Capítulo 5 - Cargas

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HEDA

Heda se despertó temprano, algo a lo que se había acostumbrado durante sus viajes, ya que a consecuencia de haber vivido dieciséis años en la oscuridad del Palacio de la Montaña, los rayos del sol del amanecer siempre interrumpían su sueño por profundo que fuera. Tras años siguiendo aquella rutina, la vuelta a la oscuridad de las cuevas no la había modificado.

Tras asearse y vestirse con las ropas limpias que algún sirviente había dejado durante la noche en sus aposentos, que eran de mucha mejor calidad que las que Heda solía vestir, se dirigió a las cocinas para sobornar a la cocinera con noticias del exterior a cambio de algo para desayunar. No es que en las Cuevas estuvieran  aislados del resto del mundo, pero los mensajeros que iban y venían llevando las noticias del exterior al pueblo de las Cuevas no solían preocuparse por detalles como modas o escándalos, algo a lo que la cocinera de palacio era muy aficionada.

Con un panecillo caliente untado en miel desapareciendo rápidamente entre bocado y bocado y un puñado de uvas en el bolsillo para más tarde, Heda se dirigió al Valle.

En el exterior creían que los seguidores de Radhir eran criaturas apenas humanas que vivían en plena oscuridad, sedientas de sangre, con poderes especiales que les permitían ver a la luz de la luna como a la luz del sol, monstruos pálidos y guerreros sigilosos en la noche. Los habitantes de las Cuevas no hacían nada por limpiar su imagen, ya que a menudo el terror de enfrentarse a una tribu guerrera capaz de cortarte el cuello en la oscuridad sin que tuvieras tiempo de percatarte de su presencia conseguía enfriar los ánimos de aquellos a quienes se les pasaba por la cabeza intentar atacar la Montaña.

La realidad era que sólo el Palacio de la Montaña, el Templo de Radhir y otros lugares como las armerías, los barracones de la Guardia, las minas y la mayoría de las tabernas estaban en el interior de las Cuevas. El resto del asentamiento de los de Radhir estaba en el Valle.

Al Valle sólo se podía acceder a través de los túneles laberínticos que formaban las Cuevas, cruzando las entrañas de la Montaña de un lado a otro. En realidad se suponía que era posible llegar cruzando la Montaña por el exterior, aunque nadie lo había conseguido jamás, ya que la escarpada Montaña ofrecía una protección excelente contra incursiones. Heda siempre había tenido curiosidad por saber cuantos esqueletos de aguerridos exploradores adornaban la cumbre de la Montaña y sus picos colindantes y cuantos de ellos habían muerto a merced de los elementos y no bajo las espadas de las patrullas que controlaban el acceso de extranjeros al Valle.

El camino del Palacio al Valle no era corto, pero a Heda se le pasó en un suspiro, sus pies llevándola casi solos por un camino que había recorrido infinidad de veces en el pasado. El Rey debía pasar gran parte de su tiempo en el Palacio, pero el resto de la familia Real no tenía esa obliación, y de niños Heda y sus primos pasaban en el Valle todo el tiempo que les era posible, corriendo y jugando bajo la luz del sol junto al resto de los niños de las Cuevas. No había distinciones por rango en las peleas de barro o las carreras a  la pata coja y compartir juegos con el resto de chicos del asentamiento había hecho que Heda creyera ser una más. Normal, como el resto.

Cuando llegó al Valle, los guardias la saludaron sin inmutarse. Al parecer las noticias de su presencia en el Palacio no habían tardado en llegar a todos los rincones de las Cuevas. Heda les devolvió el saludo. Las casas de los habitantes de las Cuevas se apiñaban al pie de la montaña, lo más cerca de las entradas a la Montaña que era posible sin dejar de resultar cómodo. En caso de ataque, los habitantes del Valle podrían retirarse al interior de las Cuevas para protegerse. Los campos de labranza y de pastoreo estaban más alejados, al otro lado del estrecho y alargado valle. Entre unos y otros estaban los talleres y los campos de entrenamiento, donde jóvenes guerreros se esforzaban por demostrar a sus maestros que eran dignos de portar el arma elegida.

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