DÍA 1 - Capítulo 4

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El viaje fue corto.

Las puertas se abrieron para revelar un nuevo escenario. Irina cerró el panel metálico con el mismo movimiento que había utilizado para abrirlo: colocó la placa en su lugar y trabó el mecanismo con su anillo. Antes de bajarse, envió el ascensor al tercer piso y tomó a Anahí por la muñeca, indicándole que debía apresurarse antes que las puertas se cerraran.

El ascensor se alejó velozmente, ahogado en el fuerte crujido de la maquinaria. Estaban ahora en total penumbra en algún sitio donde el olor a humedad era insoportable. En los escasos segundos de luz, Anahí había logrado distinguir que se hallaba en una habitación enorme y que las paredes se encontraban a casi diez metros de allí.

La situación le incomodaba. Acababa de seguir a una desconocida hasta un edificio. Luego había descendido ocho pisos bajo la tierra hacia un sitio oscuro. Quería regresar, pero sabía que estaba atrapada. Incontables teorías surcaron su mente; ideas que iban desde un posible secuestro hasta la irracional posibilidad de haber sido capturada por una secta o de estar siendo conducida a una sociedad de súper humanos que tenían su propia ciudad bajo tierra.

Estoy soñando, se dijo entonces. Esa era la explicación a todas las extravagancias.

Mientras Anahí se encontraba sumida en sus pensamientos, Irina avanzó sin problemas, corriendo en línea recta y dejando a su acompañante atrás.

Los ojos de la pelirroja aún no se habían acostumbrado a la oscuridad de aquel sitio. No lograba ver nada, salvo por un punto de luz en la lejanía. No sabía dónde estaban las paredes o si habría muebles con los cuales podría tropezarse. También temía toparse con algún desnivel en el piso que la hiciera perder el equilibrio y caer de cara al suelo. Se mordió el labio inferior con fuerza y extendió sus manos hacia el frente; empezó a avanzar lentamente, arrastrando sus pies con cuidado mientras sus manos tanteaban el entorno, aparentemente vacío. Odiaba la oscuridad.

Oyó risas.

Al principio pensó que era su imaginación, pero el sonido se volvió más y más fuerte conforme avanzaba. Una niña... no, un niño, ¿dos?, ¿tres? Las risas sonaban en coro; provenían de todas direcciones y probablemente se estuviesen burlando de ella.

—¿Irina? —Anahí pronunció el nombre de su acompañante casi en un susurro, como si temiera ser oída.

Algo le tocó la rodilla, pero para cuando Anahí reaccionó, ya no había nadie allí. Luego, sintió que le tiraban del pelo, aunque su reacción fue demasiado lenta una vez más. Tenía miedo. Por primera vez en su vida se cuestionó si la existencia de espíritus malignos era posible o no.

¿Qué sucedía? ¿Quién la estaba atacando? ¿Fantasmas? La pelirroja estaba aterrada. Sus manos temblaban y sentía la transpiración helada recorriéndole la espalda lentamente.

Algo tiró del borde de su blusa y Anahí reaccionó. Soltó un grito y movió su pierna velozmente, acertando un rodillazo. Fuese lo que fuese que estuviera ahí, era tangible y corpóreo.

Las risas desaparecieron instantáneamente.

Llanto.

Al parecer había lastimado a alguien. La pelirroja se agachó y buscó a ciegas.

—¿Hola? ¿Quién sos? ¿Estás bien? —preguntó.

Oyó pasos lentos y pesados retumbando en el silencio de la habitación conforme se acercaban.

—No te preocupés —dijo Irina—, este pibe merecía el golpe.

La chica del gorro blanco volvió a tomar a Anahí por la muñeca.

—Seguime —le ordenó. Luego, levantó la voz, hablándole a lo que fuese que estuviese allí—. Y ustedes también. Todos a la calesita, ya.

No hubo voces. Ni preguntas ni quejas. Solo el sonido de muchos pies corriendo con prisa.


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