Capítulo 42.

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La media noche estaba llegando y mi cuerpo seguía tan relajado como horas atrás, cuando yacía dentro de la bañera. Jenny casi no había salido de su habitación, sólo para preparar una sopa rápida en una taza y mirar algo de televisión.

Estaba mirando hacia un punto fijo, con la sala totalmente a oscuras y en completo silencio, cuando la vibración de mi celular me distrajo. Miré la pantalla deseando que fuese Julián. La histeria se me había ido un poco de las manos. Pero bueno, lo controlador a él también.

Arqueé una ceja cuando vi un número larguísimo que, claramente, no tenía agendado. Llevé el aparato hacia mi oreja algo dudosa. Una voz interrumpió toda mi paz interior.

Orianadijo y enseguida noté su español trabado—. Soy Paul.

Tragué con fuerza. El sólo hecho de escuchar su voz me causaba náuseas, nervios e intriga.

Estoy yendo a buscarte. Julián...ya sabes cómo es él de impulsivo. Organizó una fiesta en cuestión de segundos y la casa es un completo desastre. La prensa está en la puerta. No le veo sentido a que organice una jodida fiesta y pase la noche rodeado de mujeres cuando su novia no está ahí.

Abrí los ojos con fuerza, intentando procesar toda la información que había largado.

El niño no puede controlar sus impulsos. No sé que haría si no me tuviera salvando su maldito culo a cada rato.

Alto ahí.

Estaré en tu puerta en...en unos quince minutosdijo antes de cortar.

Me paralicé. Había estado muy ocupada discutiendo por pavadas con Julián, pidiéndole que dejara de controlar mi vida; y había olvidado por completo que, en realidad, era otra gente la que nos controlaba. A mí. A él. A los dos.

—Jenny —grité desesperada mientras me ponía de pie.

No iba a ir a ningún lado sola. ¿Qué se suponía que debía hacer? Buscarlo por toda su casa mientras él anda por ahí con alguna otra, supongo.

La noche iba a ser larga.

—Hey —hablaron a mis espaldas

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—Hey —hablaron a mis espaldas.

Giré rápidamente para ver la puerta abierta de la camioneta en la que Paul nos había buscado. Estábamos estacionados a unos doscientos metros de la enorme mansión. Y Agustín había venido por nosotras. Completamente borracho. Simulando estar sobrio.

Según el genio maestro capo de la representación de celebridades con humos subidos y vidas llenas de excesos, Paul, no tenía sentido que yo, su novia, llegara a la mega fiesta en su camioneta, con mi amiga. Por eso, no había tenido mejor idea que llamar a Agustín para que venga a buscarnos y partir los tres juntos a pie. Yo. Entre ellos. Que se asesinaban con miradas llenas de lujuria.

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