La noche es el peor momento del día

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Yo ni me muevo del sitio.

–Bastardos –dice el enano impotente. El extraño acento de los suyos es evidente en su voz vieja.

Yo termino por quedarme dormido en esa posición. Con la cabeza encajada entre dos barrotes y las piernas colgando. Me duele la espalda varias veces, pero el suelo está empapado, así que tumbarme tampoco es buena opción.

A lo largo de la noche deja de llover. Me despiertan varias veces con el cambio de guardia o los ronquidos del enano. En una de esas me despierto y veo a un heleno, apoyando en la pared junto a la puerta.

–¿Y tú que miras? –me increpa antes de bostezar.

Cierro los ojos y me vuelvo a dormir. La noche es el peor momento del día, cuando debería ser el mejor, pues Chronos nos abandona a nuestras anchas, y todo se sucede en un momento. Debería ser caer dormido y despertar. Despertar a un nuevo día. Al menos así era antes. Pero eso se ha acabado.

Me despiertan de un manotazo que me hace caer sobre el suelo del carromato. Mi cabeza va a parar a las piernas del hoplita. Doy un respingo y me enderezo, quedando sentado. Éste me mira, sin expresión alguna. Fuera, un perittio se ríe de mí. Canalla.

Ya están todos despiertos, así que nos ponemos en marcha. Este día se ha mantenido nublado, tal vez vuelva a llover. El enano sigue emitiendo ronquidos, sumido en un sueño profundo. Los mercaderes preparan todo y la caravana continúa por esa calle. Delante van los tres caballos, con sus jinetes a la brida. Éstos deben ir apartando obstáculos para que quepamos bien, pues la calle es angosta. Algunas cajas o barriles, así como la gente, que debe ir abriéndonos paso. Al final desembocamos en una pequeña plaza, donde hay un templete dedicado a la adoración de Artemisa, junto al delfinario. En el centro hay un pozo, que rodeamos para tomar una vía que nos llevará al ágora. Los edificios de Innarith son altos y robustos, sustentados en hermosas columnas. Deben estar construidos con enormes ladrillos, pero una capa de cal cubre las fachadas. Hay ventanas y balcones, que, entre toldos azules y blancos, asoman sobre nosotros. Es una gran metrópolis, que huele a mar y a montaña, a antigüedad y grandeza.

Con el repiqueteo de las ruedas sobre los adoquines y los charcos, alcanzamos el ágora. Para ello, debemos atravesar el enorme pórtico que la rodea, sobre bellísimas columnas, aguardando los lujosos edificios administrativos. A un lado queda el bouleuterión, que se alarga por uno de los lados del ágora, partido solo por la salida que conduce al puerto, y por donde llegan numerosos ciudadanos. Junto a él se alza el trapeza. Su friso llama especial la atención, pues está hecho de plata. En él se observa una cadena de estatuillas separadas por columnatas, que representan a los principales Trapezitas de la ciudad, entre otros liturgos y aristócratas de la historia de Innarith. Su belleza da cuenta del poder y la riqueza de la Orden Trapezita. En el centro del ágora hay una enorme estatua de bronce, que hace las veces de fuente. Consiste en un majestuoso felino sentado, de cuyo hocico brota un chorro de agua fresca. Sobre la cabeza se alzan sus dos orejas puntiagudas, ya bruñidas por el tiempo. Entre éstas una gaviota observa la escena ajena a la gente. Rodea a la estatua un murete con cuatro efigies de hermosas doncellas de piedra, que le dan la espalda. Es hermosa, pero no me consuela. Además, hay numerosos jardines y fuentes, decorando el sitio, hasta donde, como en un bello espectáculo, se alzan las murallas del Palacio Plateado, y sobre ellas, hacia el cielo, sus torreones. Las tres torres crecen teñidas de ese metal plateado, y de ellas cuelgan pendones y estandartes en tonos azulados. Son tan hermosas, que nadie es capaz de evitar admirarlas.

–¿Cómo pudieron los elfos forjar semejantes torres? –pregunta el enano. Yo lo observo, por todos es sabido que los enanos fueron también grandes constructores, así que la aclamación cobra mayor mérito en sus palabras.

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