51.-Lúnaticos.

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Y esa noche la persona que no pudo dormir fui yo, me quedé perpleja. No obstante, no me molesté porque no hayas comentado sobre el disco, mas bien estaba preocupada por ti, no se que ocurría y no querías hablar de ello, simplemente estabas diferente.

Al día siguiente, fui a la escuela de música con migraña y en mi horario no habían clases contigo, así que esperé a la salida y te busqué por toda la escuela, te encontré tumbado en el piano del auditorio, con la cabeza sobre las teclas del piano, y tus manos  agobiadas pero descansando encima de las teclas.

–Hola–dije desde lejos y caminé hacia ti.

–Hola—levantaste el rostro.

—Te traje dulces–dije algo tímida.

Hiciste una pequeña sonrisa pero después regresaste a la seriedad –No me des premios, ayer te traté muy mal.

—Son lunetas, tus favoritas—ofrecí la envoltura de dulces.

Dudaste unos segundos pero terminaste aceptándolos—Sabes cada una de mis debilidades, te detesto.

—Claro, nos detestamos mutuamente—bromeé.

—Lamento haberte ocultado eso, también lamento haberme comportado así.

—No te preocupes, te entiendo–arqueaste una ceja—. Bueno, no te entiendo pero lo intento—confesé.

—Lo sé, ni siquiera  yo lo entiendo. No me imaginaba que fuera tan difícil hacer un disco, creí que sería divertido, pero mis expectativas no son realidades. Y esto sólo es el comienzo...no se que voy hacer.

—Aún es tiempo para buscar otra disquera ¿No es así?

–No, de todos modos pienso que así son todas. Si quisiera que fuera diferente, tendría que hacer mi propia disquera.

—¿Y por qué no lo haces?

—No sé de programas, de audio y sonido, sólo se música acústica, y a la antigua.

—Puedes aprender.

–Tendría que tomar un curso, y sinceramente ahorita no tengo tiempo, aparte invertiría más de lo que puedo ¿Y si no funciona?

–La victoria no es soportar sólo la tormenta, la victoria es soportar la tormenta y regresar a la obra—froté mis manos con las tuyas—. Me gustaría apoyarte, no me alejes por favor.

—Lo siento–recargaste tu cabeza en mi hombro, los dos estábamos sentados en el banco del piano.

—Ánimo, puedes con esto.

—Gracias—me dedicaste una leve sonrisa y giraste hacia el piano—. Oye, juguemos un rato.

— ¿Cómo?

—Así–tiraste las lunetas encima de las teclas—. Tocas una canción, las lunetas comenzará a moverse por las teclas y comerás una, después tocas como lunático y cuidado de no tirar las lunetas, porque perderás. Se vale comerlas.

—¿Quién te enseñó eso?–reí.

—Mis hermanos, jugamos a eso cuando éramos pequeños. Por eso se volvieron mis dulces favoritos.

—Muy bien, apuesto a que te ganaré, soy mucho mejor pianista que tú.

—No lo creo, yo llevó más años tocando.

—Que las lunetas lo decidan—dije e iniciamos el juego, hubo varias rondas y revanchas, reímos entre notas y nos besamos al compás de la música.

Mi mente volaba y no tenía ni idea que tus temperamentos continuarían variando y mucho menos pensaba en que me seguirías ocultando algo importante.

A un músicoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora