DÍA 1 - Capítulo 5

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Caminaron a oscuras hasta la pequeña luz azul que Anahí había divisado al llegar. Los sonidos parecían intensificarse y retumbar en aquel sitio. Cuando se detuvieron, oyó el inconfundible ruido que hace la manija de una puerta con las bisagras oxidadas. Ella conocía aquel sonido a la perfección; la puerta de su pieza rechinaba de la misma manera, con obscena indiscreción, anunciando a los gritos que una persona estaba a punto de cruzar el umbral.

Cuando era pequeña, Anahí soñaba con convertirse en ninja. ¿Pero qué clase de ninja hacía tanto ruido al abrir una puerta? Se había quejado con sus padres en reiteradas ocasiones, para obtener siempre un "el próximo fin de semana lo arreglamos" como respuesta. Más de diez años habían pasado y su puerta seguía crujiendo cada vez con más fuerza. Ya no le importaba, no iba a convertirse en ninja. A estas alturas se preguntaba incluso si algún día regresaría a su hogar.

Desconocía el motivo que había dado origen a la sensación de nostalgia que comenzaba a invadirla, pero en los últimos minutos un triste presentimiento se había apoderado de su corazón: la posibilidad de no poder regresar. No existía motivo alguno que pudiese haber disparado tal emoción, pero una fuerza invisible la abrazaba, como si aquel sitio estuviese rogándole que se quedara allí. Anahí sacudió su cabeza velozmente, en un vano intento por disipar sus miedos y dudas.

Acababan de atravesar el umbral a oscuras, hacia lo que parecía ser un pequeño recibidor en el que apenas cabían dos o tres personas de pie. Aquella habitación también estaba en penumbra, a excepción de una pequeña luz roja en la pared opuesta. Anahí supuso que se trataba de otra puerta.

Poco a poco se estaba acostumbrando a su entorno, a la oscuridad y a los diminutos signos. Cada luz significaba que allí había una puerta o al menos eso decía su teoría. Primero el ascensor, luego la puerta que acababan de atravesar y ahora, posiblemente un nuevo umbral que cruzar. Además, era casi una deducción lógica. Acababan de entrar a una habitación extremadamente pequeña. De una u otra forma debían salir de allí y dirigirse al siguiente espacio.

Salvo que la puerta que acababan de cruzar fuese mágica y pudiese transportarlas adonde quisieran, tenía que existir otra salida. Y la opción que parecía más real era que hubiese una nueva puerta junto a la luz en la pared opuesta. Aunque luego de todos los extraños eventos que había atravesado a lo largo del día, no le sorprendería si la tierra decidiera abrirse a sus pies o si una escalera descendiera desde el cielorraso. Incluso un portal a otra dimensión parecía una opción posible.

Cansada de hacer conjeturas, Anahí se dispuso a abrir la boca y preguntarle a Irina qué ocurría, pero tal y como su teoría sugería, su compañera abrió una nueva puerta ubicada junto a la luz, y Anahí quedó cegada por la potente iluminación de la siguiente habitación. Se quejó en un susurro, viéndose obligada a cubrirse los ojos con su brazo libre.

—Perdoná —murmuró Irina—, debería haberte advertido. —Rio ante la reacción de su invitada y la guió al interior del lugar.

Cuando sus ojos se acostumbraron nuevamente a la claridad, Anahí logró diferenciar siluetas que poco a poco tomaron forma y nitidez. Tardó un momento en reconocer a Irina que ya no llevaba su gorro de lana blanco y ahora dejaba al descubierto su corto cabello negro, casi al ras de la cabeza. A su alrededor había un grupo de niños de distintas edades, que rondarían aproximadamente entre los cuatro y doce años. Anahí levantó la vista, dispuesta a analizar ahora su entorno, pero nuevamente la morocha interrumpió sus intenciones.

—Andá, disculpate. —Irina empujó a un chico al frente.

Se trataba de un niño que tendría ocho o nueve años, el cabello rubio hasta los hombros y, al igual que el resto, estaba vestido de gris.

—Perdón —dijo en un susurro—, no quise asustarla.

Anahí se agachó para poder quedar a la altura del pequeño, lo cual no le resultaba difícil, ya que ella era bastante petiza.

—No hay drama. —Le dedicó una sonrisa— ¿Te lastimé?

El niño negó con un movimiento de su cabeza. Líneas rojas surcaban sus ojos y restos de lágrimas brillaban en sus cachetes.

—Me alegro —hizo una pausa—. Mi nombre es Anahí, ¿y el tuyo?

—Santiago —respondió con timidez y extendió su brazo hasta alcanzar un mechón del cabello de la chica—. Analí... —pronunció mal el nombre—, me gusta tu pelo. Parece que estuviera en llamas.

—Gracias.

—Dejala en paz o te vas a quemar —bromeó Irina, colocando una mano sobre el hombro de Santiago—. Anahí es nueva en la ciudad. Está cansada y confundida. Van a poder jugar con ella mañana o pasado, ¿está bien? Por ahora tienen que dejarla en paz. Vayan a divertirse a otro lado.

Santiago volvió a unirse al grupo. Desde allí, saludó a Anahí con su mano.

—Nos vemos —dijo alegremente.

—Nos vemos —respondió ella.

Los pequeños salieron por una puerta lateral. Desde aquella habitación se oían sus risas y comentarios alejándose velozmente hasta desaparecer.

Aquella habitación... la calesita.

Anahí puso los pies sobre la tierra y giró sobre su propio eje en busca de alguna señal que le indicara dónde se encontraba. El lugar era pequeño, de no más de cuatro metros cuadrados. Las paredes eran blancas y el piso negro. Varios tubos de luz recorrían el techo. No había nada más allí; ni muebles ni ventanas. Además, ambas puertas estaban pintadas en la misma tonalidad que las paredes, camuflándolas con el resto del muro. Prestó más atención y notó que había otras dos puertas en las paredes restantes, es decir, una puerta a cada lado. Anahí giró nuevamente hasta desconcertarse. ¿Por qué puerta había entrado ella? ¿Por cuál habían salido los niños?

Y se asustó. Nunca había visto un sitio como aquel, ni siquiera en películas.

—¿Dónde carajo estamos? —preguntó. Su voz temblaba, a pesar de intentar sonar lo más amenazante posible. Llevaba años practicando su tono intimidante, pero teniendo su altura y complexión física, era difícil asustar a alguien sin parecer un caniche toy que le ladra a un buldog. Estúpidamente adorable. Lo odiaba.

—Calmate —pidió Irina—. Esta es la calesita, una habitación de El Refugio. Tengo muchas cosas que explicarte y sé que estás cansada. Además, todavía no cenamos. Te prometo que todo va a estar bien y nadie va a hacerte daño. Por ahora tenés que confiar en mí.

La morocha le dio la espalda a su compañera y abrió la puerta de la derecha.

—Seguime. Vayamos al comedor. Delfi debe estar esperándome con la cena servida. —Le dedicó una sonrisa a Anahí.

"Calesita", "Refugio"; definitivamente sonaba como a una película de mafias y su escondite secreto con nombres en clave. O quizá, como una historia de espías rusos en la Guerra Fría.

Estoy soñando. Anahí se dijo a sí misma, esforzándose por auto-convencerse. Es la única opción. No existen lugares así.

O tal vez sí.

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No olviden avisarme si ven errores o si hay algún modismo que necesite explicar.

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