DÍA 1 - Capítulo 7

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Se encontraban en el comedor, una gran habitación con numerosas mesas bajas, redondas, a la altura de los niños más pequeños. Cada una tenía entre cinco y ocho sillas de madera alrededor.

En el lado opuesto, una chica les sonreía desde la única mesa de altura normal. Desde allí llegaba el delicioso e inconfundible aroma a pollo frito que hizo que los estómagos de las recién llegadas rugieran con fuerza. Irina y Anahí intercambiaron una mirada que al principio demostraba vergüenza y luego complicidad. Rieron a carcajadas mientras se acercaban a la mesa.

—Delfi, tenemos una invitada —dijo Irina a la muchacha sentada a la mesa.

La chica era joven, con su largo cabello negro recogido. Tenía un delgado mechón verde en el lado derecho. Llevaba puesto un vestido blanco de verano, a pesar del frío. Iba descalza; sus pies colgaban de la silla y se mecían velozmente como si sintiera orgullo por no poder alcanzar el piso.

—Eso veo. Qué suerte que siempre cocino de más ¿no? —preguntó con una sonrisa. Su voz era dulce y casi un murmullo.

—Sí, porque sos la mejor hermana del mundo —contestó Irina, caminando hacia un mueble desvencijado que se alzaba en el rincón. De allí sacó un plato, cubiertos y un vaso de plástico. Luego, se sentó a la mesa en una de las puntas e indicó a Anahí que hiciera lo mismo—. Déjenme presentarlas. Delfi, esta es Anahí. Llegó hoy a la ciudad, así que está cansada y un poco confundida. Voy a necesitar que busqués almohadas y una frazada para ella. —Luego miró a la pelirroja—. Ella es Delfina, mi hermana menor. Se encarga de casi todos los quehaceres de El Refugio. Es una excelente ama de casa. No sé qué haríamos sin ella. —Sonrió.

—Mucho gusto —murmuró Anahí.

—Espero que te sientas a gusto en nuestro hogar —respondió Delfina, entregándole un plato—. La cena de hoy no es la gran cosa. Milanesa de pollo. Espero que te guste; no sos alérgica al pollo, ¿no? ¿o vegetariana? —preguntó con preocupación.

—Para nada. Me gusta casi cualquier comida. Y estoy muerta de hambre, creo que podría comerme una granja entera.

—En ese cuerpo dudo que te entre más que un bocado. Sos tan flaca que pensé que no ibas a querer comer nada —comentó Irina.

—Para tu información —aclaró Anahí— tengo un agujero negro en mi estómago. Me encanta comer, pero no sé adónde va la comida.

—A mí me va a la panza. No sabés lo que daría por que fuese a mi pecho así me dejan de confundir con un hombre. En cualquier momento me pongo una peluca.

Las tres rieron.

—Yo nunca pensé que fueses un hombre. Tus rasgos son bastante femeninos —Anahí se señaló los ojos y los labios.

—Menos charla y más comida, ¿no tenían hambre? —preguntó Delfina—; se les va a enfriar la cena.

Y sin decir nada más, las recién llegadas se llenaron la boca con grandes trozos de milanesa.

Cenaron en silencio, permitiendo que sus estómagos dominaran sus acciones.

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