El hombre colgó antes de escuchar la despedida de su interlocutora.

Maldijo en su mente y sacudió su cabeza; no tenía intenciones de dormir aquella noche, por lo que podría seguir escribiendo sus memorias. Pero antes de eso, se acercó a la calefacción y posó sus manos a escasos centímetros de la fuente de calor. Cerró los ojos por varios minutos, repasando en su mente lo último que había escrito, permitiendo que la temperatura de sus manos aumentara. Todavía le quedaban innumerables páginas antes de terminar el manuscrito. Sabía que tenía años de trabajo por delante, pero no le importaba, el tiempo era lo de menos, le sobraba. Podría tomarse incluso una eternidad —literalmente— antes de encuadernar el libro.

Cuando las palmas de sus manos comenzaban atornarse rojas, le dio la espalda a la calefacción y regresó al escritorio. La noche era joven y la luna llena que brillaba a través de la ventana lo inspiraba a continuar.    

    

Purgatorio¡Lee esta historia GRATIS!