Capítulo 40. (Él)

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—A la mierda Paul —exclamó luego de unos minutos de escuchar mis desgracias.

No había que ser un sabio para darse cuenta por qué podíamos continuar siendo amigos después de habernos revolcado durante meses.

—Y, ¿qué estás esperando? —me preguntó y la miré desconcertado.

— ¿Para qué?

Abrió los ojos sin poder creerlo y estoy seguro de que me hubiera dado una cachetada de haber estado más cerca.

Frené ante el semáforo en rojo.

—Cómo, ¿para qué? Para mandar a la mierda ese contrato.

¿Cuántas veces por día pensaba eso?

Miré mis dedos sobre el volante nostálgico y nervioso. No había otra cosa en el mundo que me pusiera nervioso. Sólo este tema.

—No es tan fácil.

Me mordí el labio antes de alzar la mirada para observarla. Se estaba terminando su batido y parecía molesta por eso.

—Julián —me llamó. Dejé de prestarle atención a su vaso y me centré en sus ojos—. Mírate, estás completamente idiotizado por esa chica.

Ni me lo digas.

— ¿Quién lo hubiera imaginado? El chico amante de las mujeres, el alcohol y la noche que me dejó tirada hace unos meses... —susurró y yo reí ante su expresión—. ¿Cuántas citas tuvieron? —preguntó de la nada.

Me desconcerté. Hice un esfuerzo para recordar las veces que habíamos estado juntos.

Centré mi vista en el semáforo y, ante la luz verde, aceleré.

—Bueno, pasamos bastante tiempo juntos —pensé—. Paso a buscarla, ella viene a mí casa... Me acompañó a la radio hace unos días. Vamos a Starbucks, a comer comida chatarra dentro del auto...

—No hablo de eso —me interrumpió—. Hablo de cuantas veces hicieron algo divertido juntos. Solos. Sin cámaras ni fans.

La miré cómo si estuviese diciendo una maravilla.
La verdad es qué, siempre la pasábamos bien juntos. Siempre nos divertíamos. Pensé en el día en que, recién llegados a Los Ángeles, fuimos al bosque en las afueras de la ciudad.

Cómo olvidarlo.

Mi corazón empezó a latir más rápido de sólo recordarla sobre mí, gimiendo en mí oído dentro de la camioneta. Le eché un vistazo al asiento, no muy disimulado. Mi buen amiga, Range Rover. ¿Incluso alguien podía preguntarse todavía por qué la amaba tanto?

—Tomaré ese silencio cómo un nunca —habló para recordarme que seguía a mí lado—. Aunque, viendo la lujuria en tus ojos...estoy segura de que te acostaste con ella en algún callejón, una cancha de golf o incluso en esta camioneta.

Touché, Eloise.

—Eso tampoco cuenta.

¿Cómo que no cuenta? Está entre mis momentos preferidos.

—Entonces, sí... —planeó— El primer paso antes de romper en mil pedazos ese estúpido papel que no sé aún por qué motivo firmaste es olvidarse de todo lo que acabo de decir y hacer lo que se te de la gana —sintetizó. Yo la miré maravillado—. Deja de pensar si está bien o está mal. Si van a regañarte por eso luego o no. Si está fuera del contrato. Hace lo que quieras, cómo siempre.

Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

La verdad es qué siempre hacía lo que se me daba la gana. Pero cuando se trataba de Oriana era complicado. Estando con ella todo parecía normal y hasta relajado. Pero el contrato nos involucraba a los dos. No quería que ninguna decisión que tomara encaprichado o enojado con Paul la afectara a ella, a su trabajo y a su vida.

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